Inicio > Notas críticas > Desde Quisquiza (04 de 20)
Desde Quisquiza (04 de 20)
Agua
La corriente siempre encuentra la pendiente
Esta nota forma parte de una serie escrita desde Quisquiza, en los Andes colombianos, donde territorio y trabajo intelectual ya no están separados. Examina cómo ese cruce transforma mi manera de pensar la memoria, la información y las estructuras que las sostienen. Consulte todas las notas en el índice de esta sección.
Como era de esperar —oséase, como señalaban todas las antiguas tradiciones—, la temporada de lluvias comenzó en Quisquiza. Y supongo que también en el resto de los Andes. Los ciclos tienen esa particularidad de ser ciclos y cumplir su función a rajatabla.
Y el agua, acabo de descubrirlo, no se anda con rodeos por aquí.
(Mi ropa podría decir mucho al respecto).
Tras las lluvias, fue abriendo cauces donde antes no los había. Líneas finas al principio, apenas perceptibles, luego más profundas, más insistentes, arrastrando tierra y todo lo que encontró a su paso. En los tramos secos, desapareció en el suelo sin previo aviso, sin dejar rastro claro de por dónde se fue. Algunas zonas retuvieron la humedad durante unos días, guardándola en recovecos que asumo oscuros y fríos; otras la perdieron inmediatamente, como si hubieran rechazado todo contacto. Unos pocos centímetros de pendiente lo decidieron todo.
O eso me pareció, al principio.
Intenté anticiparme. Incluso guiarla. Una zanja poco profunda aquí, un pequeño desvío allá, una piedra colocada para frenar el descenso. Esas intervenciones funcionaron durante un tiempo. Luego la lluvia arreció, duró más, o simplemente cayó en un ángulo ligeramente diferente, y el agua redibujó el mapa.
No de forma dramática, no. No se anunció. Pero tampoco preguntó.
Lo que era un sendero se convirtió en una cicatriz. Lo que parecía que estaba contenido se extendió. Lo que parecía estable se deshizo en movimiento. El suelo conserva la memoria de todos esos pasos, incluso cuando la superficie se seca y se endurece de nuevo. Unos días después, las líneas reaparecen, como si hubieran estado allí siempre, simplemente esperando.
Pequeñas variaciones en el flujo remodelan microecologías enteras. Las raíces siguen la humedad, a veces torciéndose en direcciones que no tienen sentido hasta que uno ve por dónde pasó el agua y entonces entiende. El musgo se acumula donde persiste la filtración, por supuesto, volviéndose más espeso y más, más verde. La erosión se acelera donde se concentra la escorrentía, arrastrando lo que aparentemente habia tardado eones en asentarse allí. Nada se distribuye uniformemente. ¿Por qué lo haría? Todo depende de dónde el agua disminuya su velocidad, dónde la acelere, o dónde se detenga una fracción de segundo más que en otros lugares.
Uno termina aprendiendo que re-dirigir el agua no es una cuestión de fuerza. Se trata de prestar atención a la pendiente, a la inclinación, a las diferencias casi imperceptibles que determinan su movimiento. Pero incluso esa atención tiene sus límites. Uno percibe patrones, sí, pero para cuando se vuelven claros, ya cambiaron.
Se supone que los sistemas de información se comportan de manera diferente. Diseñamos canales, definimos rutas, asignamos flujos. Construimos arquitecturas destinadas a guiar la distribución, asumiendo que la circulación seguirá la estructura. Taxonomías, esquemas de metadatos, protocolos de acceso: esas son nuestras trincheras y desvíos, y nuestros intentos de dar dirección al movimiento.
A veces funciona. Un rato.
Después empieza la acumulación en el lugar equivocado. Los recursos se agrupan donde no deberían. Ciertas rutas se sobrecargan, y otras permanecen extrañamente vacías. Lo que se diseñó como un conducto se convierte en un depósito; lo que se concibió como un punto final se convierte en un desvío. El movimiento encuentra su propia pendiente.
La arquitectura importa. Pero no de la forma que creemos. No determina el flujo tanto como condiciona las posibilidades de su desvío.
Hay algo difícil de ignorar cuando uno está en contacto con el agua. Para cuando el flujo se hace visible y entendible, ya su curso ha sido decidido por otros parámetros: la pendiente del terreno, la estructura del suelo, las pequeñas variaciones que parecían insignificantes cuando se observó el entorno... Lo que parece un cambio repentino suele ser la expresión tardía de condiciones que siempre estuvieron ahí, presentes.
El control está ahí. No ausente: simplemente desplazado, distribuido entre factores que rara vez aparecen en el diagrama final.
El cauce que vi correr ayer ya se secó. La superficie se endureció, como si nada hubiera pasado por él. Pero a pocos metros se está formando una nueva línea, superficial por ahora, casi tentativa.
Y sé que se va a hacer más profunda.
(Quizás.)