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Desde Quisquiza (05 de 20)
Musgo
Donde la pérdida se ralentiza
Esta nota forma parte de una serie escrita desde Quisquiza, en los Andes colombianos, donde territorio y trabajo intelectual ya no están separados. Examina cómo ese cruce transforma mi manera de pensar la memoria, la información y las estructuras que las sostienen. Consulte todas las notas en el índice de esta sección.
La temporada de lluvias ya llegó a los Andes colombianos. Y aquí, en Quisquiza, los días oscilan entre una constante niebla o una constante llovizna. El agua está por todas partes, en todos sus estados físicos. Y con la abundancia de agua, la vegetación ha florecido por doquier: desde helechos hasta orquídeas, desde líquenes hasta hongos.
Y musgos. Sobre todo.
Los musgos no se anuncian de forma grandilocuente. Llegan en silencio, como los campesinos de este lugar, sin ruido, sin señales, simplemente ahí. De repente, una mañana, aparecen musgos sobre las piedras hasta ayer peladas, sobre la tierra húmeda, en los bordes de esos senderos en donde nada más parecía interesado en crecer, sobre la corteza de los árboles, sobre los tallos de los rosales...
(En las llantas de mi bicicleta. Que dejé abandonada durante cinco días. Solo cinco días).
No tienen raíces en el sentido habitual. Se anclan superficialmente, no necesitan mucho más. Después se extienden de forma lateral. Y se hacen más gruiesos y densos allí donde persista la humedad. Cuando el agua escasea, se secan, se contraen y esperan. Y cuando el agua vuelve, reanudan su actividad en cuestión de minutos. Literalmente.
Retienen la humedad no como depósito, sino como barrera. Ralentizan la evaporación. Interrumpen la escorrentía. El agua que de otro modo pasaría de largo se queda un poquito más. A veces, lo justo.
Además, absorben impacto. Allí donde hay musgos, la lluvia no cae directamente sobre el suelo pelado. La fuerza se dispersa. Las partículas permanecen en su lugar.
Unen superficies que de otro modo se aflojarían. Los sedimentos finos se acumulan entre sus filamentos. Producen una suerte de microtopografía: pequeñas irregularidades que atrapan más agua, más materia orgánica, más vida.
En las zonas en recuperación, aparecen pronto. Antes que la hierba. Antes que los arbustos. Antes que los árboles. (Aunque no antes que los líquenes. Esos son los verdaderos pioneros). No transforman el paisaje de forma visible, pero modifican las condiciones a una escala que determina si algo puede establecerse o no.
Lo que parece incidental desde la distancia, resulta estructural visto de cerca.
Trabajar aquí arriba hace que sea difícil ignorarlo. Los sistemas no comienzan con lo que domina el paisaje, sino con lo que regula la pérdida, la estructura y la supervivencia. Retención antes que crecimiento. Estabilidad antes que expansión.
En el trabajo intelectual e institucional, tales funciones rara vez ocupan un lugar central. La atención se centra en los resultados, en las estructuras visibles, en lo que se escala. A veces, en lo que genera ruido.
Pero la continuidad depende de capas mucho más silenciosas. De prácticas que mantengan los fragmentos en su lugar. De procesos que ralenticen la pérdida sin revertirla. De pequeñas acciones repetitivas que impidan la dispersión.
No son eficientes. No producen resultados inmediatos. No se escalan fácilmente.
Pero persisten.
Si se eliminan, nada reemplaza su función. Al principio nada cambia visiblemente. Las superficies permanecen, las estructuras se mantienen. Pero la erosión avanza más rápido. Las brechas se ensanchan. Las pequeñas pérdidas se acumulan sin resistencia. Y, finalmente, la retención falla.
La pérdida ya no se contiene.
El sistema continúa lo mismo. Solo que con menos que contener.