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Biomímesis en acción (06)
El organismo sin cuerpo
Mohos mucilaginosos e inteligencia transitoria
La ficción de la organización permanente
Los sistemas de conocimiento suelen considerar la organización como una condición previa del trabajo coordinado. Catálogos, repositorios, bases de datos y proyectos dependen de estructuras que distribuyen responsabilidades, regulan la autoridad y establecen la manera en que debe circular la información. Sin embargo, una vez consolidadas, esas estructuras suelen durar más que las circunstancias que les dieron origen. Los comités sobreviven a sus tareas iniciales, las categorías permanecen después de perder parte de su utilidad, y las plataformas continúan gobernando las tareas porque sustituirlas resultaría demasiado costoso o perturbador.
Existen razones evidentes para esta preferencia por una organización duradera. Una estructura estable permite documentar decisiones, identificar responsabilidades y continuar la labor más allá de las personas que la iniciaron. Sin una cierta persistencia, cada dificultad obligaría a la institución a re-inventarse.
La permanencia, sin embargo, también produce problemas. Una clasificación concebida para una colección comienza a aplicarse a otras. Un procedimiento creado durante una emergencia termina convertido en rutina. Una base de datos provisional acumula usuarios, dependencias y autoridad hasta que hacerla desaparecer se vuelve algo casi imposible. Poco a poco, la institución dedica más energía a conservar sus propias formas que a responder al mundo para el cual esas formas fueron creadas.
Los sistemas de conocimiento frágiles enfrentan una dificultad adicional. No pueden esperar que las condiciones organizativas de una etapa sigan disponibles cuando el trabajo se reanude. Entre una fase y la siguiente pueden cambiar el personal, la financiación, la custodia, las herramientas técnicas o la institución responsable. Una estructura que resulta adecuada para el momento en el que fue creada puede resultar inútil cuando vuelva a ser necesaria.
En tales condiciones, la coordinación no siempre puede depender de una forma organizativa estable. Puede tener que surgir alrededor de un problema, modificarse mientras ese problema se aborda, y desaparecer cuando la tarea haya concluido.
El moho mucilaginoso Physarum polycephalum confiere una forma física a esa posibilidad. No se trata, literalmente, de un organismo sin cuerpo. Durante su fase plasmodial constituye una célula de gran tamaño que contiene numerosos núcleos. Carece, sin embargo, de un plan corporal fijo, de cerebro, de sistema nervioso y de una disposición permanente de órganos. Mientras se desplaza por su entorno, se extiende, se divide, se reconecta, engrosa algunas partes y elimina otras.
No llega al problema provisto de una estructura estable. La estructura aparece mientras el problema va siendo resuelto.
Un cuerpo que no permanece
Physarum polycephalum no pertenece ni al reino vegetal, ni al animal, ni al fúngico. Durante su fase de búsqueda de alimento luce como una masa amarilla que avanza sobre madera húmeda, hojarasca o una superficie de laboratorio cualquiera. Su cuerpo adopta la forma de una red cambiante compuesta por frentes de crecimiento, láminas y tubos semejantes a venas, por cuyo interior circula el citoplasma.
Esos tubos no constituyen una anatomía permanente. Surgen, se fortalecen, pierden importancia y desaparecen según las condiciones del entorno. Cuando encuentra alimento en distintos puntos, el organismo se extiende hacia ellos y establece conexiones. Las rutas que sostienen mayor circulación interna tienden a engrosarse, mientras que las menos útiles se debilitan hasta desaparecer. La red se reorganiza a medida que el alimento se consume, aparecen obstáculos, cambia la humedad o se abren nuevas posibilidades.
En experimentos de laboratorio, los mohos mucilaginosos introducidos en laberintos han recorrido los pasajes disponibles y se han retirado de los callejones sin salida, hasta dejar una conexión eficiente entre las fuentes de alimento. El resultado puede parecer el producto de una ruta calculada, aunque el organismo no dispone de un mapa interno, un centro de mando o una representación simbólica del problema. El camino emerge de la distribución cambiante de su propia materia.
