Bibliotecología comunitaria con un giro decolonial (13)

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Bibliotecología comunitaria con un giro decolonial (13)

La biblioteca como santuario comunitario

Protección, continuidad y contención institucional

 

Este post forma parte de una serie que recupera la bibliotecología comunitaria de sus distorsiones institucionales, devolviéndola a sus raíces en la lucha, la ayuda mutua y la supervivencia colectiva. Considera las bibliotecas no como servicios neutrales, sino como infraestructuras en disputa, atravesadas por relaciones de poder, resistencia y memoria, y explora la bibliotecología como un trabajo de solidaridad anclado en comunidades reales, conflictos reales y la tensión constante entre el control institucional y la autonomía colectiva. Todas las entradas de esta serie pueden consultarse en el índice de esta sección.

 

Santuario más allá del confort

Las bibliotecas suelen describirse como espacios acogedores, inclusivos, tranquilos o seguros. Pero esas cualidades dicen relativamente poco sobre lo que ocurre cuando las personas entran en ellas bajo condiciones de presión.

Alguien que enfrenta un desalojo, controles migratorios, violencia de género, atención policial, falta de vivienda o exclusión burocrática no se encuentra con la biblioteca como un ideal cívico abstracto. Se encuentra con un edificio, un conjunto de normas, un sistema informático, procedimientos del personal, requisitos de acceso, formularios de registro, prácticas de seguridad, horarios de apertura y decisiones sobre qué información se recopilará y conservará.

Una biblioteca puede intensificar las presiones que la gente ya enfrenta, a través de sus requisitos de registro, recopilación de datos, prácticas de seguridad, normas de acceso y otros procedimientos rutinarios. Gran parte de esa presión es administrativa. Una persona puede estar ya atravesando sistemas que exigen identificación, comprobante de domicilio, situación legal, registros financieros, citas, contraseñas, formularios, declaraciones, entrevistas y explicaciones. La biblioteca puede reproducir esas mismas exigencias sin proponérselo. El acceso a las computadoras puede requerir registro, el uso de salas puede depender de documentación, y los servicios digitales pueden generar registros automáticamente. El personal puede hacer preguntas porque los procedimientos lo exigen o porque la asistencia se organiza habitualmente en torno a la recopilación de información sobre la persona atendida.

Para alguien que se encuentra en una situación segura, estos requisitos pueden ser minucias. Pero bajo condiciones de inestabilidad, su acumulación puede convertirse en otra capa de carga administrativa y exposición. La idea de santuario comienza, en parte, examinando qué aporta la propia biblioteca a esa acumulación.

 

Saber menos

Las bibliotecas recopilan información de manera rutinaria porque esa recopilación se ha incorporado a la administración cotidiana. Los sistemas de registro solicitan datos porque el software contiene campos para ellos. Los programas registran la asistencia porque los financiadores esperan cifras de participación. Las computadoras de uso público pueden conservar historiales porque las configuraciones predeterminadas nunca se modificaron. Los eventos se fotografían porque los departamentos de comunicación necesitan imágenes. Las iniciativas comunitarias se documentan porque las instituciones requieren pruebas de impacto.

Ninguna de estas prácticas es necesariamente perjudicial en sí misma. Sus consecuencias dependen del contexto. La información recopilada como parte de la administración rutinaria puede volverse sensible más adelante, dependiendo de quién pueda acceder a ella, cuánto tiempo se conserve y cómo cambien las circunstancias de la persona.

Una mujer que busca información sobre violencia doméstica puede no querer que su presencia quede registrada en una determinada actividad. Una persona migrante puede dudar en utilizar un servicio si se exige identificación sin una razón clara. Un inquilino que enfrenta un desalojo puede necesitar acceder a documentos legales sin explicar todo el conflicto al personal. Una persona joven puede necesitar usar una computadora o permanecer en el edificio sin que sus movimientos se vuelvan legibles para adultos o instituciones externas a la biblioteca. Alguien que se encuentra sin vivienda puede necesitar un lugar donde trabajar con documentos, solicitudes o comunicaciones sin que su presencia sea tratada inmediatamente como evidencia de desorden.

Estas situaciones sitúan la minimización de datos cerca del centro de la idea de santuario. Las preguntas prácticas son ordinarias pero tienen consecuencias: qué información es realmente necesaria, qué campos pueden seguir siendo opcionales, durante cuánto tiempo se conservan los registros, quién puede verlos, si las conversaciones sensibles pueden realmente mantenerse privadas, si el acceso depende innecesariamente de una prueba de identidad y si se informa con claridad a los usuarios sobre lo que ocurre con la información que proporcionan.

Existe una tendencia profesional a considerar que conocer mejor a los usuarios es inherentemente beneficioso. La práctica comunitaria complica esa suposición. A veces, un mejor servicio requiere saber más. En otras ocasiones, la protección depende de que la institución sepa menos.

