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Saberes y memorias silenciadas en los trópicos (02)
El bosque como biblioteca
Lo que recuerdan los árboles, los suelos y los ríos
Un catálogo...
Recuerdo el momento con total claridad.
El Congreso de Bibliotecas Públicas en Bogotá, en 2024. Un evento particular, por decirlo de alguna forma. Uno que no presentó las ya trilladas discusiones sobre digitalización, estándares de metadatos y políticas de acceso. En su lugar, y por primera vez en la bibliotecología colombiana, hubo charlas sobre justicia epistémica, biodiversidad, políticas de cuidado...
Una de las experiencias que se presentaron en los distintos paneles me impactó. Una biblioteca de la Amazonía colombiana trajo un... ¿cómo llamarlo? ¿Un catálogo? Pero no era de libros. Ni de manuscritos. Sino de piezas de madera.
A primera vista, parecían especímenes de un herbario, pulcramente etiquetados y clasificados. Pero, tras un segundo vistazo, resultaba evidente que eran otra cosa. Cada fragmento era una referencia, una llave a un archivo inmenso, indómito. El propio bosque. Cada muestra era un enlace a un documento, a un árbol en particular: un volumen de una biblioteca interminable donde el conocimiento y la memoria se almacenan en anillos de crecimiento, en resina, en olor, en textura. Y donde cada elemento forma parte de una inmensa red conectada bajo tierra por micelios y en la superficie por lianas, e incrustada en las historias y los relatos de origen de los pueblos que habitaron esos territorios durante siglos.
La idea me golpeó como una verdad que siempre hubiera llevado dentro pero que nunca había expresado con claridad: el bosque tropical es una biblioteca. En realidad, cualquier territorio lo es.
Una biblioteca sin muros
Si uno camina por el Amazonas, el Congo o los manglares del Pacífico, entra en un catálogo de memorias, historias y conocimiento mucho más antiguo que cualquier libro jamás escrito. Pero a diferencia de una biblioteca tradicional, esa no está ordenada en estanterías ni almacenada en discos duros. Allí, la información está codificada en las raíces, susurrada a través de las copas de los árboles, trazada en los patrones del suelo.
Los árboles son registros, documentos reales: sus anillos guardan la historia de sequías e inundaciones, y sus cortezas llevan inscritos los esquemas químicos de medicinas aún por descubrir. Los suelos son archivos con siglos de memoria orgánica: cada estrato es una nota a pie de página de un texto vivo. Los ríos son índices que transportan el pasado aguas abajo, cambiando el guión con cada estación.
Si un documento es cualquier cosa que contenga conocimiento o memoria, ¿por qué no puede serlo un árbol? ¿Por qué un bosque no podría ser una colección, y un territorio, un paisaje concreto, no podría considerarse una enorme biblioteca y archivo, un depósito de miles de acontecimientos que se depositan como estratos geológicos, unos sobre otros, a lo largo de los milenios? ¿Por qué no podemos considerar el bosque tropical, un sistema biológico, también un sistema de información? ¿Por qué no podemos pensar en sus múltiples conexiones como caminos dentro de un ecosistema de bioconocimiento, donde millones de datos orgánicos se conectan y combinan para crear cosas nuevas a través de la lógica de la evolución?
¿Por qué no podemos aceptar que existen bibliotecas sin muros?
Esta biblioteca en particular, el bosque tropical, no es silenciosa. Susurra, zumba, gotea y respira. A veces aúlla. Pero, ¿quién ha aprendido a leerla? ¿A acceder a ella?
¿A protegerla?
El conocimiento que encierra
Durante siglos, los pueblos indígenas y las comunidades locales han leído los documentos de estas colecciones naturales con la misma fluidez con la que los eruditos occidentales leen sus manuscritos. Conocen la gramática de las flores, la sintaxis de las ramas, la fonética del susurro de las hojas. Reconocen las historias del pasado escritas en ellas —la que cuenta cómo los ríos se originaron en una enorme ceiba que explotó, o aquella otra que explica cómo la luna subió al cielo desde las ramas más altas de un árbol— y las predicciones que albergan para el futuro. Para ellos, el bosque no es "salvaje": es una biblioteca metódicamente estructurada. Un archivo de conservación y supervivencia.