Hablar de "inteligencia" en este caso exige una enorme cautela. El moho mucilaginoso no contempla alternativas ni razona como un ser humano. Su logro es más limitado y, precisamente por eso, más extraño: integra información procedente de diferentes partes de su entorno y modifica su comportamiento de una manera que mejora su acceso a los recursos.
El organismo no resuelve primero el problema para después adaptar su cuerpo a la respuesta. La adaptación del cuerpo constituye la respuesta.
El problema se resuelve en la forma
Las instituciones humanas suelen separar inteligencia de infraestructura. Las personas interpretan y deciden; los sistemas conservan, transmiten o ejecutan esas decisiones. Una comisión selecciona una ruta, en tanto que una plataforma permite recorrerla. Un catalogador interpreta un documento, mientras que un registro fija el resultado. La forma organizativa aparece así como el recipiente dentro del cual ocurre el pensamiento.
El moho mucilaginoso no establece esa separación. Su red tubular detecta condiciones, transporta sustancias y modifica su comportamiento al mismo tiempo. Las vías por las que circula la información son también las vías por las que se mueven los nutrientes y se expande el organismo. Cuando cambia la red, cambia también lo que el organismo puede percibir y hacer.
Esta característica convierte a Physarum en un organismo especialmente sugerente a la hora de pensar sistemas de conocimiento sometidos a condiciones inestables. Su capacidad de resolver problemas no se concentra en un centro permanente que dirige una periferia adaptable. Surge de una disposición transitoria cuyas partes se modifican unas a otras mientras actúan.
Al comienzo aparece una red amplia y exploratoria, en la que permanecen abiertas numerosas posibilidades. A medida que el entorno impone restricciones, ciertas conexiones reciben más flujo y se refuerzan, mientras otras pierden actividad y se reducen. De este modo, el organismo pasa de la exploración a una configuración más económica sin necesitar una etapa separada de planificación.
La primera red no es una versión defectuosa de la siguiente. Su aparente exceso permite que identificar las alternativas viables. Un organismo capaz de producir desde el principio únicamente la ruta más eficiente tendría que conocer la respuesta antes de comenzar.
La exploración requiere, por lo tanto, cierta redundancia transitoria. El moho emplea materia en caminos que quizá desaparezcan después. Esas extensiones abandonadas no constituyen necesariamente errores. Forman parte del proceso mediante el cual llega a existir la estructura que al final permanece.
Los sistemas de conocimiento suelen desconfiar de este exceso provisional porque, antes de que su utilidad se vuelva visible, luce como algo totalmente caótico. Categorías experimentales, descripciones superpuestas, flujos de trabajo en prueba: todo eso termina siendo evaluado con criterios concebidos para sistemas terminados. La institución exige coherencia desde el inicio y obliga a fijar una estructura antes de que la exploración haya producido evidencia suficiente para justificarla.
El moho mucilaginoso invierte la secuencia. Abre posibilidades y permite que el uso, la resistencia, la distancia y las condiciones cambiantes las reorganicen. Su cuerpo transitorio funciona como un campo de hipótesis.
Coordinación mediante el flujo
Sin cerebro ni sistema nervioso, ¿cómo consigue una parte del moho mucilaginoso afectar a las demás?
El plasmodio experimenta contracciones rítmicas. Las paredes de sus tubos se tensan y relajan, impulsando el citoplasma de un lado a otro por toda la red. Este movimiento distribuye nutrientes y señales químicas. Cuando una región encuentra alimento, sus patrones de contracción cambian, y los efectos de ese cambio se propagan a través del organismo.
Los modelos experimentales describen un proceso de retroalimentación. Un estímulo altera la contracción local, el flujo interno transporta señales hacia otras zonas, esas señales modifican contracciones posteriores, y la red redistribuye gradualmente su masa hacia las regiones más favorables. La coordinación surge de la circulación que la propia estructura hace posible.
