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La taxonomía de la ausencia (02)
¿Qué se considera un documento?
Literocentrismo y límites
Este post forma parte de una serie que revisa el descolonialismo en bibliotecas, archivos y otros espacios similares, desde la perspectiva del Sur Global y los márgenes, y cómo el colonialismo afecta a las colecciones, el personal, los servicios, las actividades, las políticas y los resultados. Todas las entradas de esta serie pueden consultarse en el índice de esta sección.
Introducción
En el mundo de las bibliotecas y los archivos, la definición de "documento" se ha visto limitada durante mucho tiempo por ciertos supuestos: que sea impreso o digital, que lleve el sello de una institución académica o de una editorial reconocida, o que haya sido formalmente redactado, clasificado y publicado.
En este marco, todo lo que no se ajusta a estos parámetros —tradiciones orales, paisajes y territorios, conocimientos incorporados al cuerpo, memoria colectiva— tiende a descartarse como poco fiable, desestructurado o incluso inexistente en términos de gestión de conocimiento y memoria.
Esto no es un simple descuido. Puede considerarse un acto de violencia epistémica.
La idea de que el conocimiento debe estar escrito, almacenado y reconocido institucionalmente para ser "válido" es una construcción histórica, que hunde sus raíces en el poder colonial, en la expansión del control estatal, y en la necesidad burocrática de clasificar y contener. Este sesgo es resultado directo del literocentrismo, un término que he acuñado para expresar el privilegio del texto escrito sobre otras formas de transmisión del conocimiento.
Y, sin embargo, cuando miramos más allá de este marco rígido, descubrimos que el mundo siempre ha estado lleno de documentos que no caben en las estanterías de las bibliotecas ni en los repositorios digitales.
Una biblioteca sin estanterías: El bosque como archivo
En El bosque como biblioteca: Lo que recuerdan los árboles, los suelos y los ríos, exploré la idea de que los propios paisajes son sistemas de conocimiento que guardan la memoria en los anillos de los árboles, las conexiones subterráneas de los micelios, las capas del suelo, el movimiento de los ríos... No se trata de metáforas poéticas; cada organismo del bosque tropical forma parte de un archivo real de información, registros históricos codificados tanto en la naturaleza como en las culturas de los muchos pueblos que viven entre ellos.
Y, sin embargo, al no estar formateados como libros ni estar digitalizados en bases de datos, siguen siendo invisibles para las estructuras institucionales, oficiales y hegemónicas que definen lo que merece la pena conservar y lo que se puede olvidar.
El problema, sin embargo, va más allá de la naturaleza. Civilizaciones enteras han conservado, almacenado y transmitido conocimientos a través de formas que las bibliotecas y los archivos siguen ignorando. Mapas trazados en pieles de animales o en cortes de pelo, historias construidas en la arquitectura, cosmologías codificadas en tejidos y cestas, genealogías y sistemas jurídicos transmitidos a través de la gobernanza oral y las canciones: cada uno de ellos representa vastos e intrincados corpus de conocimiento y memoria.
Sin embargo, a menudo se les trata como folclore, leyendas o meros artefactos culturales, en lugar de como lo que realmente son.
La tiranía de la palabra escrita
Durante siglos, la palabra escrita ha prevalecido sobre cualquier otra forma de transmisión de información. La suposición de que algo sólo es real si está documentado en un texto ha provocado profundas pérdidas, no sólo del conocimiento en sí, sino también de las comunidades y tradiciones que lo sustentan.
La oralidad, por ejemplo, se tacha de poco fiable o anecdótica. Sin embargo, contiene conocimientos científicos detallados —sobre plantas medicinales, ciclos ecológicos, patrones climáticos— que han sido probados y perfeccionados durante generaciones. Un libro de botánica se considera válido, mientras que el conocimiento de un curandero, transmitido a través de la palabra y la práctica, no. ¿Por qué? Porque uno encaja en el modelo hegemónico y el otro no.
Así funciona el literocentrismo.
¿Quién decide lo que importa?
Los bibliotecarios, archivistas y profesionales de la información desempeñan un papel crucial a la hora de definir y aplicar lo que se considera un documento y, por extensión, lo que se considera conocimiento.
Este poder no es neutral, por mucho que quienes gestionan el conocimiento y la memoria reivindiquen su "neutralidad".
Al reconocer como válidos únicamente los textos académicos escritos y aprobados por el sistema dominante, el campo de la bibliotecología ha reforzado históricamente los sistemas de colonialismo y exclusión. Ha dejado de lado las experiencias de las comunidades indígenas, la sabiduría de los historiadores locales y la legitimidad de las epistemologías no occidentales. Ha tratado el conocimiento como algo que debe almacenarse en libros, en bases de datos, en depósitos institucionales, en lugar de como algo que se vive, se practica y se transmite más allá de las limitaciones del registro escrito.
Rompiendo los límites de la documentación
Debemos empezar a ampliar lo que consideramos un documento.
Debemos rechazar la idea de que sólo merece la pena preservar determinados tipos de saber.
Debemos reconocer que las historias que se transmiten en los cuerpos, en las ceremonias, en los paisajes, en las lenguas en vías de extinción, son tan vitales como cualquier libro de nuestras colecciones.
Esto significa ampliar los sistemas de catalogación para reconocer el conocimiento no escrito y no digitalizado. Significa crear marcos éticos que respeten la soberanía de los poseedores del conocimiento. Significa apoyar prácticas de archivo impulsadas por la comunidad, en lugar de modelos extractivos que se apropian del conocimiento sin devolverlo. Significa abogar por cambios políticos que desafíen las estructuras coloniales aún arraigadas en la ciencia de la información.
Si el conocimiento puede almacenarse en raíces y hojas, en discursos orales, en tradiciones anteriores a la imprenta, entonces ¿por qué seguimos pretendiendo que sólo importan los libros y los servidores?
Si la bibliotecología consiste realmente en preservar el conocimiento, entonces ¿qué hará falta para reconocer por fin el conocimiento que ha estado aquí todo el tiempo?
Acerca de la entrada
Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 18.03.2025.
Foto: "El sensible arte de los retablos ayacuchanos de Navidad se reinventa en la pandemia". En El Comercio [Enlace].