 

Entre la obligación legal y el hábito institucional

Las solicitudes de información por parte de autoridades u otros actores externos exponen otro límite del santuario. Las bibliotecas operan dentro de sistemas legales y administrativos, y la protección que pueden ofrecer está condicionada por esos sistemas. Dependiendo de la jurisdicción y las circunstancias, los registros pueden estar sujetos a solicitudes legales, órdenes judiciales, investigaciones internas, acuerdos contractuales u otras formas de divulgación.

Una biblioteca que se describe como santuario mientras permite que las personas supongan que nunca se podrá acceder a su información crea una ilusión peligrosa. La protección requiere precisión respecto de qué registros existen, cuáles pueden divulgarse, bajo qué autoridad y mediante qué procedimientos. El personal también necesita saber dónde existe margen de discrecionalidad.

Una solicitud informal de información puede no tener fuerza legal, mientras que una orden judicial puede exigir cumplimiento. Las preferencias de seguridad, las expectativas de gestión y las obligaciones establecidas por la ley también operan en diferentes niveles de autoridad. Cuando las instituciones borran esas diferencias y tratan todas las solicitudes como obligatorias, renuncian al margen de decisión que todavía puedan tener.

Ese margen puede ser limitado, pero aun así puede tener consecuencias materiales. Las políticas que rigen los registros de usuarios, los historiales informáticos, las fotografías, las reservas de salas, los datos de préstamo, las derivaciones o los informes internos de incidentes determinan qué parte de la interacción de una persona con la institución queda disponible para una revisión posterior. Comprender esos sistemas debería formar parte de la competencia profesional comunitaria, particularmente allí donde los usuarios pueden enfrentar escrutinio estatal, violencia familiar, control migratorio, criminalización u otras formas de exposición.

 

Continuidad durante la interrupción

El santuario también tiene una dimensión temporal. El desalojo, el desplazamiento, la migración, la violencia y las crisis administrativas rara vez producen un único problema aislado. Interrumpen las infraestructuras ordinarias mediante las cuales la gente organiza su vida cotidiana.

La pérdida de vivienda puede interrumpir domicilios, almacenamiento, correspondencia, acceso a internet, acceso a documentos, relaciones con vecinos, proximidad a escuelas y lugares de trabajo, y la capacidad de seguir el curso de procesos administrativos. La migración puede fracturar la continuidad lingüística, las redes sociales, el conocimiento de las instituciones públicas, el acceso a registros y la comunicación con personas que se encuentran en otros lugares. La violencia de género puede obligar a alguien a abandonar una vivienda, cambiar dispositivos, abandonar cuentas, evitar lugares conocidos o dejar de utilizar canales habituales de comunicación.

En estas situaciones, la biblioteca puede adquirir valor porque permanece relativamente estable mientras otras infraestructuras desaparecen. Puede proporcionar acceso a expedientes judiciales, información municipal, bases de datos jurídicas, impresoras, escáneres, teléfonos, conexiones a internet, herramientas de traducción, orientación local, salas de reunión u organizaciones capaces de ofrecer asistencia especializada. También puede ofrecer algo menos visible: continuidad entre diferentes etapas de una situación interrumpida.

Una persona que enfrenta un desalojo puede regresar varias veces mientras intenta reconstruir una cronología, localizar documentos, contactar organizaciones, presentar formularios o comprender un proceso administrativo. Una persona migrante puede utilizar repetidamente el mismo lugar mientras reconstruye un entorno informativo en torno a instituciones desconocidas. Una organización barrial que pierde su espacio de reunión puede continuar trabajando desde la biblioteca. Los documentos pueden copiarse, las comunicaciones mantenerse, las fuentes revisarse y el trabajo inconcluso retomarse.

Este tipo de continuidad se subestima con facilidad porque es cotidiana. Una computadora que funciona, un escáner, horarios de apertura predecibles, una mesa, un teléfono o un miembro del personal que sabe dónde localizar un registro municipal pueden parecer triviales de manera aislada. En conjunto, pueden conservar un hilo entre una etapa de una vida interrumpida y la siguiente.

 

Protección sin captura

Las bibliotecas que trabajan con personas que se encuentran bajo presión suelen acumular historias sumamente convincentes. Esas historias pueden convertirse fácilmente en parte del propio relato institucional: la persona migrante ayudada por la biblioteca, la superviviente que encontró información allí, el grupo barrial que se organizó en su sala de reuniones, la familia desplazada que utilizó sus servicios o la campaña de inquilinos que consultó sus colecciones.

Esos relatos pueden demostrar valor público, atraer financiación, justificar programas, apoyar acciones de incidencia y producir comunicaciones profesionales potentes. Sin embargo, también pueden transformar la vulnerabilidad de otras personas en capital institucional.

