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Desde Quisquiza (15 de 20)

Tiempo

Los árboles ignoran los trimestres

 

Esta nota forma parte de una serie escrita desde Quisquiza, en los Andes colombianos, donde territorio y trabajo intelectual ya no están separados. Examina cómo ese cruce transforma mi manera de pensar la memoria, la información y las estructuras que las sostienen. Consulte todas las notas en el índice de esta sección.

 

He estado observando los plantines y los arbolitos que crecen en las zonas en recuperación alrededor de mi casa, aquí arriba, en Quisquiza.

Observándolos de manera bastante obsesiva, la verdad sea dicha.

Algunos producen hojas nuevas, alargan sus tallos y parecen estar progresando adecuadamente. Otros tienen el mismo aspecto que hace varias semanas. Exactamanete el mismo. Les miro las hojas, reviso la tierra que los rodea, y busco señales de actividad que justifiquen mis frecuentes visitas.

Pero los árboles no crecen de forma continua, ni todos al mismo ritmo. El crecimiento responde a la temperatura, las precipitaciones, la luz, los nutrientes, la competencia y la biología de cada especie. Un periodo de rápida expansión puede ir seguido de semanas de actividad casi insignificante. Un árbol joven puede invertir recursos en desarrollar sus raíces, fortalecer su tallo o reemplazar tejidos dañados sin aumentar visiblemente de altura.

Y lo que ocurre durante un periodo determinado puede no hacerse evidente hasta mucho tiempo después.

Incluso los anillos de crecimiento, esos supuestos registros tan prácticos del paso del tiempo, se complican mucho en los trópicos. Ahí, algunas especies producen anillos anuales reconocibles, en tanto que otras forman bandas de crecimiento cuya relación con los años del calendario es bastante menos directa.

El árbol tiene una historia. Pero no divide esa historia en las unidades que a nosotros nos gustan, o que consideramos convenientes para nuestros cálculos.

Lo cual es una lástima, porque a los seres humanos nos encanta dividir el tiempo en unidades.

Semanas. Meses. Trimestres. Años fiscales. Ciclos de financiación. Planes estratégicos. Periodos de ejecución de proyectos. Evaluaciones anuales.

Establecemos objetivos, medimos el progreso y determinamos si algo tuvo éxito dentro de un intervalo predefinido. Ese intervalo suele corresponder a una necesidad administrativa: cuándo se cierran los presupuestos, cuándo vencen los contratos, cuándo deben presentarse los informes.

En principio, no hay nada de malo en ello. La rendición de cuentas es algo importante. Los recursos son limitados. Nadie quiere financiar un proyecto interminable cuyo único logro medible sea la producción de explicaciones cada vez más elaboradas sobre por qué no ha sucedido absolutamente nada.

(Aunque me he encontrado con algunos especialistas notables en ese campo. Estoy seguro de que conocen a unos cuantos).

El lío empieza cuando el intervalo que usamos para medir algo no se corresponde con la escala temporal del proceso que estamos midiendo.

Me explico. Imaginen dos árboles jóvenes plantados el mismo día. Seis meses después, uno ha duplicado su altura. El otro apenas ha cambiado. Una medición perfectamente precisa identifica al primero como el individuo que ha crecido más rápido.

¿Pero eso nos dice cuál de los dos se está estableciendo con mayor éxito? No necesariamente.

Uno podría haber desarrollado un sistema radicular más extenso. El otro podría estar creciendo rápidamente por encima del suelo, mientras que por debajo sigue siendo vulnerable a la escasez de agua o a los daños mecánicos. Sus diferencias pueden reflejar las características de sus respectivas especies, las condiciones del lugar o sus estrategias de crecimiento, más que un rendimiento superior o inferior.

Para comprender lo que está sucediendo, necesitamos observar algo más que la altura. Y quizás durante más de seis meses. Lo interesante aquí es que la medición puede ser completamente correcta y, sin embargo, la conclusión que extraemos de ella puede ser errónea.

La cuestión se vuelve todavía más espinosa cuando utilizamos esa conclusión para tomar decisiones.

Supongamos que premiamos al primer árbol y descartamos al segundo. No porque hayamos determinado que el segundo está enfermo, sino porque su desarrollo no se ajusta al intervalo dentro del cual esperamos obtener resultados.

Ahora la medición está haciendo algo más que describir el crecimiento. Está seleccionando qué formas de crecimiento merecen continuar. Y eso me lleva, inevitablemente, a las bibliotecas, los archivos, la investigación y las instituciones responsables de producir y preservar conocimiento.