Cuando el control de este universo de conocimientos y recuerdos pasó a otras manos, fue destrozado. Los árboles se convirtieron en madera. Los suelos, en datos. Los ríos, en meros obstáculos que había que cruzar. El significado se perdió en la traducción, las notas al pie se ignoraron, las citas se borraron.
Interpretaciones coloniales
Cuando los exploradores europeos se asomaron por primera vez al bosque tropical, lo trataron como un enorme enemigo empeñado en atacarlos. Una tierra salvaje y sin cartografiar, un espacio en blanco a la espera de ser catalogado y explicado. Pero ese conocimiento ya existía. El Amazonas no es, como algunos investigadores supusieron en su día, un bosque natural jamás tocado por la mano del hombre. Es un paisaje profundamente modelado por milenios de cuidados: por la gestión indígena de los incendios, por bosques de alimentos cultivados en secreto, por ecosistemas cuidadosamente cuidados en los que cada planta tenía una función.
Nombrar algo es reivindicarlo. Renombrarlo es borrar su historia previa. Las taxonomías de Linneo y las etiquetas de los jardines botánicos a menudo despojaron a todos esos árboles de sus nombres originales, de sus relaciones con los sistemas de conocimiento humanos, de sus funciones en la memoria y la medicina. En las bibliotecas occidentales, un árbol podía identificarse por su nombre científico y categorizarse con una serie de características biológicas. En Guna Yala, el pueblo Kuna sabe que Kwamuty, el creador, fabricó el primer ser humano utilizando la madera de un árbol; que los ocho gemelos descubrieron la sal y las plantas comestibles a través del paluwala, el "árbol de la sal"; que los árboles son la fuente de los nuckukana, pequeñas figuras mágicas... Un nombre aparece en las bases de datos científicas; los otros han llevado a comunidades enteras a lo largo de generaciones.
Y en la biblioteca del bosque tropical, esos nombres importan.
Una invitación a la relectura
Los bibliotecarios colombianos que llevaron su catálogo de maderas al congreso profesional estaban haciendo, quizás sin quererlo, una declaración: la biblioteca no está sólo en los libros. El archivo no está sólo en los papeles. El conocimiento existe más allá de las estructuras que le hemos impuesto.
La pregunta es: ¿estamos dispuestos a leerlo?
¿Qué ocurre cuando las bibliotecas y los archivos reconocen el conocimiento almacenado en los paisajes, en las plantas, en las tradiciones orales, en la práctica encarnada de caminar por el bosque? ¿Qué ocurre cuando admitimos que algunos de los mayores repositorios de ciencia, historia y filosofía existen fuera de los muros y los servidores institucionales?
¿Cómo conectamos estos sistemas de conocimiento vivos con nuestras bibliotecas y archivos literocéntricos? Y lo que es más importante: ¿cómo preservamos esos depósitos naturales, no sólo documentándolos, sino garantizando que ellos y sus guardianes, sus lectores y sus cuidadores sigan existiendo?
Si se quema una biblioteca, lo consideramos una tragedia. Si se pierde un archivo, lloramos la desaparición del conocimiento.
¿Cómo llamaremos, entonces, a la deforestación del Amazonas o a la desaparición de los bosques del sudeste asiático? ¿Al desplazamiento o genocidio directo de los guardianes locales del conocimiento? ¿A la destrucción de un archivo tan vasto, tan irremplazable, que ninguna digitalización o publicación académica podrá restaurar?
Para proteger esas bibliotecas, primero debemos reconocer su existencia. Para preservarlas, debemos escuchar a quienes saben leerlas. Y para aprender realmente, debemos abandonar la idea de que el conocimiento sólo es válido cuando está escrito en la lengua de Occidente.
El bosque es una biblioteca. Siempre lo ha sido. La única pregunta es: ¿aprenderemos a leerla antes de llegar a la última página?
Acerca de la entrada
Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 13.03.2025.
Foto: Flor caida en el bosque del Monumento Natural Isla Barro Colorado, Panamá. © Edgardo Civallero, 2025.