La presión por documentar el éxito es especialmente fuerte en el trabajo comunitario. Los financiadores esperan resultados. Los administradores quieren pruebas. Los departamentos de comunicación quieren historias. Las conferencias profesionales buscan ejemplos. Las propias bibliotecas pueden querer demostrar que su trabajo tiene consecuencias más allá de las estadísticas tradicionales de circulación.

Bajo esas condiciones, la asistencia puede ir adquiriendo, gradualmente, una expectativa de visibilidad. Una persona que acudió para resolver un problema inmediato puede ser invitada posteriormente a explicar su experiencia, aparecer en fotografías, aportar testimonios o autorizar el uso de su historia en informes institucionales. Incluso cuando la participación es técnicamente voluntaria, la relación de poder puede dificultar la negativa.

El santuario requiere una separación más clara entre el acceso a la ayuda y la participación en el relato institucional. Las personas no adquieren la obligación de convertirse en evidencia del éxito de una biblioteca por el mero hecho de que utilizaron sus recursos durante un periodo difícil. Lo mismo se aplica a los grupos organizados. Una asociación de inquilinos que utiliza una sala de reuniones no se convierte automáticamente en un programa de la biblioteca. Una red de migrantes que se reúne allí no se convierte en evidencia de extensión comunitaria. Un grupo que documenta abusos policiales no pasa a ser contenido institucional porque el personal le ayudó a localizar registros o preservar archivos.

Mantener esa separación requiere tolerar actividades que no producen ningún retorno evidente para la institución.

 

Cuando no ocurre nada medible

Los sistemas contemporáneos de gestión exigen cada vez más evidencia de impacto. Por ello, el trabajo comunitario se ve empujado hacia formas que puedan contarse, fotografiarse, resumirse, evaluarse y reportarse. La idea de santuario encaja con dificultad dentro de esos sistemas porque muchos de sus efectos más importantes son difíciles de capturar.

Una conversación tranquila, una divulgación evitada, una reunión no documentada, la decisión de no recopilar datos innecesarios o la posibilidad de que alguien pase varias horas resolviendo un problema sin ser molestado pueden no producir nada que pueda ubicarse en una plantilla de indicadores. El registro administrativo puede mostrar poco, incluso cuando la situación de la persona ha mejorado materialmente.

Esta tensión genera un problema bien conocido. Las instituciones tienden a privilegiar actividades cuyo valor puede demostrarse mediante cifras de participación, productos, visibilidad pública o resultados medibles. La contención protectora puede parecer inactividad porque su éxito consiste, en parte, en lo que no ocurrió: no se recopiló información, se evitó la exposición, una persona no fue expulsada, no se impuso una barrera innecesaria o se permitió que un grupo trabajara sin ser absorbido por un programa institucional.

La evaluación comunitaria tiene que dejar espacio para formas que se resistan a convertirse en evidencia. De lo contrario, las prácticas de santuario serán reemplazadas gradualmente por actividades que resulten más fáciles de documentar y justificar.

 

Demandas de protección en conflicto

El santuario no puede entenderse únicamente desde la perspectiva de la persona que busca protección. Las bibliotecas son entornos compartidos, y los intereses presentes en ellas pueden entrar en conflicto. La confidencialidad puede proteger a una persona mientras oculta información relevante para otra. Las restricciones de acceso pueden evitar una exposición perjudicial y, al mismo tiempo, limitar un escrutinio legítimo. La informalidad puede reducir barreras burocráticas mientras debilita salvaguardas diseñadas para proteger a usuarios o trabajadores vulnerables.

El mismo espacio también puede sentirse radicalmente distinto para diferentes personas. Las medidas introducidas para proteger a un grupo pueden aumentar la ansiedad de otro. Las prácticas de seguridad destinadas a prevenir la violencia pueden hacer que usuarios racializados, indocumentados, sin vivienda o jóvenes se sientan vigilados o poco bienvenidos. Por el contrario, eliminar toda forma de intervención puede dejar a otros usuarios o al personal expuestos a acoso o violencia física.

No existe una única configuración que produzca santuario para todas las personas bajo cualquier condición. Las bibliotecas tienen que trabajar con demandas contrapuestas, riesgos desiguales, obligaciones legales y las consecuencias de sus propias decisiones. Ese trabajo se vuelve más creíble cuando los conflictos se reconocen en lugar de ocultarse detrás de afirmaciones generales sobre seguridad e inclusión.

La autoridad comunitaria sigue siendo importante aquí, pero no puede resolver automáticamente todas las contradicciones. Las comunidades contienen diferencias internas, relaciones desiguales de poder, intereses en conflicto e interpretaciones divergentes de lo que exige la protección. Las decisiones sobre confidencialidad, acceso, visibilidad y riesgo requieren, por lo tanto, negociación continua en lugar de una fórmula fija.