Pensemos en un proyecto creado para documentar los conocimientos de una comunidad determinada. Su primer año podría dedicarse a establecer relaciones, negociar el consentimiento, comprender las expectativas locales, identificar a los participantes y discutir qué debería registrarse y qué no. Al finalizar ese año, la colección podría contener muy poco material.

Otro proyecto, desarrollado en circunstancias diferentes, podría haber producido cientos de entrevistas, miles de fotografías y una base de datos en la que realizar búsquedas.

¿Cuál ha logrado más? Pues... no lo sabemos.

Sabemos cuál ha producido más documentos. Y esa es una medida perfectamente legítima. Pero no podemos asumir que el número de documentos describe adecuadamente la calidad de las relaciones, las responsabilidades establecidas o la probabilidad de que el archivo resultante siga siendo significativo para las personas involucradas. Esas cosas pueden desarrollarse según temporalidades muy diferentes.

El problema no es que las instituciones exijan resultados demasiado rápido. Es que sus intervalos de presentación de informes pueden visibilizar ciertos tipos de trabajo e invisibilizar otros. Y las consecuencias se acumulan.

Los proyectos diseñados para producir resultados inmediatos y cuantificables se vuelven más fáciles de evaluar, financiar y justificar. El trabajo cuyos resultados aparecen de forma gradual, irregular o impredecible se vuelve más difícil de defender. Y así, los investigadores aprenden qué preguntas encajan en los periodos de financiación disponibles. Los archivistas aprenden qué actividades generan indicadores favorables. Las instituciones se organizan progresivamente alrededor de aquello que puede demostrarse dentro del tiempo asignado para demostrarlo. Y el calendario comienza a influir en el trabajo.

A veces, la distorsión llega a ser bastante absurda.

Imaginen un archivo que comienza a revisar sus descripciones históricas junto con las comunidades representadas en sus colecciones. Durante el primer año, aparecen errores que hasta entonces no habían sido reconocidos. Se multiplican las clasificaciones que están siendo cuestionadas. Los registros que antes se consideraban completos necesitan ser revisados. Las nuevas preguntas surgen más rápido de lo que la institución puede responderlas.

Según ciertos indicadores de desempeño, la situación ha empeorado. Ahora hay más problemas sin resolver que antes.

Pero ese aparente deterioro podría ser evidencia de algo extraordinariamente valioso: las personas que anteriormente no habían tenido la oportunidad de poner en duda las descripciones del archivo finalmente están ejerciendo esa autoridad.

La institución no ha empeorado en su trabajo. Al menos, no necesariamente. De hecho, puede que haya mejorado su capacidad para reconocer el trabajo que necesitaba hacerse. Un intervalo corto de evaluación puede confundir ese reconocimiento con un fracaso.

Por supuesto, no es que ampliar el periodo de observación resuelva todo como por arte de magia. Algunos procesos fracasan de verdad. Algunos proyectos desperdician recursos. Algunas instituciones invocan la supuesta complejidad de su trabajo para evitar responder preguntas perfectamente razonables. Y el tiempo, por sí solo, no garantiza absolutamente nada.

Un árbol puede pasar diez años creciendo en condiciones inadecuadas y seguir estando enfermo. Un archivo puede conservar la misma descripción discriminatoria durante un siglo. Una práctica institucional ineficiente no adquiere sabiduría simplemente porque todo el mundo la haya tolerado desde 1974.

La cuestión no es que más tiempo sea mejor. Es que los diferentes procesos requieren distintos tipos de evidencia, recogida en los momentos adecuados, antes de que puedan formularse juicios significativos.

A veces necesitamos indicadores inmediatos. A veces, observaciones repetidas. A veces, evidencia de relaciones que se han desarrollado, de problemas que se han hecho visibles o de responsabilidades que continúan mucho después de que haya terminado el proyecto original. Y a veces necesitamos la honestidad intelectual suficiente para reconocer que todavía no sabemos qué significan los resultados.

De vuelta afuera, los árboles jóvenes continúan sus complicadas negociaciones con este difícil paisaje montañoso en el que nacieron. Unas cuantas hojas nuevas por aquí. Un tallo que parece más grueso por allá. Uno chiquitito que, por lo que parece, decidió permanecer exactamente del mismo tamaño para siempre.

Puedo medir sus alturas hoy. Puedo volver a hacerlo el mes que viene. Esas mediciones me van a decir algo útil. Pero voy a necesitar otras observaciones, y más tiempo, para comprender lo que está sucediendo realmente.

Mañana probablemente voy a volver a revisarlos.

Las mediciones van a ser precisas. Que yo sepa qué quieren decir... es otra cuestión.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 16.10.2026.
Foto: Edgardo Civallero, creado con la asistencia de ChatGPT / OpenAI.