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Conferencia
Palabra hablada, palabra tejida, palabra hecha gesto
Primera Bienal de la Cultura Escrita Bogotá 2024
Versión completa del texto presentado en la Primera Bienal de la Cultura Escrita (Biblored. Bogotá, Colombia, 2024). Esta conferencia cuestiona la hegemonía de la palabra escrita y aboga por bibliotecas y archivos que reconozcan la oralidad, el gesto, los objetos, el grafiti, los textiles y el territorio como medios legítimos de conocimiento y memoria. Expone las raíces coloniales del literocentrismo (la supremacía textual) y exige enfoques decoloniales, multisensoriales y materialmente fundamentados que sitúen las diversas formas de conocimiento en pie de igualdad.
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Introducción | Parte 1 | Parte 2 | Parte 3 | Parte 4 | Parte 5 | Conclusión | Posdata #1 | Posdata #2
Introducción. Cuestionando el libro como soporte hegemónico
¿Por qué el libro ha sido históricamente posicionado como el soporte preferente —y, en muchos casos, el único legítimo— para la preservación y la transmisión del conocimiento y la memoria? Este interrogante, tan elemental como impopular en una sociedad fuertemente literata, desentierra y pone sobre la mesa una compleja trama de poder, colonialismo, exclusión y hegemonía cultural, que precisa ser cuestionada.
Desde tiempos antiguos, y con mayor intensidad durante el periodo (post)colonial (desde el siglo XVI hasta la actualidad), el libro y, en general, los formatos escritos y / o impresos, han sido ubicados en el imaginario popular como los soportes de transmisión del saber por antonomasia. Este proceso se vincula estrechamente con la aculturación, la presión identitaria, la alfabetización forzada y el control sistemático del discurso. Las sociedades letradas han entendido y perpetuado la escritura —y, por extensión, todos sus productos— como el vehículo primordial para la construcción de conocimiento y la preservación de la memoria, subordinando, marginando o deslegitimando otras formas y medios igualmente válidos.
Los trabajos de autores como Walter Mignolo y Boaventura de Sousa Santos sugieren que esta imposición del libro como soporte hegemónico es un elemento central en el proyecto colonial moderno, en el cual aquellos conocimientos que no se ajusten a las formas dominantes son desvalorizados, invisibilizados o directamente eliminados. No es casualidad que este proceso haya coincidido con el auge de las políticas imperialistas y los estados-nación contemporáneos: la estandarización del conocimiento a través del libro formó parte de una estrategia más amplia de colonización cultural.
La alfabetización no solo fue una herramienta de control social sino, sobre todo, un filtro ideológico y epistémico que seleccionaba qué voces eran dignas de ser escuchadas y recordadas, y cuáles debían ser silenciadas y olvidadas. En este escenario, las formas "otras" de producción de conocimiento y de transmisión de memoria —las expresiones orales de los pueblos indígenas, los artefactos de las comunidades rurales o los grafitis y corporalidades de las barriadas periurbanas— quedaron relegadas a los márgenes. El libro y la escritura terminaron imponiéndose como símbolos de autoridad y prestigio, ninguneando narrativas y saberes "periféricos".
En espacios (post)colonizados, la imposición —dura o blanda— del libro como soporte preferente representa un claro ejercicio de control. Y, yendo un paso más allá, en ciertos contextos y periodos históricos puede considerarse como un caso de violencia epistémica: una categoría propuesta por Gayatri Spivak para describir cómo los mecanismos de poder determinan qué formas de conocimiento son legitimadas y cuáles son ignoradas.
Desde semejante perspectiva, desafiar la supremacía del libro significa poner en tela de juicio no solo una herramienta, sino todo el arraigado sistema de valores que subyace y está asociado a ella, consciente o inconscientemente.
La hegemonía del libro y la escritura lleva a cuestionar cuántas memorias sensoriales, orales y materiales se han olvidado, despreciado o desechado, o qué tipos de conocimiento y memoria han quedado excluidos de las bibliotecas, archivos y museos tradicionales. ¿Cuántos paradigmas se han dejado de lado, etiquetados como "otros"? Y este último cuestionamiento invita a reconsiderar y a evaluar el paradigma dominante, en base al cual se organizan los espacios de conocimiento y memoria (ECMs): un modelo que abarca, por ejemplo, desde las políticas de selección de materiales considerados dignos de conservación y promoción en una biblioteca hasta los sistemas de clasificación en un archivo.