No hay un punto evidente desde el cual se ordene a cada tubo engrosarse o retroceder. Las respuestas locales se conectan porque modifican un medio móvil compartido. La información viaja como transformación material y altera las posibilidades de acción posteriores.
El cuerpo, por consiguiente, no actúa como una infraestructura pasiva ni como un canal estable. Participa en la interpretación. Su forma determina qué señales se propagan con mayor facilidad, qué regiones intercambian materia, qué rutas reciben refuerzo y en qué lugares podrá continuar el crecimiento.
La historia del organismo queda incorporada en esta desigual distribución de posibilidades. Un tubo engrosado facilita el flujo futuro por la misma ruta. Una rama retraída reduce la capacidad de la región abandonada para seguir influyendo en el conjunto. Las decisiones previas no se conservan como registros separados, sino que permanecen en la forma actual de la red y en las opciones que esa forma permite o dificulta.
Las oscilaciones que recorren el plasmodio parecen contribuir a la coordinación de la percepción, el movimiento y la conducta adaptativa. La red no está compuesta por neuronas, pero los cambios en sus patrones de contracción permiten que un acontecimiento local produzca una respuesta en todo el organismo.
La inteligencia transitoria de Physarum resulta inseparable de la circulación. La coordinación ocurre porque los sucesos locales pueden alterar los flujos que conectan el conjunto.
Estructuras transitorias para el trabajo del conocimiento
Los sistemas de conocimiento frágiles suelen necesitar formas de coordinación capaces de operar sin convertirse en algo permanente.
Un archivo pequeño que debe atender una colección dañada quizá reúna durante algunos meses a conservadores, custodios comunitarios, traductores y técnicos. Una migración entre plataformas incompatibles puede requerir un vocabulario provisional que permita reconocer correspondencias sin convertirlas en equivalencias definitivas. Una colección de investigación dispersa puede necesitar un inventario común antes de que exista un repositorio capaz de albergarla. En un proyecto de documentación lingüística, hablantes, investigadores y archiveros pueden crear un espacio restringido de revisión antes de decidir dónde y bajo qué condiciones se conservarán las grabaciones.
Estos arreglos pueden ser esenciales sin necesitar sobrevivir en su forma original.
El impulso institucional habitual consiste en estabilizarlos. El vocabulario de trabajo adquiere categoría de norma, el grupo creado para responder a una emergencia se transforma en oficina, y la base provisional termina convertida en repositorio oficial. Esa estabilización puede proteger resultados valiosos, aunque también corre el riesgo de perpetuar estructuras moldeadas por circunstancias que han dejado de existir.
El moho mucilaginoso permite pensar otra posibilidad: conservar la capacidad de organizarse sin exigir que cada organización se vuelva permanente.
Una distinción semejante separaría la continuidad de la estructura que la desempeña. La descripción debe continuar, pero no necesariamente bajo el mismo arreglo descriptivo. La responsabilidad de custodia debe seguir siendo identificable, aunque la comisión que la administró durante una etapa concreta pueda disolverse. Los materiales deben seguir siendo localizables, pero la interfaz creada para un proyecto puede desaparecer una vez que su contenido y su lógica hayan sido transferidos a otro sistema.
Para que esto resulte posible, las estructuras transitorias deben prepararse desde el principio para cambiar de forma. Sus registros tienen que poder exportarse; sus decisiones deben quedar explicadas; su alcance, sus responsabilidades y las condiciones de cierre necesitan ser comprensibles para quienes lleguen después. Los resultados deben poder incorporarse a otras configuraciones sin arrastrar indefinidamente todas las dependencias del sistema que los produjo.
