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Desde Quisquiza (12 de 20)
Monocultivo
Cuando una sola hierba gana
Esta nota forma parte de una serie escrita desde Quisquiza, en los Andes colombianos, donde territorio y trabajo intelectual ya no están separados. Examina cómo ese cruce transforma mi manera de pensar la memoria, la información y las estructuras que las sostienen. Consulte todas las notas en el índice de esta sección.
Hay partes de mi terreno en las que domina un único pasto.
El kikuyu, por supuesto. Ese hijo de la grandísima...
Cubre la pendiente con una capa densa y continua. Se abre paso a través de los viejos potreros, envuelve las piedras, trepa por encima de los canales de drenaje y avanza hacia cualquier pedazo de tierra que quede desatendido más de unas pocas semanas.
(No cree en la tierra desatendida, no. ¿Por qué iba a hacerlo?)
Desde lejos, el resultado parece casi admirable. La superficie es lisa. Ordenada. Eficiente. El mismo tono Pantone de verde por todos lados, extendido sobre la ladera como una alfombra instalada con mimo. Sin huecos visibles. Sin tierra expuesta. Sin la más mínima vacilación.
Para cualquiera que crea que la cobertura es una prueba de buena salud, es un escenario perfecto. De cerca, sin embargo, el paisaje se vuelve más silencioso de lo que debería.
Hay menos hongos debajo, si es que queda alguno. Menos insectos moviéndose entre los tallos. Casi ninguno de mis escarabajos favoritos, lo que considero un grave fallo institucional. (Algunas culebritas están contentas, eso sí). Las plantas pequeñas, los dientes de león y cía., aparecen en los bordes, pero rara vez sobreviven en el centro. Las semillas germinan y después desaparecen bajo la hierba. Las hojas caídas quedan atrapadas en una capa densa que se pudre de forma irregular.
La tierra que está debajo comienza a endurecerse. Las raíces forman una maraña gruesa cerca de la superficie. A veces el agua corre por encima en lugar de penetrar, se los juro. En otros lugares, la humedad queda atrapada bajo la vegetación, fría y mal aireada. La hierba sostiene el terreno, sin duda, pero también ocupa casi todos los espacios disponibles.
Lo que prospera en la uniformidad suele excluir todo aquello que pueda complicarla.
El kikuyu no es un cabrón desalmado. (Bueno, capaz que un poco...). Eso haría las cosas más sencillas, y los ecosistemas rara vez demuestran demasiado interés por lo sencillo. Crece rápido, protege el suelo expuesto, sus raíces reducen la erosión en las pendientes pronunciadas... El ganado puede pastarlo. Sobrevive a los cortes, al pisoteo, a las noches frías, al maltrato y a las decisiones repetidas de esos seres humanos que suponen que la vegetación puede arreglárselas por sí sola.
Es muy bueno haciendo lo que hace, el malparido. Y ese es precisamente el problema. El éxito en una sola función puede ocultar la pérdida de muchas otras.
Cuando una especie domina, la estructura del paisaje se simplifica. La misma profundidad de raíces se repite a lo largo y ancho de toda la loma. La misma altura. El mismito ritmo estacional. La misma respuesta a la lluvia, al frío, a la sequía, al pastoreo y a las perturbaciones.
Puede haber una enorme cantidad de biomasa. Pero hay muchísimas menos posibilidades.
Un espacio más variado contiene plantas con raíces diferentes, periodos de floración distintos, relaciones diferentes con insectos y hongos, y capacidades distintas para retener agua, aflojar la tierra, acumular materia orgánica, proporcionar sombra o sobrevivir a una temporada seca inesperada.
Algunas crecen rápidamente. Otras esperan. Algunas toleran el frío. Otras se recuperan mejor después del daño. Algunas proporcionan alimento. Otras crean refugio. Algunas no hacen nada visible hasta que cambian las condiciones y su presencia, de repente, se vuelve esencial.
La diversidad es desordenada porque, desde la perspectiva de una hoja de cálculo, la vida distribuye el trabajo como el culo.
Duplica funciones, deja espacios vacíos, produce organismos que parecen innecesarios y mantiene relaciones cuya utilidad puede tardar años en hacerse evidente.
El monocultivo elimina gran parte de esa aparente ineficiencia. Una especie desempeña un único conjunto de funciones en toda la superficie. El mantenimiento se vuelve más sencillo, el crecimiento se vuelve predecible y el paisaje puede interpretarse rápidamente. Visto desde arriba, parece un problema resuelto.
Hasta que cambian las condiciones.
