La forma de la memoria (11)

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La forma de la memoria (11)

Siete veces la letra ta

Un manuscrito batak y los usos de la escritura

 

Este post forma parte de una serie que explora las múltiples formas en que las sociedades humanas han almacenado, transmitido y transformado la memoria a lo largo del tiempo, más allá de las historias restringidas centradas en los libros y la escritura. La serie aborda los archivos, los documentos y los sistemas de memoria como tecnologías históricamente situadas, moldeadas por relaciones de poder, condiciones materiales, ecologías y cosmovisiones culturales, y examina formas de transmisión frecuentemente excluidas de las narrativas dominantes sobre alfabetización y preservación: tradiciones orales, patrones tejidos, estructuras musicales, performances rituales, paisajes, cuerpos y otras infraestructuras vivas de la memoria. Todas las entradas de esta serie pueden consultarse en el índice de esta sección.

 

Siete marcas en una página

Hacia el final de un manuscrito batak elaborado en el norte de Sumatra, en la actual Indonesia, probablemente entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, un escriba dibujó siete veces seguidas el mismo carácter.

Las marcas aparecen después de un pasaje que describe un procedimiento ritual relacionado con una deidad llamada Tata di Banua, un fruto maduro de la palma azucarera y la destrucción de una aldea enemiga. Forman parte de un conjunto más amplio de instrucciones en las que los diecinueve caracteres básicos del sistema de escritura batak se asocian con poderes sobrenaturales y acciones determinadas.

A primera vista, repetir un carácter escrito no tiene nada de sorprendente. Lo hacen los niños cuando aprenden a escribir, los escribas cuando practican su caligrafía y los impresores cuando prueban sus tipos. Pero aquellas siete marcas no estaban destinadas a servir como ejercicio de escritura. Formaban parte de unas instrucciones en las que la propia escritura desempeñaba un papel en la actividad descrita.

Para entender lo ocurrido, tenemos que viajar a Sumatra, una gran isla perteneciente a Indonesia, situada en el sudeste asiático, al suroeste de la península malaya, de la que la separa el estrecho de Malaca. Sus tierras altas septentrionales rodean el lago Toba, un enorme lago volcánico formado dentro de una antigua caldera. Esta región es el hogar de varios pueblos emparentados entre sí, aunque diferentes, conocidos colectivamente como batak, cuyas lenguas, instituciones sociales, prácticas religiosas y tradiciones culturales se han desarrollado a lo largo de muchos siglos.

Entre las tradiciones documentales históricas de estas comunidades se encuentran unos libros bastante extraordinarios. Los batak los llaman pustaha, y el manuscrito que contiene nuestros siete caracteres repetidos es uno de ellos.

 

Un libro que se despliega

Un pustaha no se parece en nada a los libros que estamos acostumbrados a manejar. En lugar de páginas de papel cosidas o pegadas a lo largo de un lomo, consiste en una larga tira de corteza de árbol preparada y plegada repetidamente en sentidos alternos. Al abrirlo, se extiende como un acordeón; al cerrarlo, sus sucesivos pliegues forman un bloque compacto que puede protegerse con tapas de madera. La corteza se obtenía tradicionalmente del árbol alim, identificado como Aquilaria malaccensis, cuya corteza interna podía prepararse para recibir la escritura.

El manuscrito que contiene los siete caracteres fue descrito en 2016 por Giuseppina Monaco, investigadora vinculada al Centro para el Estudio de las Culturas Manuscritas de la Universidad de Hamburgo. Contiene cuarenta y ocho hojas de corteza plegadas, cada una de aproximadamente dieciocho centímetros por nueve, con escritura en tinta negra e ilustraciones en negro y rojo. Unas gruesas tapas de madera protegen ambos extremos, y una banda trenzada de ratán mantiene cerrado el manuscrito plegado. Probablemente fue producido a finales del siglo XIX o comienzos del XX.

El libro tiene, además, una historia en la que intervienen dos personas identificables. A comienzos del siglo XX, un médico y misionero alemán llamado Johannes Winkler trabajó en la región situada al oeste del lago Toba. Entre sus pacientes se encontraba Ama Batuholing Lumbangaol, un especialista ritual batak conocido como datu. Los dos hombres entablaron una amistad y, cuando Winkler regresó finalmente a Alemania, Ama Batuholing le regaló varios objetos, entre ellos máscaras, calendarios y dos manuscritos relacionados con conocimientos rituales. Uno de aquellos manuscritos era el pustaha estudiado por Monaco, que permanece en una colección privada.

