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Desde Quisquiza (13 de 20)

Protección

Cubiertas contra los elementos

 

Esta nota forma parte de una serie escrita desde Quisquiza, en los Andes colombianos, donde territorio y trabajo intelectual ya no están separados. Examina cómo ese cruce transforma mi manera de pensar la memoria, la información y las estructuras que las sostienen. Consulte todas las notas en el índice de esta sección.

 

Aquí arriba, en Quisquiza, las plantitas chiquitas tienen un montón de enemigos.

El frío, para empezar, y la niebla. Constante. La lluvia, por supuesto. El viento. De vez en cuando, el granizo. El sol de altura, cuando las nubes deciden desaparecer durante unas horas. Babosas. Pájaros. Insectos. Hongos. Y, con una frecuencia vergonzosa, las botas de la persona responsable de plantarlas.

(Yo.)

Así que las cubro. Con cosas.

Una lámina de plástico transparente extendida sobre un bancal elevado. Un trozo de mediasombra atado entre estacas. Piedras a lo largo de los bordes, porque el viento tiene opiniones muy personales sobre mis habilidades ingenieriles. A veces, una hoja ancha colocada sobre algo particularmente delicado. A veces ramas, hierba seca, pedazos de malla vieja, cualquier cosa que haya disponible y parezca capaz de negociar con el clima (o con mis botas) durante unos días.

Los resultados pueden ser sorprendentemente dramáticos. De telenovela.

Una fina lámina de plástico cambia muy poco vista desde fuera. Debajo, sin embargo, las condiciones cambian. El viento pierde fuerza. La lluvia deja de golpear directamente el suelo. La humedad permanece durante más tiempo. Durante el día, el aire y la tierra pueden calentarse ligeramente. Una plántula que estaba gastando la mayor parte de su energía en sobrevivir a la exposición, de repente tiene margen suficiente para seguir creciendo.

Nada fundamental ha cambiado en la montaña. El frío sigue ahí. La lluvia sigue cayendo de lado, porque sí. El sol no ha firmado ningún tratado de paz conmigo.

Simplemente he alterado las condiciones que rodean el entorno inmediato de una planta muy pequeña. Y eso puede bastar.

La protección funciona, en parte, creando una diferencia. El entorno bajo la cubierta no tiene por qué volverse ideal. Solo tiene que volverse lo suficientemente tolerable como para que algo vulnerable logre establecerse.

Y establecerse importa.

Una planta recién germinada tiene muy poca energía almacenada, prácticamente ningún sistema radicular, apenas estructura física, ninguna fe en el futuro, y ninguna capacidad para trasladarse a un lugar más conveniente cuando el clima se vuelve horripilante. Una planta adulta puede soportar condiciones que la matarían en una etapa previa. El mismo organismo, en el mismo lugar, puede necesitar condiciones muy diferentes en distintos momentos de su vida.

Lo cual significa que he aprendido a desconfiar de esas frases que comienzan con "esta planta crece perfectamente bien aquí".

Sí. Eventualmente. Quizás. Una vez que haya sobrevivido a ser diminuta.

Esa distinción se ha vuelto bastante importante en mi tierra. He perdido plántulas por haberlas expuesto demasiado pronto. También he dañado plantas por protegerlas con demasiado entusiasmo. Una cubierta de plástico que mantiene alejado el frío también puede atrapar demasiado calor cuando aparece el sol. La condensación se acumula. La circulación del aire disminuye. El suelo permanece más húmedo de lo previsto. Los hongos descubren el arreglo e inmediatamente lo interpretan como una invitación a una orgía.

La protección produce su propio entorno, y ese entorno debe ser vigilado. Así que pongo la cubierta. Luego la abro. Luego vuelvo a cerrarla porque baja la temperatura. Después el viento suelta una esquina. Entonces pongo otra piedra encima. Después sale el sol y descubro que he construido accidentalmente una pequeña sauna botánica.

(El trabajo de campo es muy digno. Y agotador del carajo.)

Con el tiempo, si todo sale razonablemente bien, la cubierta se vuelve menos necesaria. Las raíces llegan más lejos. El tallo se engrosa. Aparecen hojas nuevas. La planta comienza a regular su agua y su temperatura de una forma más eficaz. Lo que tres semanas antes la habría dañado se convierte en una exposición ordinaria.

Ese momento es fácil de pasar por alto. La protección puede convertirse en un hábito. Una vez que una cubierta ha salvado algo, dejarla en su sitio parece lo más prudente. ¿Por qué quitar una estructura que funcionó?

Pues porque puede que las condiciones que la justificaron ya no existan. Y porque el refugio modifica el crecimiento.

Una planta protegida permanentemente del viento no experimenta el mismo estrés mecánico que una expuesta gradualmente a él. Una cubierta que excluye la lluvia intensa también puede reducir la lluvia normal. La sombra que evita que una planta se queme puede convertirse en luz insuficiente. Una estructura construida alrededor de la vulnerabilidad puede terminar preservando las propias condiciones de esa vulnerabilidad.

