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Desde Quisquiza (08 de 20)

Telarañas

Peso en la red

 

Esta nota forma parte de una serie escrita desde Quisquiza, en los Andes colombianos, donde territorio y trabajo intelectual ya no están separados. Examina cómo ese cruce transforma mi manera de pensar la memoria, la información y las estructuras que las sostienen. Consulte todas las notas en el índice de esta sección.

 

Aquí arriba, en Quisquiza, en las cotidianas y habituales mañanas cubiertas por la niebla densa, las telarañas se hacen visibles.

Por todas partes.

Hilos que el día previo eran invisibles, de repente transportan gotitas a lo largo de todo su recorrido, dibujando mapas de líneas brillantes suspendidos entre ramas, hierbas, postes de cercas, tallos viejos y bordes de unos senderos en donde estoy absolutamente seguro de que no había nada la tarde anterior.

(Lo que, por supuesto, simplemente quiere decir que no los vi).

La niebla revela lo que ya estaba ahí.

Una geometría sutil emerge en el paisaje. No impuesta desde arriba, no planificada con regla, no centralizada de forma evidente. Solo líneas, nodos, puntos de anclaje, curvas, tensiones. Telaraña tras telaraña, atrapando humedad antes de atrapar presas, deteniendo la mañana por unos minutos antes de que el sol, el viento o mi rostro destruyan la evidencia.

(Mi rostro, lamentablemente, participa a menudo. Es que no las veo...).

Y uno empieza a preguntarse cuántas arañas habitan este terreno. ¿Existe algo así como demasiadas? Quizás sí. Quizás no. Aún estoy definiendo mi postura.

Las telarañas parecen frágiles porque cada hilo es delgado. Una cosa casi imperceptible. Un filamento. Un destello. Un pequeño accidente proteínico extendido sobre el aire mojado. Un movimiento descuidado y se rompe. Una manga, una bota, una persona distraída con una pala, y toda la estructura parece desvanecerse.

Pero esa impresión es engañosa.

La resistencia de una telaraña no reside en el grosor de un solo hilo. Reside en su disposición. En su distribución. En la forma en que una línea transfiere la tensión a otra. En la forma en que los anclajes se mantienen firmes sin necesidad de dominar toda la estructura. En la manera en la que cada unión absorbe, redirige y comparte la presión.

Un hilo solo es prácticamente insignificante. Una telaraña es otra cosa.

Cuando un hilo se rompe, todo el sistema no colapsa, necesariamente. La tensión se desplaza. Otras líneas soportan la perturbación. Algunas secciones se deforman. Otras se mantienen firmes. La estructura sobrevive no por ser rígida, sino por su capacidad de redistribuir la fuerza antes de que la ruptura sea total.

Frágil no significa débil. A veces, fragilidad no es más que fortaleza organizada de manera diferente.

Trabajar con estas redes, y ocasionalmente a través de ellas, revela algo difícil de ignorar: los sistemas en red no fallan por ser delicados. Fallan cuando la tensión se concentra en lugares que no pueden soportarla. Cuando demasiado peso recae sobre un nodo. Cuando la pérdida de una conexión aísla todo a su alrededor. Cuando la estructura parece extensa, pero su capacidad para distribuir la presión es deficiente.

Una red no es resiliente por tener muchas conexiones. Lo es porque las conexiones saben cómo compartir las consecuencias.

Muchos sistemas de información se describen a sí mismos como redes. Repositorios digitales, plataformas de archivo, ecosistemas de metadatos, infraestructuras académicas, colaboraciones institucionales, archivos comunitarios, grafos de conocimiento. Aparentemente, todo está conectado. Todo se enlaza con todo lo demás. El acceso se expande. Los nodos se multiplican. Las relaciones proliferan. El diagrama parece impresionante.

Pero la conexión por sí sola no es distribución.

Un sistema puede estar conectado densamente y, aun así, ser estructuralmente frágil. Puede contener miles de enlaces, pero depender de un puñado de instituciones, formatos, servidores, estándares, financiadores, lenguajes o personas. Puede parecer descentralizado, pero toda la responsabilidad se concentra en una oficina agotada, una subvención inestable, una base de datos obsoleta y una sola persona que sabe cómo funciona realmente el sistema.

Cuando ese hilo se rompe, el diagrama finalmente revela la verdad.

La pregunta, entonces, no es si un sistema está conectado, sino dónde recae su peso. Qué puntos soportan la tensión. Qué relaciones la distribuyen. Qué ausencias serían catastróficas. Qué hilos invisibles solo se hacen visibles cuando la niebla, el fallo, la crisis o el cansancio se ciernen sobre la estructura.

Porque muchas redes solo lo son en apariencia. Algunas son cadenas con ramificaciones falsas. Otras son pirámides. Otras son puntos aislados que pretenden ser ecosistemas.

Las telarañas sugieren un modelo más exigente. No uno de acumulación de conexiones, sino uno de distribución cuidadosa de vulnerabilidades. No uno de expansión infinita, sino uno de atención estructural a la tensión. No uno de visibilidad como prueba de fuerza, sino uno senisble a dónde se propaga la presión cuando algo cede.

Según relatos locales, el pueblo Muisca, que alguna vez habitó estas montañas, creía que los muertos cruzaban al más allá en balsas tejidas con telarañas. Por eso no mataban arañas.

Desconozco cuánto de esa historia ha sobrevivido intacto, o cuántas capas de relatos ha envuelto. Las historias, como las telarañas, recogen las brumas y los rocíos de muchos amaneceres. Pero la imagen sigue siendo poderosa aquí, en este lugar donde el viento revela de repente hilos que se extienden a través del mundo vivo.

Una balsa tejida con telarañas. Incluso la fragilidad, bien dispuesta, podía soportar peso.

Ese pensamiento me acompaña siempre. No porque romantice la debilidad. No lo hace. Una tela rota sigue rota. Un sistema fallido sigue fallando. Un archivo colapsado no se vuelve bello por describir con cuidado su fragilidad.

Pero cambia la cuestión.

Quizás el problema no sea que nuestros sistemas de memoria sean demasiado frágiles. Quizás sea que su fragilidad está mal organizada. Demasiado peso sobre muy pocos soportes. Demasiadas responsabilidades invisibles hasta que fallan. Demasiadas relaciones celebradas como conexiones sin apenas hacer nada para distribuir las consecuencias.

Aquí arriba, en las mañanas de niebla densa, la montaña ofrece una pequeña corrección. La red se sostiene porque el peso se mueve.

La red sobrevive porque no se le exige a ningún hilo individual que sea el mundo entero.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 12.06.2026.
Foto: Edgardo Civallero, creado con la asistencia de ChatGPT / OpenAI.