La palabra pustaha deriva del sánscrito pustaka, que significa libro, pero su función histórica era bastante diferente de la de muchos volúmenes literarios o religiosos que nos resultan familiares. Estos manuscritos contenían, por lo general, instrucciones especializadas sobre curación, adivinación, preparados protectores y rituales destinados a influir en los acontecimientos o en las fuerzas sobrenaturales. Algunos incluían procedimientos relacionados con la guerra, la preparación de venenos o acciones destinadas a causar daño a los enemigos. Sus textos solían estar acompañados de dibujos, signos, diagramas y tablas que formaban parte de la información transmitida.

Quienes producían y utilizaban estos libros eran con frecuencia datu, especialistas cuyas responsabilidades podían abarcar lo que hoy distinguiríamos como medicina, práctica ritual, adivinación y protección espiritual. Sus conocimientos se adquirían mediante la enseñanza y la experiencia, a menudo en el marco de relaciones entre maestros y discípulos. Un pustaha podía conservar fórmulas, procedimientos o recordatorios útiles para alguien que ya estuviera familiarizado con la tradición, pero no estaba necesariamente destinado a explicárselo todo a un lector sin experiencia.

Esto no significa que la escritura batak fuera utilizada exclusivamente por especialistas rituales. Otros documentos conservados, entre ellos cartas y comunicaciones personales escritas sobre bambú, demuestran que la escritura tenía una vida social más amplia. El pustaha representa una aplicación particular de esa cultura escrita, caracterizada por sus contenidos, su construcción material y su relación con conocimientos especializados.

 

Diecinueve letras, diecinueve deidades

Los batak desarrollaron su propia familia de sistemas de escritura, históricamente relacionados con las escrituras derivadas del brahmi que se difundieron desde el sur de Asia hacia diferentes regiones del sudeste asiático. Estos sistemas se diferencian del alfabeto latino en un aspecto importante: sus caracteres consonánticos básicos normalmente incluyen una vocal. Un signo que representa ta, por ejemplo, contiene tanto la consonante t como una a inherente. Otros signos adicionales pueden modificar esa vocal o alterar de alguna otra manera la lectura del carácter.

En la tradición representada por nuestro manuscrito, los diecinueve caracteres principales se conocían colectivamente como surat na sampulu sia, las diecinueve letras. Los signos podían utilizarse para escribir palabras corrientes, pero el manuscrito documenta otra aplicación: una en la que sus formas gráficas se incorporaban a procedimientos rituales.

Hacia el final del pustaha aparece una sección denominada pagar surat na sappulu sia, dedicada a la magia protectora que empleaba estos diecinueve caracteres. Cada uno de sus pasajes asocia una letra con una deidad cuyo nombre deriva de esa letra. La deidad se presenta, identifica una superficie sobre la que debe dibujarse un signo y describe el efecto atribuido al procedimiento. Algunas de las fórmulas se refieren a la protección, mientras que otras se relacionan con la destrucción de los enemigos.

Uno de los pasajes comienza con las palabras Ahu ma debata ni si Tata di Banua, que identifican al hablante como la deidad Tata di Banua. El nombre Tata se construye mediante la repetición de la sílaba ta, representada también por uno de los caracteres básicos de la escritura batak. El pasaje continúa indicando que el signo debe dibujarse sobre un fruto maduro de la palma azucarera, con la intención de provocar la destrucción de una aldea enemiga. Después de estas instrucciones, el manuscrito muestra el carácter ta siete veces seguidas.

Aquí el sistema de escritura se está utilizando simultáneamente de varias maneras diferentes. El carácter representa una sílaba, esa sílaba contribuye a formar el nombre de una deidad y la forma gráfica del carácter se convierte en algo que el ritual exige reproducir sobre un objeto determinado. Por lo tanto, el signo escrito no es simplemente una manera conveniente de registrar las instrucciones. Es uno de los elementos que intervienen en su ejecución.

Hay, además, un detalle que merece atención. El nombre Tata contiene dos repeticiones de ta, pero el manuscrito muestra el carácter escrito siete veces después del pasaje. Son dos características diferentes del texto, y no deben confundirse. Monaco documenta la repetición siete veces, aunque su descripción publicada no explica por qué se utilizaba ese número. Sin pruebas adicionales, no podemos establecer si tenía un significado numérico particular, si respondía a una pauta ritual convencional o si cumplía alguna otra función.

Lo importante es que el escriba no se limitó a escribir sobre una deidad asociada con la letra ta. El manuscrito incorporó el carácter a un procedimiento que vinculaba un nombre pronunciado, un signo escrito, un objeto material y un efecto sobrenatural buscado.

 

Hacer existir algo mediante la escritura

Solemos pensar en la escritura principalmente como un medio para conservar información o comunicar algo a otra persona. Una carta transmite un mensaje, una crónica registra acontecimientos, una receta explica cómo preparar comida y un libro permite que las ideas viajen más allá de las personas que las expresaron por primera vez. Son funciones conocidas, pero no agotan las posibilidades históricas de los signos escritos.