Y ahí es donde las cosas se ponen interesantes.

El trabajo con el conocimiento y la memoria tiene muchos equivalentes de estas pequeñas cubiertas.

Programas piloto. Subvenciones especiales. Equipos temporales de proyecto. Espacios de investigación protegidos. Entornos experimentales de catalogación. Financiación específica para colecciones desatendidas. Repositorios separados establecidos porque las instituciones existentes todavía no pueden dar cabida a determinados materiales o prácticas. Becas que dan a alguien el tiempo suficiente para desarrollar un trabajo que, de otro modo, desaparecería bajo las cargas laborales habituales.

Estos arreglos modifican las condiciones locales. Una práctica nueva que sería aplastada por las exigencias normales de una institución recibe tiempo. Un archivo pequeño recibe dinero antes de ser capaz de generar resultados mensurables. Se permite que un vocabulario local se desarrolle sin obligarlo inmediatamente a encajar en una clasificación establecida. Un proyecto comunitario trabaja a una escala en la que pueden formarse relaciones antes de que alguien pregunte cuándo se ampliará a diecisiete países.

Aparece un pequeño margen. Y, a veces, ese margen es precisamente lo que hace posible el establecimiento.

El error se da cuando suponemos que, porque la protección fue necesaria al principio, la propia estructura protectora debería definir el futuro.

Los proyectos piloto se convierten en excepciones permanentes. Los programas experimentales permanecen para siempre en la periferia. Una persona continúa protegiendo una práctica que la institución nunca aprende a sostener. Una subvención mantiene vivo un archivo durante tres años sin modificar las condiciones que lo pusieron en peligro en primer lugar. A una iniciativa comunitaria se le concede su propio mini-invernadero institucional, admirado a través del cristal, fotografiado para los informes anuales y cuidadosamente impedido de alterar cualquier cosa fuera de él.

Protegida, sin duda. ¿Integrada en la vida de la institución? Esa es otra pregunta.

También existe una versión más incómoda de la protección.

Las instituciones a veces protegen las cosas controlándolas. Restringen el acceso "por razones de preservación". Aíslan colecciones "por seguridad". Toman decisiones en nombre de las comunidades "para evitar riesgos". Crean procedimientos especiales que comienzan como salvaguardas y poco a poco se convierten en sistemas mediante los cuales la autoridad sigue concentrada en otra parte.

El lenguaje sigue siendo benevolente. Puede que la estructura no lo sea.

Eso no significa que toda barrera deba desaparecer. Algunas formas de protección están hechas para durar. Los conocimientos sensibles pueden requerir restricciones permanentes de acceso. Los materiales frágiles pueden necesitar entornos controlados siempre. Las comunidades pueden decidir que determinada información nunca debería circular libremente. La privacidad, la soberanía, la conservación y la responsabilidad cultural no pueden reducirse a inconvenientes temporales a la espera de que llegue la apertura.

Así que la duración, por sí sola, nos dice muy poco. La mejor pregunta es qué hace posible la protección. ¿Permite que algo se establezca? ¿Aumenta la capacidad de las personas implicadas para decidir qué ocurre después? ¿La práctica protegida puede funcionar eventualmente sin el apoyo extraordinario que la sostuvo al principio? Si la protección permanece, ¿permanece porque quienes dependen de ella todavía la quieren y la necesitan? ¿O porque la institución se ha acostumbrado a mantenerlos debajo del plástico?

Responder tales preguntas es más difícil que decidir cuándo retirar una cubierta.

Por suerte, las plántulas no presentan planes estratégicos. Dan otras señales. Hojas nuevas. Tallos más fuertes. Raíces que aparecen en el borde del bancal. Un crecimiento que se ralentiza porque bajo la cubierta hace demasiado calor. Una planta que empieza a presionar contra la estructura que una vez la mantuvo con vida.

Entonces empiezo a abrir los laterales. Un poco de aire hoy. Más sol mañana. Una noche sin cubrir. Después, quizás, la cubierta se quede doblada junto al bancal, disponible por si vuelve la escarcha.

La protección no tiene que desaparecer para que el crecimiento continúe. A veces cambia de forma. Lo que comienza como encierro se convierte en respaldo. Lo que comienza como apoyo intensivo se transforma en algo más ligero, más distante, a lo que se recurre únicamente cuando las condiciones lo exigen.

Lo importante es que la estructura responda a la vida que hay debajo. No al revés.

Esta mañana levanté una de las láminas de plástico después de que el sol llegara al jardín. Varias de las plántulas que había debajo estaban considerablemente más altas que aquellas cositas miserables que había cubierto un par de semanas antes.

El viento pasó entre ellas. Se doblaron. Y volvieron a erguirse. Así que dejé la cubierta abierta.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 18.09.2026.
Foto: Edgardo Civallero, creado con la asistencia de ChatGPT / OpenAI.