El concepto de "pluriverso" explorado por Arturo Escobar —la coexistencia de múltiples formas de conocimiento, cada una con su propio valor epistemológico— podría resultar clave para plantear un cambio de abordaje: la inclusión, en los ECMs, de múltiples paradigmas. Una biblioteca, por caso, que no solo conserve textos impresos, sino que también acoja voces, sonidos, texturas, objetos tridimensionales, corporalidades y gestos. O un archivo que no solo gestione lo escrito, sino que también celebre lo sensorial y lo efímero.
Tal transformación precisaría de una necesaria decolonización, e implicaría la revalorización de los saberes no textuales, históricamente relegados a los márgenes de la "legitimidad" académica. La inclusión de formatos y soportes "otros" no solo transformaría las estructuras y contenidos de bibliotecas, archivos, museos y espacios afines, sino también su función social. Los objetos, los gestos y las palabras habladas son poderosas herramientas de resistencia cultural e identitaria, que permiten a sus comunidades —sobre todo a aquellas marginalizadas— reclamar sus saberes y memorias. El acto de recuperar y visibilizar conocimientos "periféricos" no es solo un reconocimiento, sino un gesto de subversión ante un sistema que ha dictado durante siglos qué debe ser recordado y qué puede ser olvidado.
Repensar la gestión de los distintos soportes del conocimiento y de sus respectivos paradigmas tiene implicaciones profundas. Invita a imaginar futuros alternativos en los que la pluralidad de voces, cuerpos y experiencias no solo se conserve, sino que prospere, se celebre y se use como una herramienta para transformar el mundo.
Parte 1. La oralidad como inicio de la revuelta
La oralidad emerge como el primer y más fundamental soporte del conocimiento humano: una tradición anterior a la escritura que, a pesar de su antigüedad, ha sido históricamente deslegitimada y marginada.
En muchas culturas, especialmente aquellas sometidas por el (post)colonialismo, la palabra dicha ha sido considerada como un vestigio de lo "primitivo" y lo "prehistórico", asociada con lo efímero y lo inestable, y por lo tanto, descartada como forma válida de preservación del saber. Sin embargo, la oralidad ha sido —y sigue siendo— una fuente poderosa de resistencia cultural y una manera efectiva de transmitir conocimientos, cosmovisiones y memorias que, de otra manera, habrían desaparecido.
El antropólogo Walter Ong resaltó que la oralidad primaria, aquella que se da en ausencia de cualquier forma escrita, crea una cultura del habla colectiva en la que los relatos se construyen y refuerzan a través de la interacción y la repetición comunitaria. Esto contrasta con la fijación en la escritura, que tiende a atomizar el conocimiento y a hacer que los individuos se apropien del saber compartido de manera privada, aislada e independiente. Para muchas comunidades (post)colonizadas, la transición de lo hablado a lo escrito significó la imposición de una hegemonía textual que no solo deslegitimó la oralidad, sino que transformó radicalmente la manera en que se organizaba la codificación de saberes y recuerdos.
Desde los primeros momentos de la humanidad hasta la actualidad hiperconectada, la transmisión oral ha sido el vehículo primordial para compartir narrativas. La voz, flexible y accesible, no requiere ni de tecnologías o infraestructuras sofisticadas, ni de un aprendizaje especializado. Sin embargo, es su fluidez, su falta de fijación permanente, lo que ha sido usado como argumento para desvalorizarla frente a la supuesta estabilidad y "objetividad" del texto impreso.
Pese a todas las descalificaciones, la oralidad ha resistido. Las expresiones habladas se han convertido, en muchos casos, en refugios de una memoria que rehúsa ser domesticada, desafiando estructuras de poder que buscan su erradicación. Investigaciones recientes en el ámbito de los estudios postcoloniales han mostrado cómo el renacimiento de formas orales de protesta y recuperación cultural se ha dado incluso en contextos urbanos contemporáneos: desde los movimientos de resistencia en América Latina hasta las asambleas en barrios marginales de ciudades globales.