Pensemos en una firma. Su forma gráfica puede identificar a la persona que la realizó, pero, en determinadas circunstancias, firmar un documento constituye también una acción con consecuencias jurídicas o institucionales. Las marcas no se limitan a describir el acuerdo de alguien; producirlas forma parte del proceso mediante el cual ese acuerdo queda formalmente establecido. La escritura puede, por tanto, participar en una acción, en lugar de limitarse a informar de que esa acción ha tenido lugar.

El manuscrito batak presenta una situación histórica muy diferente, pero nos permite examinar una distinción relacionada. Dentro del sistema ritual registrado en el pustaha, escribir determinados caracteres sobre determinados objetos formaba parte del procedimiento prescrito. Los signos tenían valores lingüísticos, pero su papel en el ritual dependía de algo más que de su capacidad para representar el habla. Sus formas, las superficies sobre las que se dibujaban y sus asociaciones con deidades concretas eran elementos importantes.

Esto no demuestra que los procedimientos produjeran los resultados sobrenaturales que se les atribuían, ni justifica considerar mágica toda la escritura batak. Lo que documenta es una comprensión particular de los posibles usos de los caracteres escritos. En este contexto, saber leer un signo y saber qué podía hacerse con él eran formas de conocimiento relacionadas, pero diferentes.

Hay otro aspecto interesante en el procedimiento. El manuscrito contiene instrucciones para producir escritura en otro lugar. La corteza conserva la fórmula, mientras que el fruto de la palma azucarera se identifica como la superficie sobre la que el carácter debe reproducirse. Se esperaba que el especialista tomara algo registrado en la página y lo incorporara a una actividad que implicaba otros materiales y acciones.

Esa relación ayuda a explicar por qué los pustaha podían funcionar como recursos de trabajo para especialistas formados. Sus textos no contenían necesariamente todo lo necesario para llevar a cabo un procedimiento. Podían conservar determinadas fórmulas y disposiciones, y al mismo tiempo depender de conocimientos adquiridos mediante la enseñanza, la observación y la práctica. El libro era una parte importante de la transmisión del conocimiento, pero esa transmisión no terminaba necesariamente en el libro.

 

Lo que conservó la corteza

No sabemos exactamente por qué se produjo originalmente el manuscrito que recibió Johannes Winkler. Monaco sugiere varias posibilidades, entre ellas su utilización como recurso didáctico o su elaboración en respuesta al interés de los misioneros. Los contenidos que se han conservado permiten establecer qué tipos de conocimiento registraba, pero no reconstruir todas las circunstancias de su fabricación o utilización.

Tampoco podemos determinar con qué frecuencia se llevó a cabo realmente el procedimiento relacionado con Tata di Banua, si la repetición siete veces respondía a una regla compartida por otros practicantes o cómo un datu habría explicado su significado a uno de sus discípulos. El manuscrito conserva una formulación escrita del procedimiento, no una descripción completa de la tradición a la que pertenecía.

Sin embargo, sus páginas nos ofrecen algo sustancial. Muestran un sistema de escritura cuyos caracteres podían adquirir funciones más allá de la representación del habla, y un manuscrito que conservaba instrucciones para trasladar esos caracteres a otros materiales y circunstancias. También nos recuerdan que la información contenida en un documento histórico podía estar destinada a lectores que poseían formas de conocimiento que el propio documento no explica.

Las siete repeticiones de ta han sobrevivido en una tira de corteza plegada, lejos de las tierras altas donde se elaboró el manuscrito. Todavía podemos reconocer el carácter, examinar las instrucciones que lo acompañan y comprender algo de las relaciones que sus usuarios originales establecían entre la escritura y la acción ritual. Otros aspectos de aquella práctica permanecen fuera de nuestro alcance, no porque el manuscrito haya perdido necesariamente parte de su contenido, sino porque la escritura conservada nunca constituyó la totalidad de la actividad.

El pustaha conservaba instrucciones para realizar marcas que debían aparecer en otros lugares. Ese es el pequeño pero notable descubrimiento escondido entre sus pliegues: un libro en el que la escritura no era únicamente un medio para recordar lo que había que hacer, sino también una de las cosas que había que hacer.

 

Bibliografía

  • Monaco, Giuseppina (2016). "A Gift from a Medicine Man." Manuscript of the Month, no. 59. Hamburg: Centre for the Study of Manuscript Cultures, University of Hamburg.
  • Teygeler, René (1993). "Pustaha: A Study into the Production Process of the Batak Book." Bijdragen tot de Taal-, Land- en Volkenkunde, 149 (3), pp. 593-611.
  • Voorhoeve, Petrus (1975). Catalogue of Indonesian Manuscripts. Part 1: Batak Manuscripts. Copenhagen: The Royal Library.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 06.11.2026.
Foto: "Book of Wizards." En Wikimedia [enlace].