Una enfermedad adaptada a esa especie en particular no tiene que buscar demasiado para encontrar a su siguiente huésped. Créanme. Una sequía que afecta a una estructura de raíces afecta a todas las malditas estructuras de raíces. Un cambio de temperatura, de química del suelo o de disponibilidad de agua encuentra la misma respuesta biológica una y otra y otra y otra vez.
La uniformidad, en condiciones ordinarias, reduce la fricción. También distribuye la misma vulnerabilidad por todas partes. Y este no es solo un problema agrícola. Es estructural.
Las instituciones también mantienen monocultivos.
Una tradición de catalogación. Un lenguaje de descripción. Un modelo de evidencia. Una definición de autoridad. Un vocabulario autorizado. Una plataforma técnica. Un método para evaluar la utilidad. Una trayectoria profesional repetida hasta volverse indistinguible del propio terreno.
Desde lejos, estos sistemas parecen ordenados. Los registros se alinean, los procedimientos se aceleran, la capacitación se vuelve más sencilla, la interoperabilidad mejora y los informes pueden producirse sin que nadie tenga que explicar por qué una parte de la colección se comporta de manera diferente al resto. Todo tiene el mismo feliz tono de verde administrativo.
De cerca, sin embargo, el silencio se vuelve más evidente.
Las preguntas que no pueden expresarse mediante el vocabulario dominante no se formulan. Las formas de conocimiento que requieren relaciones, temporalidades o estructuras de evidencia diferentes permanecen en los bordes. Las categorías locales germinan un ratito y después se esfuman bajo el sistema establecido. Las prácticas alternativas sobreviven únicamente en rincones descuidados, generalmente sostenidas por personas cuyo trabajo se considera informal, ineficiente o insuficientemente estandarizado.
(Aunque algunas culebritas están contentas. Ya saben a cuáles me refiero).
La institución puede contener millones de registros y, aun así, sostener un rango muy limitado de pensamiento.
Los monocultivos intelectuales funcionan de una manera muy parecida. Un campo se organiza alrededor de un puñado de teorías, métodos, revistas, lenguas, instituciones y redes de citación. Esas estructuras se vuelven eficientes a la hora de reproducirse a sí mismas. Los investigadores aprenden qué preguntas reciben financiación, qué vocabulario suena serio, qué evidencias cuentan y qué desacuerdos pueden expresarse sin poner en peligro su lugar dentro del sistema.
No es necesario prohibir nada de manera explícita. La hierba dominante simplemente ocupa todo el espacio disponible.
Las ideas nuevas se enfrentan entonces a una dificultad particular. No siempre son rechazadas porque estén equivocadas. A veces no consiguen establecerse porque el terreno ya está cubierto. No queda luz, ningún hueco, ninguna humedad institucional para aquello que tenga una forma diferente de crecer. No hay campito.
La estandarización aumenta la coordinación. Puede proteger la continuidad, reducir la confusión y permitir que el trabajo circule entre instituciones.
Pero "coordinación" no es lo mismo que "resiliencia".
Un sistema se vuelve resiliente cuando puede sostener la diferencia sin tratar cada variación como un defecto. Cuando varias formas de conocimiento pueden anclarse a diferentes profundidades. Cuando un método puede fallar sin llevarse consigo a todo el campo. Cuando las prácticas aparentemente redundantes permanecen disponibles porque nadie sabe qué condiciones llegarán después.
En mi tierrita quisquiceña, el kikuyu sigue avanzando. Voy y arranco una parte. Vuelve, claro. Cubro algunos espacios con hojas y ramas. El condenado pasto se abre paso. Planto otras especies en los claros, las protejo del frío, aflojo la tierra alrededor de las raíces y observo cómo la hierba se acerca desde todas partes con la tranquila seguridad de un imperio que nunca ha encontrado una frontera que estuviera dispuesto a respetar.
Pero esto no es una guerra. Si lo fuera, no tengan duda, la perdería. La tarea es más lenta y menos dramática: interrumpir la uniformidad. Abrir pequeños espacios. Cambiar las condiciones. Permitir que otras raíces, otras alturas, otros ritmos y otras formas de vida, incluidos mis escarabajos, logren establecerse antes de que la hierba vuelva a cerrar la superficie.
Un monocultivo no necesita destruirlo todo para dominar. Solo necesita hacer que la existencia de todo lo demás sea cada vez más difícil. Y cuando lo logra, y siempre lo hace, la loma luce verde durante un tiempo. El sistema parece estable.
Hasta que cambian las condiciones. Y toda esa reluciente uniformidad descubre que solo tiene una respuesta.