El silenciamiento de la palabra dicha empobrece la diversidad de la memoria humana, y al hacerlo, socava la pluralidad de perspectivas y cosmovisiones que permiten entender el mundo de manera más rica y compleja. En este sentido, recuperar la oralidad no debe limitarse a un acto meramente simbólico — por ejemplo, la simple creación de colecciones de audiolibros o archivos sonoros. Una verdadera revalorización implica, necesariamente, reimaginar los ECMs como lugares en los que el paradigma de la palabra hablada se sitúe en un plano de igualdad con el del texto escrito, y en los que el diálogo comunitario y la narración compartida sean parte central de la construcción de saberes y recuerdos.
Rescatar la oralidad como un soporte legítimo es, en última instancia, un acto de justicia epistémica. Es reconocer que el conocimiento habita no solo en lo que está escrito, sino también en las voces. Incluir la oralidad en bibliotecas y archivos permite que saberes y memorias históricamente marginados coexistan y se nutran mutuamente, y que las historias silenciadas finalmente puedan encontrar un lugar para ser escuchadas.
Parte 2. El gesto como archivo
El cuerpo humano es, en esencia, un soporte vivo de la memoria: un archivo en movimiento que registra y transmite conocimiento, no solo a través de palabras, sino mediante gestos, posturas y acciones. Los saberes y los recuerdos no se limitan a lo escrito o a lo hablado: habitan también en los músculos, en el cabello, en los reflejos y en la piel. Cada movimiento cotidiano, como levantar una mano o inclinar la cabeza, puede estar impregnado de significados, llevando consigo rastros de la historia colectiva, de los valores y de las experiencias compartidas por una comunidad.
A lo largo de la historia, las distintas sociedades han inscrito en el cuerpo humano una rica variedad de conocimientos. La corporalidad ha sido utilizada como un vehículo para conectar el pasado con el presente, y como un medio para transmitir normas, valores y saberes hacia el futuro. Sin embargo, la modernidad occidental, con su énfasis en lo escrito y lo racional, ha desestimado este tipo de conocimiento, relegándolo a un papel secundario. Este enfoque ha contribuido a la invisibilización de los "archivos corporales": aquellos que no se encuentran en textos, sino que perduran en las corporalidades que los ejecutan.
Las danzas tradicionales, que en muchas comunidades funcionan como verdaderos registros culturales, no son solo expresiones artísticas: son también formas de comunicación que llevan en su interior historias de resistencia, identidad y espiritualidad. Los movimientos específicos de un baile pueden narrar una cosmogonía entera: cada gesto o posición encierra una relación con la tierra y con los antepasados. Los rituales religiosos, por su parte, también se sostienen en la memoria corporal. Los gestos repetidos —como persignarse, inclinarse o alzar las manos al cielo— están impregnados de siglos de simbolismo y devoción. Estos gestos permiten a los practicantes participar en una tradición que trasciende lo individual, conectando el tiempo actual con las generaciones pasadas.
Algunos peinados, escarificaciones, marcas y tatuajes también transmiten información. Uno de los ejemplos más famosos son los mapas que las mujeres africanas esclavizadas en América Latina creaban en su cabello para poder escapar hacia la libertad de palenques y quilombos. Los tatuajes y pinturas corporales, tanto tradicionales como modernos, también hablan: de su poseedor, su identidad, su cultura y su historia personal y colectiva.
Pero la corporalidad no se limita a un papel de archivo pasivo: es también parte activa en la creación y recreación del saber. Las prácticas de resistencia corporal —las marchas, los plantones, los bailes de protesta— son ejemplos de cómo los cuerpos en movimiento pueden inscribir una memoria colectiva en los relatos dominantes, expresando lo que las palabras no pueden alcanzar, y registrando reclamos de justicia, igualdad y dignidad. El gesto, aquí, no es solo una acción física, sino una expresión comunitaria que desafía las estructuras de poder, creando unos conocimientos y memorias de resistencia.
El cuerpo y la voz recuerdan lo que los libros no quieren. O no pueden: los documentos escritos, aunque poderosos, no abarcan todo lo que un ser humano sabe o experimenta.
