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Desde Quisquiza (06 de 20)

Liquen

Vida en la roca desnuda

 

Esta nota forma parte de una serie escrita desde Quisquiza, en los Andes colombianos, donde territorio y trabajo intelectual ya no están separados. Examina cómo ese cruce transforma mi manera de pensar la memoria, la información y las estructuras que las sostienen. Consulte todas las notas en el índice de esta sección.

 

Como en todas partes, los líquenes crecen despacito aquí arriba en Quisquiza, pegándose a la corteza y a la piedra con una precisión llena de paciencia.

Desde la distancia, casi que parecen manchas. De cerca, sin embargo, son auténticas arquitecturas vivas.

Se extienden por las superficies expuestas formando costras pálidas, películas pulverulentas, ramificaciones diminutas o suaves pliegues verde-grisáceos-anaranjado-blanquecinos que se curvan ligeramente al secarse y se hinchan de nuevo con la (incesante) humedad. Algunos se adhieren tan firmemente a la piedra que parecen que fueron pintados sobre ella. Otros cuelgan de las ramas en finos filamentos, cabelleras vegetales que se mueven con el viento cargado de niebla de la montaña.

Todavía recuerdo haber aprendido sobre ellos en mi clase introductoria de Ecología, hace muchos años, cuando me convertí en biólogo. "Sucesión primaria", nos dijeron: los primeros colonizadores de la roca desnuda. Los primeros organismos capaces de sobrevivir donde casi nada más puede.

Los líquenes se asientan en superficies expuestas al frío, la radiación, el viento y la escasez. Material volcánico. Madera muerta. Tejas de barro (como las de mi casa...) Toleran condiciones que desecarían o desestabilizarían formas de vida mucho menos especializadas. Y no lo logran porque dominen esos entornos, sino porque funcionan de manera diferente dentro de ellos.

Lo que llamamos "liquen" no es un solo organismo en el sentido convencional. Es una organización biológica a largo plazo: un hongo que vive junto con socios fotosintéticos, generalmente algas o cianobacterias, y que a menudo convive con comunidades microbianas asociadas que complican aún más el panorama.

(Incluso la biología se resiste a simplificarlos).

El componente fúngico proporciona estructura, protección y regulación hídrica. El socio fotosintético produce energía. Ninguno se disuelve por completo en el otro. Siguen siendo organismos distintos que participan en una arquitectura compartida. Y no siempre de forma pacífica. La simbiosis de los líquenes no es el cuento de hadas de cooperación perfecta que se nos ha querido vender. Es una coexistencia condicional que se mantiene en el tiempo bajo presión ambiental. Una organización lo suficientemente estable como para persistir, y lo suficientemente dinámica como para sobrevivir a la exposición.

Los líquenes no solo ocupan superficies. Las modifican. Lenta, casi imperceptiblemente. Atrapan polvo y partículas orgánicas. Retienen la humedad un poco más que la piedra desnuda. Algunos producen ácidos débiles capaces de erosionar químicamente la roca, contribuyendo a la larga a la formación de los primeros suelos minerales.

Se trata de intervenciones minúsculas con consecuencias geológicas y biológicas mayúsculas. En la recuperación de ecosistemas, estos procesos son de una importancia vital. Antes de que aparezcan los arbustos, antes de que las raíces estabilicen las laderas, y antes de que los bosques adquieran profundidad y sombra, los líquenes comienzan a modificar el sustrato a escala microscópica. Preparan las condiciones. Reducen la exposición. Crean la posibilidad de una mayor complejidad.

No de forma drástica. No de manera visible, a menos que uno se agache y preste muchísima atención.

La montaña está llena de procesos como ese.

Hay algo profundamente incómodo en los líquenes, si uno insiste en pensar en nuestras (generalmente rígidas) categorías.

Desestabilizan muchos de los límites conceptuales en los que solemos basarnos: organismo individual, colaboración, competencia, superficie, estructura, e incluso la distinción entre autonomía y dependencia. La propia biología ha dedicado décadas a debatir sobre cómo clasificarlos exactamente. Simbiosis. Mutualismo. Parasitismo controlado. Organismo compuesto. Ecosistema en miniatura.

Cuanto más se los observa, menos estables se vuelven las categorías. Y, sin embargo, el liquen persiste.

No por pureza. No por uniformidad interna. Ciertamente no por aislamiento. Persiste porque diferentes organismos, que desempeñan diferentes funciones, insisten en mantener una estructura compartida el tiempo suficiente para que surja cierta estabilidad.

Aquí arriba, rodeado de niebla, cortezas húmedas, piedras peladas y un suelo compactadop que va sanando lentamente, esa vieja lección de ecología se siente mucho menos teórica que en las aulas universitarias.

Me lleva a pensar en los sistemas de información, y en como suelen comportarse como si la coherencia dependiera principalmente de la simplificación. Esquemas de metadatos estandarizados. Ontologías armonizadas. Vocabularios controlados. Presión institucional hacia la normalización y la interoperabilidad. La premisa subyacente suele ser bastante sencilla: los sistemas estables surgen cuando la ambigüedad y la diferencia se reducen. Progresiva... o radicalmente.

Pero muchos entornos de conocimiento se asemejan mucho más a las superficies montañosas expuestas que a las condiciones estables de un laboratorio.

Los archivos acumulan recuerdos incompatibles. Las bibliotecas contienen tradiciones de clasificación contradictorias superpuestas a lo largo de los años. El conocimiento oral se resiste a la lógica documental. Los sistemas de nomenclatura locales sobreviven bajo taxonomías oficiales. Las estructuras coloniales permanecen arraigadas en infraestructuras supuestamente neutrales.

En estas condiciones, la uniformidad impuesta puede generar cierta claridad (y tranquilidad) administrativa, pero también puede reducir (y reduce) la resiliencia. Los sistemas se vuelven más limpios, más legibles, más fáciles de escalar, pero al mismo tiempo se vuelven menos capaces de soportar la complejidad bajo la presión de un entorno real.

Los líquenes sugieren otra posibilidad.

No la eliminación de la diferencia, sino la construcción de estructuras capaces de mantener unidas las diferencias el tiempo suficiente para que surjan posteriormente formas de continuidad más complejas.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 05.05.2026.
Foto: Edgardo Civallero & ChatGPT.