Un grupo de trabajo no debería dejar únicamente actas y participantes exhaustos. Su desaparición tendría que conservar una explicación del problema que abordó, la evidencia que consideró, las decisiones que adoptó y las incertidumbres que no consiguió resolver. También debe quedar claro quién responderá por las consecuencias que continúen después de su disolución. Un vocabulario provisional necesita documentar el origen de sus términos, las razones por las que fueron utilizados y los aspectos que no lograron representar. De ese modo podrá decidirse más adelante qué partes deben abandonarse, revisarse o mantener alguna autoridad. Una base de datos transitoria debe poder entregar su contenido sin exigir mantenimiento eterno como precio para acceder a él.
Inteligencia transitoria no implica improvisar sin memoria. Es una forma de coordinación capaz de abandonar su estructura presente sin perder el conocimiento que produjo.
Cuando la red debe desaparecer
Las instituciones suelen ser mejores creando estructuras que acabándolas.
El cierre puede interpretarse como fracaso, pérdida de influencia, o reconocimiento de que el diseño inicial era insuficiente. Por eso muchos proyectos continúan de manera debilitada. Algunas plataformas permanecen en línea aunque nadie pueda mantenerlas adecuadamente. Ciertos comités siguen reuniéndose porque su existencia se ha convertido en costumbre. Una categoría provisional continúa gobernando registros porque retirarla exigiría explicar qué debería ocupar su lugar.
El moho mucilaginoso no trata cada conexión exitosa como un logro permanente. Un tubo conserva su importancia mientras transporta materia entre regiones activas. Si cambia la distribución de recursos, mantenerlo puede volverse costoso. El organismo se retira de esa ruta y recupera parte de la materia para emplearla en otra zona.
El camino abandonado no permanece necesariamente como una infraestructura vacía. Sus materiales vuelven a entrar en el cuerpo cambiante del organismo.
Los sistemas de conocimiento no pueden absorber sus estructuras obsoletas con la misma facilidad. Las plataformas dejan formatos, contratos, direcciones, permisos y dependencias técnicas. Los comités pueden desaparecer mientras las responsabilidades que administraban siguen pendientes. Una reclasificación transforma registros anteriores. El cierre de una vía de acceso afecta a usuarios que habían aprendido a depender de ella.
Aun así, el principio sigue siendo valioso. Una estructura que alguna vez permitió coordinar trabajo no debe convertirse en inmortal únicamente porque resulte difícil terminarla.
Diseñar inteligencia transitoria implica diseñar también la desaparición. Antes de crear una estructura conviene establecer qué ocurrirá cuando deje de cumplir su función. Debe saberse qué registros permanecerán, dónde se trasladarán los materiales y qué responsabilidades seguirán vigentes. También importa decidir quién tendrá autoridad para declarar concluida la tarea y cómo se protegerá a quienes dependían del sistema mientras estuvo activo.
El objetivo no consiste en imponer una fluidez organizativa perpetua. Nadie puede trabajar responsablemente en un sistema que modifica sus reglas cada mañana. La continuidad, la previsibilidad y una rendición de cuentas duradera siguen siendo necesarias. Se trata de evitar que la estabilidad se convierta en la única forma reconocible de competencia.
Algunos problemas necesitan instituciones. Otros requieren cuerpos transitorios capaces de concentrar atención, conectar conocimientos distantes, explorar alternativas y devolver después los recursos que ocuparon.
El peligro de la inteligencia transitoria
La organización transitoria posee una flexibilidad atractiva. También puede convertirse en un nombre elegante para la precariedad.
Las instituciones suelen crear proyectos breves para realizar trabajos que exigen compromisos mucho más largos. Personal contratado durante unos meses construye colecciones que no tendrá oportunidad de mantener. Los participantes de una comunidad entregan conocimientos a grupos consultivos que desaparecen antes de que sus recomendaciones produzcan efectos. Una infraestructura financiada por una subvención genera visibilidad pública y se derrumba apenas termina el dinero. La responsabilidad circula durante el proyecto y se evapora después.
El moho mucilaginoso no justifica nada de esto. Su red cambiante pertenece a un solo organismo. Los sistemas humanos están compuestos por personas y comunidades con derechos, necesidades, historias y posiciones de poder diferentes. No constituyen regiones intercambiables de un mismo cuerpo. Una parte de la red no puede ser agotada o descartada para que otra alcance mayor eficiencia.