Si el cuerpo es un archivo, entonces todos los ECMs deberían abrir sus puertas a este tipo de información: lugares donde lo corporal también tenga su lugar, en los que se celebren performances, y en donde las personas puedan aprender a través de la experiencia física y sensorial. Espacios que ofrezcan oportunidades, por ejemplo, para la danza y la recreación de rituales, explorando el cuerpo como medio de conocimiento y memoria.
Este enfoque no implica sustituir lo escrito por lo corporal, sino integrar ambos en un diálogo constante. En una biblioteca o un archivo que acojan la memoria del cuerpo, la palabra escrita, la voz y el gesto se entrelazarían en una interacción continua, enriqueciendo mutuamente la comprensión del saber y el recuerdo. Cada libro sería una puerta hacia una interpretación corporal, y cada movimiento una lectura viva de lo que no puede ser capturado en palabras. En esos espacios ideales, lo corporal y lo escrito no se excluyen, sino que se complementan.
Parte 3. Objetos como memoria
Los objetos tridimensionales han desempeñado un papel fundamental como soportes de saberes y experiencias que trascienden lo escrito, lo hablado y lo gestual.
Desde tiempos inmemoriales, las sociedades humanas han recurrido a materiales como la cerámica, el bambú, la madera, la corteza, el metal o el mimbre para narrar historias y preservar conocimientos que no encuentran su lugar en las páginas de los libros. Estos artefactos, aunque no contienen palabras, están cargados de significados. Cada pliegue, cada línea y cada textura actúan como inscripciones, testimonios materiales que hablan de las manos que los crearon, de los saberes transmitidos, y de los recuerdos que sostienen. A través de estos objetos, accedemos a formas de conocimiento profundamente arraigadas en lo tangible, que han sido históricamente ignoradas o deslegitimadas por las formas dominantes del saber.
Las sociedades tradicionales, por ejemplo, han utilizado el universo material como una forma esencial de conservar y transmitir sus historias. Los tejidos andinos, elaborados con colores y patrones específicos, no son solo productos artísticos (que no "artesanales"), sino archivos de identidad, marcadores de linaje, y mapas de cosmovisiones que conectan a las comunidades con sus entornos, sus ancestros y el ciclo natural de la vida. Lo mismo ocurre con las molas o telas cosidas / bordadas del pueblo Gunadule de Panamá y Colombia y con los textiles pintados del pueblo Shipibo de Perú. A pesar de todo, este tipo de materiales ha sido sistemáticamente marginado, relegado al estatus de "artesanía" o "curiosidad", y despojado de su valor como soporte legítimo de saberes y recuerdos. Pues el (post)colonialismo también ha impuesto su dominio a través de la subyugación de objetos y artefactos. Todo aquello que no se ajustara a los moldes, esquemas y patrones occidentales terminó siendo etiquetado como "primitivo" o "inferior", negándole así cualquier legitimidad.
Tal marginación se constituye en otro ejemplo de violencia epistémica: la exclusión de estos artefactos del canon del saber dominante impide una comprensión más completa y diversa del conocimiento humano.
Es urgente revalorizar la materialidad del conocimiento. Los objetos no son simplemente "objetos": poseen una carga simbólica, emocional y cultural que los convierte en soportes capaces de narrar historias y transmitir saberes de maneras que el texto no puede. Y no es solo el artefacto en sí mismo lo que comunica, sino también su proceso de creación, su uso y su transformación a lo largo del tiempo. Cada ítem está imbuido de la historia de quienes lo produjeron, los contextos en los que fue usado, y los significados que ha acumulado con el paso de los años.
Los ECMs tienen la oportunidad de expandir su enfoque y sus funciones tradicionales, creando entornos donde lo material también tenga su lugar. Incorporar colecciones de artefactos tridimensionales, desde alfarería y origami hasta vaciados en metal u objetos de plástico, que vayan más allá del mero interés museístico, abre nuevas vías para acceder a saberes que han sido dejados de lado por los formatos dominantes. Las bibliotecas, en particular, podrían convertirse en centros donde la historia no solo se lea, sino también se toque, se vea, se escuche y se sienta. La materialidad ofrece una conexión directa a los saberes y recuerdos colectivos.
