Inicio > Blog Cajón de sastre > Conferencia Bibliotecas vivas en América Latina
Conferencia
Bibliotecas vivas en América Latina
Encuentro Provincial de Bibliotecas de Cachapoal 2025
Versión completa del texto presentado en el Encuentro Provincial de Bibliotecas de Cachapoal 2025 (Rancagua, Chile, 2025). Esta conferencia reimagina las bibliotecas rurales como sistemas vivos: adaptables, frágiles y profundamente arraigados en los territorios a los que sirven. Analiza cómo los modelos de gestión importados chocan con las realidades locales, exponiendo el andamiaje colonial de la "modernización" y revelando, en cambio, una inteligencia silenciosa y persistente, fruto del cuidado, la improvisación y la interdependencia ecológica. Un recorrido por las bibliotecas más pequeñas del Sur, donde la gestión se convierte en traducción, la estructura en respiración y la supervivencia misma en un acto político.
Descargar en PDF.
Introducción | De la bibliotecología crítica a la ecología epistémica | Diagnóstico del desajuste | De la gestión a la mediación | La dimensión epistémica | Implicaciones para la política y la práctica profesionales | Conclusión | Referencias
1. Introducción: El problema estructural de los modelos bibliotecarios
En gran parte del Sur Global, los marcos de gestión bibliotecaria han surgido bajo la influencia de la modernidad urbana, los programas de ayuda internacional y la gobernanza basada en datos. Estos marcos, construidos en torno a nociones de eficiencia, escalabilidad y estandarización, definen implícitamente la "buena gestión" como la implementación fiel de sistemas diseñados externamente. En la práctica, establecen una jerarquía invisible entre los centros metropolitanos de producción de conocimiento y los espacios rurales o periféricos de prestación de servicios.
Las bibliotecas rurales, particularmente en América Latina, operan dentro de esta asimetría. Se les encarga llevar la modernidad a los márgenes —alfabetización, conectividad, información— mientras que se les excluye estructuralmente de las condiciones que asumen sus modelos de gestión: financiación estable, personal profesional e infraestructura fiable. La consecuencia es un persistente desajuste epistémico entre el diseño y la realidad.
La bibliotecología crítica ha advertido desde hace tiempo que las bibliotecas no son instituciones neutrales. Reproducen los órdenes sociales que las sustentan. Sin embargo, gran parte del discurso crítico sigue concentrándose en entornos académicos o urbanos, y rara vez se extiende a las pequeñas bibliotecas rurales con financiación insuficiente, donde las desigualdades estructurales se manifiestan con mayor intensidad. La cuestión, entonces, no es solo cómo hacer que las bibliotecas sean más inclusivas, sino cómo lograr que la propia gestión sea epistémicamente responsable. Esta conferencia desarrolla esta pregunta desde una perspectiva latinoamericana. Examina cómo los paradigmas tecnocráticos importados chocan con las realidades territoriales; cómo persisten los supuestos coloniales en el lenguaje político; y cómo los bibliotecarios, a menudo inconscientemente, practican la innovación contextual para mantener vivas sus instituciones. Finalmente, propone un marco conceptual y operativo para las bibliotecas rurales como sistemas vivos: dinámicos, adaptativos y arraigados en las ecologías locales del conocimiento.
2. De la bibliotecología crítica a la ecología epistémica
2.1. Bibliotecología crítica y reflexividad estructural
La bibliotecología crítica surgió como respuesta a la neutralidad no examinada del discurso profesional. Académicos como Pagowsky y McElroy (2016) demostraron que las bibliotecas participan en desigualdades sistémicas a través de la explotación laboral, la restricción intelectual y las jerarquías de valores disfrazadas de "mejores prácticas". Leckie, Given y Buschman (2010) argumentaron que los sistemas de información y comunicación deben confrontar su propia complicidad institucional con la gobernanza neoliberal, el gerencialismo y la adopción acrítica de paradigmas basados en datos.
Estas críticas resaltan que los sistemas de gestión nunca son neutrales: codifican decisiones políticas y epistémicas. Las métricas de evaluación privilegian resultados cuantificables, los sistemas de automatización replican sesgos, y las normas profesionales a menudo se centran en las experiencias urbanas de clase media como estándares universales de servicio.