Tampoco la ruta que recibe más actividad es automáticamente la mejor. Su uso repetido puede reflejar comodidad, autoridad institucional, privilegio técnico o exclusión de alternativas. Una clasificación puede volverse dominante porque todo ha sido obligado a pasar por ella. Un gran repositorio continúa atrayendo depósitos porque dispone de recursos negados a custodios locales. Una lengua acumula documentación mientras otras se vuelven cada vez más difíciles de sostener.
El refuerzo puede producir adaptación. Pero también puede consolidar desigualdades.
Por esa razón, incluso un sistema sin mando central necesita formas de gobierno y responsabilidad. Alguien debe responder por la manera en que se definió el problema, por las señales que fueron reconocidas y por las personas que pudieron participar. También tiene que ser posible examinar qué conexiones se fortalecieron y qué alternativas fueron abandonadas.
Una red capaz de disolver su estructura no puede disolver sus obligaciones con ella.
Lo que el moho mucilaginoso no resuelve
Physarum polycephalum no ofrece un modelo organizativo listo para ser aplicado.
El moho busca alimento. Una biblioteca, un archivo, un museo o un proyecto de memoria comunitaria debe tratar cuestiones de acceso, consentimiento, trabajo, autoridad, interpretación, privacidad, propiedad y daño histórico. Ninguna forma de eficiencia biológica puede decidir cómo deben resolverse.
La conexión más corta puede resultar éticamente inaceptable. La señal más intensa puede proceder del actor con mayor poder. La ruta más utilizada puede atravesar una y otra vez la misma institución extractiva. Una vía aparentemente redundante puede ser indispensable para proteger el control comunitario, la diferencia lingüística o la seguridad política.
El moho mucilaginoso tampoco demuestra que las instituciones centrales sean innecesarias. Su coordinación depende de la continuidad física del organismo y de flujos que recorren todo su cuerpo. Muchos sistemas de conocimiento están separados por distancias geográficas, incompatibilidades técnicas, restricciones legales, conflictos o desconfianzas justificadas. Precisamente porque carecen de un cuerpo común, pueden necesitar acuerdos explícitos y autoridades duraderas.
La comparación adquiere valor a una escala más limitada. Permite observar que la coordinación adaptativa no siempre requiere una forma organizativa fija. Muestra cómo la percepción, la circulación, la memoria y la acción pueden distribuirse por una estructura que cambia mientras trabaja. También revela que la exploración puede necesitar un exceso provisional, y que, llegado el momento, una organización exitosa quizá deba abandonar la forma mediante la cual alcanzó sus resultados.
El organismo sin cuerpo
El moho mucilaginoso tiene cuerpo, pero no uno definitivo. Su forma surge de las condiciones presentes: la distribución del alimento, las distancias, la humedad, los obstáculos, los movimientos previos y los flujos que recorren sus tubos. Explora extendiéndose, compara posibilidades atravesándolas, y concentra su actividad al retirarse de los caminos que han dejado de contribuir.
La inteligencia resultante no pertenece a un órgano central ni a una arquitectura estable. Aparece en la coordinación transitoria del conjunto.
Los sistemas de conocimiento frágiles podrían aprovechar una capacidad similar. No siempre pueden conservar los comités, plataformas, categorías, procedimientos y acuerdos institucionales con los que abordaron un problema. Tampoco deberían hacerlo en todos los casos. Algunas estructuras merecen continuidad, en tanto que otras deberían dejar sus decisiones, sus registros y sus responsabilidades, y liberar los recursos que ocupaban.
El desafío consiste en preservar la capacidad de pensamiento coordinado cuando el cuerpo que lo hizo posible ya no puede permanecer.
El organismo sin cuerpo es, en realidad, un organismo sin cuerpo permanente. Su inteligencia perdura porque sabe formarlo, emplearlo, transformarlo y dejarlo desaparecer.