Además, los objetos tienen el poder de hablar por sí mismos, sin necesidad de mediación textual. Son "libros que se pueden tocar", si adoptamos por un momento la colonial comparación de todo elemento informativo con el libro. El barro que se convierte en cerámica lleva en sí la historia de su territorio de origen y de los fuegos que lo endurecieron. Y sigue contando las historias de sus creadores siglos después de que estos hayan desaparecido. Aunque susceptible a cambios e interpretaciones, estos soportes no son por ello menos poderosos en su capacidad de transmitir conocimiento.
Si estos objetos se integrasen a colecciones bibliotecarias o archivísticas, se desafiarían las jerarquías tradicionales y se abrirían caminos hacia una comprensión más inclusiva y holística de lo que significa preservar y transmitir conocimiento y memoria. Los artefactos tridimensionales dejan de ser meros complementos del texto escrito y se reconocen como archivos completos en sí mismos: un paradigma independiente, con su propia lógica y capacidad para contar historias y transmitir ideas y discursos.
Desde esta perspectiva, la memoria se expande más allá del texto, la voz y el gesto para incluir lo tangible. Y en esta expansión, se reconoce que el mundo material también tiene una narrativa propia, silenciada durante mucho tiempo y que merece ser escuchada.
Parte 4. Grafitis y tejidos: Relatos insurgentes
Aunque a primera vista parezcan manifestaciones dispares, grafitis y tejidos comparten una esencia profundamente subversiva. Ambos son soportes que desafían, cada uno a su manera, las estructuras de poder hegemónicas, erigiéndose como vehículos de resistencia identitaria y cultural.
El grafiti, por un lado, es el arte de la calle: una forma insurgente de conocimiento que no pide permiso para existir. Surge de una acción directa sobre el espacio público, transformando paredes y muros en superficies cargadas de historias, de protestas, de reivindicaciones y de memorias colectivas. Su carácter efímero —puede ser borrado o cubierto en cualquier momento— lo convierte en un archivo vivo, en constante renovación, que refleja el pulso de las tensiones y las luchas sociales de una comunidad.
El grafiti es inmediato y disruptivo, y está saturado de significados. Cada trazo, cada palabra, cada imagen que se imprime en una pared es una declaración de presencia y de intenciones, una demanda por ser escuchado. Es una forma de conocimiento que desafía las nociones tradicionales de autoría, legitimidad y permanencia. Mientras que los libros permanecen dentro de los límites de lo aceptable y lo correcto, el grafiti se instala en los márgenes físicos y simbólicos de la sociedad, reclamando espacios que, en teoría, no le pertenecen. En su rechazo a las convenciones y a las instituciones, se posiciona como un archivo comunitario, un discurso rebelde que transforma el paisaje urbano en un soporte en el cual saberes y recuerdos se comparten sin mediaciones.
A lo largo de la historia reciente, el grafiti ha sido utilizado como una herramienta de resistencia política en contextos tan diversos como el Muro de Berlín, las barriadas de Johannesburgo o los vagones del metro de Nueva York. No es una mera forma de arte; es un acto de reivindicación, un gesto de levantamiento frente a la invisibilización de voces y memorias marginadas. El grafiti muestra que el saber no necesita siempre de estructuras formales para ser transmitido: basta un muro y un espray para que la memoria quede inscrita en el espacio colectivo. Lejos de ser una simple expresión popular, puede ser una herramienta pedagógica: un soporte que los ECMs podrían considerar no solo como objetos de documentación, sino también de aprendizaje.
Si el grafiti es el grito, el tejido es el susurro, silencioso pero igualmente potente. A lo largo de los siglos, ha sido una forma de registrar historias y saberes de manera sutil, en el entrelazado de hilos y patrones que, aunque no se expresen con palabras, comunican conocimientos profundamente arraigados. En muchas sociedades tradicionales, el tejido ha sido un espacio para la memoria en el que cada color, cada figura y cada textura tiene un significado específico. A través del tejido, las comunidades se pueden conectar con su historia, sus creencias y su entorno. Y lo hacen a través de una práctica manual que está íntimamente ligada al cuerpo y al tiempo.