2.2. Justicia epistémica y conocimiento situado
El concepto de injusticia epistémica (Fricker 2007) proporciona una base para comprender cómo ciertas formas de conocimiento se devalúan sistemáticamente. La noción de Santos sobre las epistemologías del Sur (2014) y el llamado de Mignolo a la desobediencia epistémica (2011) apuntan a la misma dinámica estructural: las instituciones modernas del conocimiento validan algunas formas de saber mientras que otras se vuelven folclóricas, anecdóticas o invisibles.
La idea de Donna Haraway sobre los conocimientos situados (1988) amplía esta crítica al afirmar que todo saber surge de una posición, un cuerpo o una geografía. Para las bibliotecas, esto implica que los modelos de gestión "universales" eliminan las condiciones mismas que hacen que el conocimiento sea local. Gestionar la información en un lugar también implica gestionar su ecología epistémica: las formas en que el conocimiento circula, se transforma y sobrevive.
2.3. Ecología institucional y pensamiento sistémico
Pensadores ecológicos y posthumanistas como Bennett (2010), Latour (2017) y Stengers (2015) sugieren que las instituciones, al igual que los ecosistemas, son conjuntos de agencias humanas y no humanas. Su estabilidad depende de ciclos de retroalimentación, no de la jerarquía. Esta perspectiva se alinea con lo que algunos teóricos de la bibliotecología han comenzado a describir como ecología institucional: entender las bibliotecas como sistemas dinámicos y relacionales integrados en entornos sociomateriales.
Aplicada a contextos rurales, esta perspectiva ecológica revela que la gestión no puede ser puramente administrativa. Debe tener en cuenta los ciclos ambientales, los ritmos comunitarios, la fragilidad material y la ética de la interdependencia. En este sentido, la gestión bibliotecaria se convierte en una práctica de cuidado y adaptación, en lugar de una de control.
3. Diagnóstico del desajuste: Tecnocracia urbana y desarrollismo colonial
La política y la gestión bibliotecarias en América Latina suelen guiarse por dos paradigmas entrelazados: la tecnocracia y el desarrollismo. Ambos surgieron de las teorías de modernización de mediados del siglo XX que equiparaban el progreso con la urbanización, la alfabetización y la adopción de tecnología (Escobar 1995).
La gestión tecnocrática define la eficiencia como estandarización: catalogación unificada, compras centralizadas y sistemas unificados de informes. Estas herramientas facilitan la coordinación, pero también generan dependencia de infraestructuras centrales que las bibliotecas rurales no pueden mantener. Los informes, las métricas y los indicadores de rendimiento a menudo miden el cumplimiento de un modelo urbano, no la relevancia para la comunidad.
El desarrollismo añade una capa moral: la suposición de que los territorios rurales deben ser "modernizados". Esto perpetúa la narrativa colonial de la salvación a través del conocimiento. Bajo esta perspectiva, las bibliotecas se convierten en instrumentos de civilización, y su éxito se mide por su aproximación a los ideales urbanos (conectividad a internet, mobiliario moderno, acervos en lenguas oficiales), más que por su eficacia en el sustento de la vida cultural local.
En Chile, como en muchos países latinoamericanos, el Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas (SNBP) ha logrado una expansión notable, pero su lógica política sigue siendo verticalista. La capacitación, la evaluación y la asignación de recursos están en gran medida estandarizadas, con mecanismos de adaptación contextual sumamente limitados. Los bibliotecarios son tratados como implementadores, más que como intérpretes de las políticas. Esta centralización gerencial genera lo que Santos (2014) denomina una línea abismal: una división invisible entre quienes diseñan los sistemas de conocimiento y quienes deben habitarlos en condiciones desiguales.
El resultado no es una mera ineficiencia operativa, sino una extracción epistémica: se invita a las comunidades a contribuir con su cultura local (historias, artesanías, tradiciones) como patrimonio, mientras que su autoridad epistémica para manejar la gestión de la biblioteca no es reconocida.
