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Desde Quisquiza (02 de 20)
Altitud
Trabajando a 8° C
Esta nota forma parte de una serie escrita desde Quisquiza, en los Andes colombianos, donde territorio y trabajo intelectual ya no están separados. Examina cómo ese cruce transforma mi manera de pensar la memoria, la información y las estructuras que las sostienen. Consulte todas las notas en el índice de esta sección.
Aquí, las mañanas comienzan a las 5:30.
A 8° C.
(Lo sé, lo sé. Para muchos de ustedes, eso no es frío en absoluto. Pero… estoy en Colombia. Aquí, eso es frío. Bastante).
Es lo suficientemente frío como para que las plántulas de la huerta duden sobre el mundo y la vida. Lo suficientemente frío como para que las manos reconsideren sus planes del día. Lo suficientemente frío como para necesitar más de un tinto colombiano —el café negro tradicional de la zona— para arrancar la mañana.
(A veces, el café viene con un chorrito de chirrinche, un aguardiente casero local. Es costumbre aquí. No me juzguen).
A esta altitud, la temperatura no es un decorado. No juega un papel secundario. Se comporta como una diva consentida. Está en todas partes, regulándolo todo.
Eso significa fricción. Todo el tiempo. En todos lados.
Así que la germinación se ralentiza. Los brotes tiernos piden una ruanita. Las raíces crecen con mucha cautela, si es que se atreven. Esas hojas que a menor altitud se expandirían desvergonzadamente se quedan retraídas, conservadoras, como si la planta dudara en dar ese paso.
Los pájaros lo piensan dos veces antes de cantar. Las orquídeas epífitas son las más astutas, y crecen bajo la protección de hojas más fuertes en un colchoncito de musgos (y parecen tener su propia colección de ruanas). El tucán montañero rara vez empieza a chillar antes de las 9 de la mañana. A los colibríes... vayan a buscarlos.
El frío reorganiza el ritmo del mundo aquí.
El crecimiento no se detiene, por supuesto, pero definitivamente renegocia su ritmo. La energía se mueve con más cuidado. El crecimiento y la expansión esperan el momento oportuno. Procesos que en climas más cálidos de repente parecen sencillos, aquí arriba requieren planeamiento estratégico, asesoría profesional y segundas opiniones.
Por estos lares, nadie ni nada da por sentado que el entorno va a cooperar. Todo sucede y se mueve de forma condicional. "Pues sumercé, ahí iremos viendo...", dirían mis vecinos campesinos.
La altitud instruye a través de esas condiciones de fricción. Ese frío. Y la niebla, por supuesto, y esa llovizna fina que no moja pero moja. Y...
En cuestiones de lecciones y fricciones, los sistemas de gestión de conocimiento y memoria podrían aprender mucho de este entorno altoandino y paramuno.
Sus principios, objetivos y supuestos suelen comportarse como cultivos de tierras bajas trasplantados a la ladera de una de mis montañas. Esos modelos que fueron diseñados en condiciones estables se resienten brutalmente al enfrentarse a cualquier tipo de fricción: diversidad lingüística, presión política, limitaciones ecológicas (o económicas, o de espacio, o...), fatiga institucional, y un "etcétera" tan largo que dan ganas de llorar.
En espacios condicionales y complicados, los marcos elegantes de esos sistemas terminan comportándose como plántulas tropicales en tierra fría. Primero vacilan. Luego se estancan. Y la gran mayoría terminan colapsando por completo.
El caso es que un sistema que no puede adaptarse al contexto no se estabiliza. Simplemente falla.
La altitud, la montaña fría y neblinosa, revela algo que los entornos cómodos (como los de la ciudad) suelen ocultar: los sistemas robustos no son aquellos que han sido optimizados para trabajar en condiciones ideales. Son aquellos que son capaces de operar bajo restricciones, escaseces y condiciones duras.
(Y así fue como aprendí que el frío no es solo un inconveniente. También puede ser una herramienta de diagnóstico. Y un excelente maestro).
(Y una excusa para otro chorro de chirrinche. Sin café, esta vez).