A pesar de su importancia, el trabajo del tejido ha sido históricamente feminizado y desvalorizado, relegado a la esfera de lo doméstico y lo artesanal, y apartado de las nociones "legítimas" del conocimiento. Las sociedades patriarcales y (post)coloniales han subestimado su capacidad como soporte de saberes, reduciendo los textiles a un producto decorativo o utilitario.
Pero el tejido es, en muchos aspectos, el archivo de lo diario: un relato material que desafía los dictados hegemónicos, una forma de decir que desborda los límites del texto escrito, un recuerdo inscrito en la trama de los hilos, una historia que se despliega con cada nudo, un marcador de identidad, una forma de expresar pertenencia y resistencia, y un camino para reclamar la continuidad de las historias tradicionales en un mundo que a menudo ha intentado borrarlas.
Los textiles han sido, además, herramientas políticas y de resistencia en múltiples contextos. Desde los trabajos que preservan la historia de los pueblos originarios en América Latina hasta las mantas de protesta en los movimientos feministas y anticoloniales, el tejido ha sido una forma de expresar lo que a menudo no puede ser dicho con palabras. Es un soporte que, indefectiblemente, registra los quehaceres, pensamientos y luchas de quienes lo elaboran. Un espacio donde lo cotidiano y lo subversivo se encuentran.
Tanto el grafiti como el tejido ofrecen narrativas que han sido tradicionalmente marginalizadas, pero que poseen un valor inmenso como fuentes de conocimiento cultural y político. Bibliotecas y archivos podrían acoger colecciones de tejidos, no como meras piezas museísticas o curiosidades antropológicas / etnográficas, sino como documentos legítimos que cuentan historias reales. Cada uno es un testimonio de resistencia, de identidad y de memoria. De la misma manera, los grafitis podrían ser documentados como parte de un archivo visual de luchas sociales, reconociendo su capacidad para encapsular momentos de agitación y cambio. Las paredes hablan, y los ECMs tienen la posibilidad de transformar sus prácticas al acoger estos soportes visuales.
Incorporar grafitis y tejidos es reconocer que los hilos en los textiles y los trazos en los muros también son formas de contar, de resistir y de recordar. Ambos soportes son necesarios en la construcción de una memoria colectiva diversa, inclusiva y verdaderamente representativa.
Parte 5. El territorio como documento
Entendido como espacio físico y cultural, el territorio ha sido tradicionalmente subestimado como una fuente legítima de conocimiento.
En muchas culturas indígenas y comunidades rurales, el territorio no solo es un lugar donde habitar, sino un archivo viviente que almacena las memorias, las historias y las cosmovisiones de quienes lo transitan. Cada montaña, río o árbol puede estar cargado de significados, no solo en términos de recursos naturales, sino también como depositarios de la memoria colectiva. En este sentido, actúa como un documento tridimensional, eternamente cambiante, que preserva y transmite saberes, mucho más allá de las palabras escritas o habladas.
Este concepto de "territorio como archivo" desafía las nociones hegemónicas de documentación que priorizan los textos impresos o los registros escritos. Al igual que un libro, el territorio puede ser "leído", interpretado y entendido de múltiples formas, dependiendo de los códigos culturales que posea la comunidad. Los pueblos indígenas de América Latina, por ejemplo, han desarrollado formas complejas de "lectura" del terreno: los accidentes geográficos, los patrones de flora y fauna, e incluso los ciclos climáticos son interpretados como indicadores de sucesos históricos, rituales sagrados o rutas ancestrales. Este conocimiento está inscrito en el paisaje, conservado en la materialidad del territorio, y se transmite de generación en generación a través de prácticas cotidianas.
El acto de preservar el territorio (entendido a veces como "medio ambiente") es también un acto de resistencia cultural. Las comunidades que han sido despojadas de sus tierras, ya sea por la (post)colonización, la urbanización o la expansión industrial, no solo pierden un espacio físico, sino también una parte esencial de su archivo cultural y de su memoria histórica. El desplazamiento forzado o la destrucción del paisaje son formas de violencia epistémica que despojan a las comunidades de su capacidad para preservar y transmitir sus saberes. En este sentido, la lucha por la tierra no es solo una cuestión política o económica, sino también una defensa de los archivos vivientes que el territorio encarna.