4. De la gestión a la mediación: La biblioteca como sistema vivo
En este contexto, un marco más apropiado para la bibliotecología rural podría considerar a la biblioteca no como un instrumento de prestación de servicios, sino como un organismo mediador: un sistema vivo integrado en su territorio. Este modelo se inspira tanto en la teoría ecológica como en las prácticas observadas entre bibliotecarios rurales que se adaptan, improvisan y cocrean con sus comunidades a pesar de las limitaciones estructurales.
4.1. Cuatro funciones fundamentales de una biblioteca viva
- Comunicación: Mantener un diálogo continuo con usuarios y colaboradores. Esto no es mera difusión, sino la "respiración" de la institución; lo que Latour (2017) podría llamar referencia circulatoria. Los mecanismos de retroalimentación deben ser informales y constantes, no auditorías periódicas.
- Circulación: Facilitar la circulación de materiales, historias y personas. Los bibliotecarios rurales suelen construir redes personales de distribución —por bicicleta, radio o WhatsApp— que amplían el acceso más allá del edificio. Estos flujos son el sustento de la vitalidad institucional.
- Regeneración: Invertir en cuidado, reparación y aprendizaje. Una biblioteca que documenta sus procesos, capacita a su personal y mantiene los espacios físicos de forma sostenible fomenta la resiliencia. La regeneración es el metabolismo de la biblioteca.
- Adaptación: Ajustarse a las condiciones cambiantes (clima, migración, políticas). La capacidad de adaptación distingue a los sistemas vivos de los mecánicos. Requiere autonomía profesional: el derecho a interpretar las políticas a través del juicio local.
Estas cuatro funciones constituyen una métrica alternativa del éxito: no se mide el crecimiento, sino la vitalidad. Y permiten a los bibliotecarios articular su trabajo como gestión de sistemas en lugar de como caridad.
4.2. Gestión como traducción contextual
En este marco, los bibliotecarios no son ejecutores de políticas, sino traductores: mediadores entre las normas institucionales y las lógicas locales. Su tarea no es rechazar la regulación, sino contextualizarla inteligentemente; un proceso similar a lo que Stengers (2015) denomina diplomacia cosmopolítica: negociar la coexistencia entre mundos heterogéneos.
La gestión contextual, por lo tanto, opera como una práctica híbrida: con un ojo puesto en la rendición de cuentas y el otro en la coherencia con la realidad vivida. Valora la adaptabilidad por encima de la uniformidad, y la confianza relacional por encima del cumplimiento de los procedimientos.
4.3. La ética del cuidado como principio operativo
La ética del cuidado de Tronto (2013) ofrece una dimensión adicional. En sistemas frágiles, la sostenibilidad depende de la atención, la capacidad de respuesta y la responsabilidad mutua. La bibliotecología rural ejemplifica esta ética: cuidar a las personas, las colecciones, los espacios y la continuidad del conocimiento.
Gestionar a través del cuidado no es sentimentalismo: es una estrategia técnica para la resiliencia. Reconoce que la continuidad se mantiene no solo con los recursos, sino también con la atención a la fragilidad.
5. La dimensión epistémica: Bibliotecas rurales y pluralismo del conocimiento
Las bibliotecas rurales no son solo centros de servicios: son instituciones epistémicas que definen qué se considera conocimiento. Al privilegiar los materiales escritos, catalogados e indexados globalmente, la bibliotecología convencional perpetúa el monolingüismo epistémico.
Siguiendo a Santos (2014), esto puede describirse como un epistemicidio: la invisibilización sistemática de los conocimientos subalternos. Las bibliotecas que tratan el conocimiento oral, local o tácito como mero folclore replican esa dinámica, incluso involuntariamente.
Para contrarrestar esto, una epistemología pluralista de la bibliotecología reconocería múltiples formas de alfabetización y documentación. Los archivos comunitarios y los proyectos de documentación participativa demuestran cómo las epistemologías locales pueden coexistir con los protocolos institucionales. El desafío no es técnico, sino político: crear marcos lo suficientemente flexibles como para validar diversos sistemas de conocimiento.
En la práctica, esto podría significar catalogar una colección de semillas junto con libros de botánica, tratar el cuaderno de un agricultor como un documento de observación científica, o almacenar historias orales como recursos citables y ricos en metadatos. Cada acción amplía la ontología de la biblioteca sobre lo que se considera información.