 

Proteger a los protectores

Los propios trabajadores de las bibliotecas habitan estos conflictos. Un bibliotecario al que se le pide proteger la confidencialidad puede enfrentar presión institucional. Un trabajador del que se espera que intervenga en una situación violenta puede no contar ni con la formación ni con la protección necesarias para hacerlo. El personal empleado mediante contratos temporales puede disponer de poca autoridad para cuestionar procedimientos. El personal de seguridad puede operar bajo políticas diseñadas en otros espacios. Los trabajadores de primera línea también pueden enfrentar acoso, amenazas, agotamiento emocional o consecuencias disciplinarias cuando ejercen su discrecionalidad.

Las expectativas de que la biblioteca proporcione santuario pueden convertirse fácilmente en una carga moral extra impuesta a trabajadores cuyas propias condiciones son precarias. Una institución no puede construir protección para los usuarios de manera creíble transfiriendo una responsabilidad ilimitada a las personas que se encuentran en el mostrador de atención.

La contención institucional necesita, por lo tanto, apoyo organizacional. Las políticas deben ser lo suficientemente claras como para que los trabajadores sepan qué margen de discrecionalidad poseen. La formación debería abordar privacidad, derivación, desescalada, solicitudes legales, documentación y los límites de la responsabilidad profesional. El personal necesita mecanismos para escalar situaciones que excedan su competencia o autoridad, y los trabajadores que cuestionen procedimientos perjudiciales necesitan protección frente a represalias, siempre que sea posible.

De lo contrario, el santuario depende del coraje personal. Y eso puede producir actos individuales admirables, pero no genera una práctica institucional confiable.

 

Los límites del santuario

Las bibliotecas no pueden sustraer a las personas de toda forma de poder estatal, detener la violencia fuera de sus edificios, resolver crisis de vivienda, desmantelar regímenes migratorios o sustituir servicios legales, médicos, sociales o de emergencia especializados. Sus recursos, autoridad, personal y capacidades legales son limitados.

Esos límites deberían ser explícitos.

El peligro reside en convertir el santuario en una mitología institucional y permitir que el lenguaje del refugio oculte lo que una biblioteca puede y no puede garantizar realmente. Si una persona necesita vivienda de emergencia, protección física, representación legal, atención médica o apoyo especializado, una biblioteca puede ayudar a identificar el servicio adecuado o proporcionar las condiciones informativas necesarias para acceder a él, pero la distinción entre esas funciones debería seguir siendo clara.

La pregunta más útil se refiere a la parte de la situación que sí se encuentra bajo el control de la biblioteca. Las bibliotecas pueden examinar con qué intensidad recopilan información, si la identificación es realmente necesaria, cómo se conservan los registros de usuarios, cómo se manejan las conversaciones sensibles, cómo se evalúan las solicitudes de información, cómo se representa públicamente la vulnerabilidad, y cómo los sistemas de acceso afectan a las personas que ya enfrentan inestabilidad.

También pueden proporcionar continuidad de información, comunicación, documentación y espacio durante periodos en los que otras partes de la vida de una persona están siendo interrumpidas. Estas decisiones no eliminan aquellas estructuras más amplias que producen daño, pero determinan si la biblioteca reproduce esas presiones dentro de su propio territorio institucional.

 

Reducir la presión institucional

Los sistemas coercitivos rara vez operan mediante un único acto dramático. Se acumulan a través de procedimientos: otro formulario, otro registro, otra exigencia de identificación, otro requisito de explicación, otra institución que recopila información, otro lugar donde la presencia se vuelve condicional.

Una biblioteca comunitaria ocupa solo una pequeña parte de ese paisaje, pero, dentro de esa parte, tiene opciones reales. Puede multiplicar esas exigencias, ignorarlas como burocracia ordinaria o examinar si realmente son necesarias. Puede convertir la vulnerabilidad en datos y publicidad, o limitar lo que recopila y reclama. Puede permitir que la interrupción produzca una fragmentación informativa completa, o proporcionar suficiente continuidad como para que la gente pueda seguir enfrentando lo que sea que le haya ocurrido.

Vista desde esta perspectiva, la idea de santuario no depende de presentar la biblioteca como un refugio fuera de la sociedad. La biblioteca sigue implicada en los mismos sistemas legales, administrativos, tecnológicos y políticos que operan en otros lugares.

La responsabilidad de la biblioteca comienza por la parte de ese paisaje que realmente puede controlar: sus propios procedimientos, registros, normas de acceso y decisiones sobre la exposición de las personas. El santuario se construye en esas decisiones institucionales cotidianas y en la medida en que logran reducir las presiones que ya pesan sobre quienes entran en la biblioteca.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 06.10.2026.
Foto: Edgardo Civallero, creado con la asistencia de ChatGPT / OpenAI.