Además, el territorio como documento no está limitado a la esfera rural o indígena. En los contextos urbanos, los espacios públicos, los barrios, y las infraestructuras también cuentan historias. Los grafitis en las paredes, las rutas que siguen los migrantes, y los edificios históricos son parte de un territorio que, aunque transformado, sigue siendo un portador de memoria colectiva. Estas manifestaciones urbanas nos recuerdan que el territorio está en constante cambio: es un elemento dinámico que refleja y registra las tensiones, las luchas y las transformaciones sociales de una comunidad.
Revalorizar el territorio como documento implica reconocer la pluralidad de formas en las que el conocimiento puede plasmarse y ser transmitido. Es un llamado a las bibliotecas, archivos y museos a que amplíen su comprensión de lo que constituye conocimiento y memoria. E incluirlo como una fuente de saber es una forma de desafiar las jerarquías epistémicas tradicionales y de abrir la puerta a una mayor diversidad de voces y formas de memoria en los ECMs.
Conclusión. Redefinir la biblioteca: De la palabra a los hechos
A lo largo de este texto se ha buscado desafiar las concepciones tradicionales de la biblioteca y otros ECMs, que tienden a verse —incluso por una cuestión etimológica— como depósitos de textos impresos. En un mundo en constante transformación, resulta urgente reimaginar el concepto de biblioteca, no como un lugar estático de almacenaje, sino como uno activo, en el que se promueva la experimentación sensorial, cultural y política.
Es esencial pensar en bibliotecas que trasciendan las fronteras de los estantes repletos de documentos impresos y que exploren el vasto horizonte de las formas de conocimiento que no se limitan al texto. Es imprescindible imaginar entornos donde el saber se manifieste en una diversidad de formas sensoriales y experienciales: muros que se transforman en lienzos de grafitis que narran historias colectivas, salas que vibran con relatos orales y músicas vivas, y espacios rebosantes de objetos tridimensionales que cuentan sus propias historias a través de su materialidad. Este tipo de biblioteca no solo desafía las jerarquías establecidas del conocimiento, sino que también invita a nuevos modos de interacción y comprensión, permitiendo que los usuarios no se limiten a consumir información, sino que la vivan y la creen activamente.
La biblioteca debe convertirse en un laboratorio cultural — un espacio donde la creatividad y la resistencia identitaria se entrelacen, y donde cada forma de memoria, desde la palabra impresa hasta el gesto corporal, tenga su lugar legítimo y no subordinado. El objetivo de esta nueva perspectiva —una que agrupa numerosos paradigmas equivalentes— es transformar las bibliotecas en lugares que no solo resguarden el conocimiento, sino que también lo integren en toda su riqueza, diversidad y vitalidad, desde un enfoque de reconocimiento, valoración y respeto.
La biblioteca del futuro no será simplemente un repositorio de libros, sino un punto de encuentro dinámico, un espacio de intercambio en el que se celebre la pluralidad y se fomente la conexión entre diversas formas de saber y recordar. En esta biblioteca, el conocimiento y la memoria se conservarán no solo a través de textos, sino de la materia, de los cuerpos y de las interacciones humanas. Será un espacio cultural capaz de reflejar la complejidad de la experiencia humana — en su totalidad.
Posdata #1. Los tejedores de memorias
El "tejido de memorias" en los ECMs se presenta como una propuesta metodológica óptima para gestionar y dar coherencia a la multiplicidad de formatos presentes en bibliotecas, archivos, museos y espacios afines.
Frente a la coexistencia de soportes escritos, sonoros, visuales, materiales y corporales, es necesario adoptar una estrategia que permita articular estas diferentes formas de conocimiento y memoria. Tejer saberes y recuerdos supone crear una red de interrelaciones entre los diversos medios, reconociendo que cada uno de ellos aporta un valor único y complementario, y que es en su entrelazamiento donde se construye una narrativa más rica y comprehensiva.
Este enfoque parte de la idea de que ninguna forma de información puede ser comprendida de manera aislada si se busca una representación integral del conocimiento. Cada formato debe ser tratado como un "hilo" dentro de un tejido más amplio. Solo a través de su integración es posible construir un sistema documental que no solo conserve los documentos, sino que también promueva su interacción y reinterpretación constante. El tejido de las memorias se posiciona, pues, como una vía interesante para gestionar de manera efectiva la pluralidad epistémica inherente a las colecciones contemporáneas.