La implicación es profunda: gestionar una biblioteca rural implica gestionar la diversidad epistémica. Requiere tanto habilidad técnica como humildad política: la disposición a permitir que otras formas de conocimiento habiten la institución sin ser traducidas a códigos epistémicos urbanos.
6. Implicaciones para la política y la práctica profesionales
Implementar este cambio exige un cambio estructural en tres niveles:
- Políticas: Los sistemas nacionales deben pasar de una regulación uniforme a marcos contextuales. Las directrices deben definir principios, no procedimientos. La evaluación debe incluir indicadores cualitativos (confianza comunitaria, continuidad, adaptabilidad) junto con métricas cuantitativas.
- Formación: La formación profesional debe incluir epistemologías rurales, participación comunitaria y pensamiento sistémico. Los bibliotecarios deben formarse como mediadores y diseñadores, no solo como custodios u operadores de servicios.
- Investigación: La investigación en bibliotecología en América Latina sigue estando altamente centralizada. Descentralizarla (financiando estudios a pequeña escala dirigidos por los propios bibliotecarios rurales) diversificaría las perspectivas y democratizaría la producción de conocimiento.
Esto no implica un rechazo a la estructura institucional, sino un argumento a favor de la reflexividad: la capacidad de los sistemas para aprender de sus márgenes. Como nos recordó Haraway (2016), "abordar los problemas" significa afrontar la complejidad sin simplificarla. La bibliotecología rural encarna ese principio a diario.
7. Conclusión: Una ecología de la responsabilidad profesional
Las bibliotecas rurales operan en la intersección de la infraestructura y la imaginación. Hacen tangible la esfera pública en lugares donde el Estado suele ser una abstracción. Sin embargo, suelen hacerlo mediante la improvisación, la adaptación y un trabajo afectivo que las políticas públicas rara vez reconocen.
Por lo tanto, un enfoque crítico de la gestión debe partir del reconocimiento: no como un elogio moral, sino como una corrección analítica. Estas bibliotecas no son versiones reducidas de las urbanas; son modelos alternativos de inteligencia institucional, nacidos de la escasez y las restricciones y sostenidos por el cuidado.
Replantearlas como sistemas vivos devuelve la agencia a los bibliotecarios, la dignidad epistémica a sus comunidades, y la profundidad teórica a la profesión. Nos invita a reemplazar la fantasía de la modernización por un horizonte más sólido: continuidad con dignidad, flexibilidad con coherencia, y estructura con atención.
El desafío para la bibliotecología, en América Latina y más allá, no es solo modernizar los sistemas, sino hacerlos capaces de escuchar.
Referencias
- Bennett, Jane (2010). Vibrant matter: A political ecology of things. Durham and London: Duke University Press.
- Escobar, Arturo (1995). Encountering development: The making and unmaking of the Third World. Princeton: Princeton University Press.
- Fricker, Miranda (2007). Epistemic injustice: Power and the ethics of knowing. Oxford: Oxford University Press.
- Haraway, Donna (1988). Situated knowledges: The science question in feminism and the privilege of partial perspective. Feminist Studies, 14 (3), 575–599.
- Haraway, Donna (2016). Staying with the trouble: Making kin in the Chthulucene. Durham: Duke University Press.
- Latour, Bruno (2017). Facing Gaia: Eight lectures on the new climatic regime. Cambridge: Polity Press.
- Leckie, Gloria, Given, Lisa M. & Buschman, John E. (eds.) (2010). Critical theory for library and information science: Exploring the social from across the disciplines. Santa Barbara: ABC-CLIO.
- Mignolo, Walter D. (2011). The darker side of Western modernity: Global futures, decolonial options. Durham and London: Duke University Press.
- Pagowsky, Nicole & McElroy, Kelly (eds.). (2016). Critical library pedagogy handbook (vols. 1 & 2). Chicago: Association of College and Research Libraries.
- Santos, Boaventura de Sousa (2014). Epistemologies of the South: Justice against epistemicide. London and New York: Routledge.
- Stengers, Isabelle (2015). In catastrophic times: Resisting the coming barbarism. Open Humanities Press.
- Tronto, Joan (2013). Caring democracy: Markets, equality, and justice. New York and London: New York University Press.