Asimismo, este proceso debe ser entendido como un acto de equidad epistémica. Al entrelazar diferentes formatos y expresiones, se evita la jerarquización que históricamente ha favorecido el texto escrito sobre otros soportes. Tejer memorias implica situar en igualdad de condiciones a los relatos orales, los objetos tridimensionales y las expresiones visuales o gestuales, reconociendo que todas ellas son manifestaciones válidas y legítimas. Este enfoque contribuye a desmantelar las estructuras de poder que han perpetuado la exclusión de ciertos saberes y comunidades del canon archivístico y bibliotecario.
La propuesta de tejer memorias también tiene implicaciones prácticas en la organización y gestión de los ECMs. Bibliotecas y archivos deben convertirse en espacios donde la pluralidad de soportes no solo se almacene, sino que se active a través de procesos que promuevan el diálogo y la interacción entre ellos. En este sentido, tejer memorias no es únicamente una cuestión de conservación, sino una estrategia para generar nuevas lecturas y formas de interpretación que enriquezcan el acceso y la comprensión del conocimiento.
El tejido de memorias se presenta como una metodología integral y necesaria para las bibliotecas y archivos del futuro. Al articular diferentes formatos en una red interconectada, esta propuesta permite no solo la gestión eficiente de la diversidad epistémica, sino también una representación más justa e inclusiva de las múltiples formas de saber y recordar.
Posdata #2. Decolonizando
El proceso de descolonización del conocimiento y la memoria es un desafío fundamental que no puede limitarse a un discurso teórico o simbólico: debe ser una práctica activa, consciente y transformadora.
Esta práctica comienza por cuestionar las bases mismas de lo que se entiende como conocimiento: ¿quién tiene el poder de producirlo? ¿Quién lo conserva? ¿Cómo se transmite? ¿Y quiénes han sido históricamente excluidos de estos procesos? La descolonización requiere un cambio radical que transforme a los ECMs en lugares de resistencia cultural, identitaria y política, y en donde la palabra escrita comparta el escenario con el gesto, el grito, el arte y la materia.
Para que esta transformación sea efectiva, bibliotecas y archivos deben adoptar un enfoque inclusivo y equitativo hacia las distintas formas de saber. La justicia epistémica exige reconocer y valorar aquellas formas de memoria que han sido históricamente marginadas o ignoradas por las estructuras hegemónicas de poder. Esto incluye las memorias orales, los objetos materiales, los gestos, los rituales y todas aquellas manifestaciones culturales que no se ajustan al paradigma dominante de la escritura. Las bibliotecas deben convertirse en espacios de acogida y de celebración de la diversidad epistemológica, en los que cada forma de expresión encuentre un lugar para ser preservada, apreciada y transmitida.
El desmantelamiento de las jerarquías del conocimiento implica también una reevaluación de las prácticas archivísticas y bibliográficas (catalogación, clasificación, indización, análisis documental...). Para que la descolonización sea una realidad, es necesario asegurar que estas prácticas sean inclusivas y representativas de la pluralidad de voces y experiencias que habitan en nuestras sociedades. En este proceso, los ECMs no solo ampliarán su comprensión del mundo, sino que también fortalecerán los lazos sociales y culturales que sostienen a las comunidades.
> Al repensar la memoria y el saber a través de un prisma decolonial, bibliotecas y archivos podrían convertirse en faros de inclusión, donde la información no solo se conserve, sino que también se viva y se experimente de manera dinámica y significativa.
El desafío es enorme, pero también lo es la oportunidad. Transformar las bibliotecas en lugares donde el conocimiento se manifieste en toda su complejidad y diversidad es una meta ambiciosa, pero alcanzable. Se trata de un llamado a la acción: a actuar con valentía, con creatividad, y con un compromiso genuino para construir un futuro en el que cada forma de saber tenga su lugar en el gran tapiz del conocimiento humano. Solo entonces podrá decirse que las bibliotecas han cumplido con su misión más profunda: ser espacios donde la memoria se conserve, pero también se libere, se comparta y se celebre.