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Bibliotecología comunitaria con un giro decolonial (07)
Primero la comunidad, después la institución
Diseñando bibliotecas desde la perspectiva de la comunidad, no desde la autoridad institucional
Este post forma parte de una serie que recupera la bibliotecología comunitaria de sus distorsiones institucionales, devolviéndola a sus raíces en la lucha, la ayuda mutua y la supervivencia colectiva. Considera las bibliotecas no como servicios neutrales, sino como infraestructuras en disputa, atravesadas por relaciones de poder, resistencia y memoria, y explora la bibliotecología como un trabajo de solidaridad anclado en comunidades reales, conflictos reales y la tensión constante entre el control institucional y la autonomía colectiva. Todas las entradas de esta serie pueden consultarse en el índice de esta sección.
Los límites de la participación comunitaria
En el discurso bibliotecario contemporáneo, la participación comunitaria suele presentarse como prueba de apertura institucional. Las bibliotecas consultan a los vecinos, organizan encuestas, solicitan comentarios, crean grupos asesores y ajustan sus programas según las necesidades identificadas. Estas prácticas pueden ser útiles. Pueden corregir suposiciones, revelar necesidades insatisfechas y prevenir ciertas formas de ceguera institucional.
Pero participación comunitaria no es lo mismo que autoridad comunitaria.
La participación permite a las comunidades expresarse dentro de una estructura ya definida por la institución. La autoridad permite a las comunidades dar forma a la propia estructura. La diferencia no es retórica. Determina dónde reside el poder, cómo se toman las decisiones, qué formas de conocimiento se ponen en práctica y quién tiene la capacidad de definir el propósito de la biblioteca.
Una biblioteca puede recabar opiniones de la comunidad manteniendo el control total sobre los presupuestos, las prioridades, las normas de acceso, las prácticas descriptivas, los modelos de personal, los criterios de evaluación y la representación pública. En tales casos, la participación funciona como mera consulta. Puede modificar algunas decisiones, pero no transforma las condiciones en las que se toman.
La bibliotecología comunitaria requiere un punto de partida diferente. La cuestión central no es cómo las instituciones pueden incorporar las voces de la comunidad en los flujos de trabajo existentes, sino cómo cambia el trabajo bibliotecario cuando las prioridades definidas por la comunidad se convierten en la principal fuente de legitimidad.
Del diseño institucional al mandato comunitario
La mayoría de las bibliotecas se diseñan de manera institucional antes de su apertura social. Su estatus legal, estructura administrativa, líneas de financiación, categorías de servicios, roles profesionales, distribución espacial, procedimientos de catalogación y requisitos de evaluación suelen definirse antes de que comience la participación comunitaria sostenida.
Posteriormente, se invita a las comunidades a utilizar, responder o contribuir a mejorar un sistema cuyos supuestos básicos ya han sido establecidos.
La bibliotecología comunitaria invierte este orden. Parte de un mandato comunitario.
Un mandato comunitario no es una expresión vaga de preferencias locales. Es el conjunto de propósitos, límites, responsabilidades y autorizaciones definidos colectivamente que guían lo que la biblioteca puede hacer en relación con las personas a las que sirve. No concierne solo a los servicios, sino también a la autoridad, el riesgo, la memoria, el lenguaje, la representación y la rendición de cuentas.
Dicho mandato puede definir qué debe proteger la biblioteca, qué debe prestar, qué debe negarse a documentar, qué formas de denominación debe utilizar, qué materiales requieren acceso restringido, qué tipos de colaboración institucional son aceptables y qué formas de visibilidad pública pueden poner en riesgo a la comunidad.
Esto transforma el papel de la institución. Ya no aparece como el origen del proyecto, con la comunidad añadida posteriormente como participante o beneficiaria. La institución se convierte en una estructura secundaria: proveedora de recursos, capacidad técnica, apoyo legal, infraestructura y continuidad. Su función es sustentar el mandato, no sustituirlo.
La gobernanza no es una reunión
El lenguaje de la gobernanza comunitaria puede resultar engañoso. Las asambleas, los consejos, los comités, las juntas asesoras y los grupos de trabajo no generan automáticamente autoridad comunitaria. Su relevancia política depende de lo que realmente puedan decidir.
Un consejo de residentes sin control sobre las prioridades es una simple consulta. Una asamblea sin influencia sobre los presupuestos es meramente simbólica. Un comité que puede recomendar los flujos de trabajo pero no determinarlos permanece subordinado a la institución. Una estructura participativa que puede ignorarse cuando resulta inconveniente no es gobernanza: es una formalidad.
La gobernanza existe donde se toman decisiones vinculantes.
En una biblioteca comunitaria, la gobernanza debe examinarse mediante preguntas concretas. ¿Quién decide qué materiales se incorporan a la colección? ¿Quién determina cómo se describen esos materiales? ¿Quién define cual es la información sensible? ¿Quién decide cuándo debe abrirse, restringirse, demorarse o denegarse el acceso? ¿Quién evalúa si la biblioteca cumple su propósito? ¿Quién puede cuestionar las decisiones del personal? ¿Quién puede revisar las políticas? ¿Quién puede negarse?
Sin autoridad sobre estas cuestiones, la participación de la comunidad se limita a la superficie del trabajo bibliotecario.
Esto no significa que cada decisión deba tomarse en una asamblea general, ni que cada tarea operativa deba debatirse colectivamente. La gobernanza requiere estructura. Puede implicar responsabilidades delegadas, rotación de roles, comités técnicos, grupos temáticos o formas de representación. Pero estas estructuras deben rendir cuentas al mandato de la comunidad. De lo contrario, reproducen la jerarquía de siempre bajo un cosmético lenguaje participativo.
Flujos de trabajo definidos por la comunidad
Si se toma en serio la autoridad comunitaria, esta no puede permanecer confinada. Esto se aplica a las declaraciones de misión o a los procesos de asesoramiento. Debe integrarse en los flujos de trabajo habituales de las bibliotecas.
El desarrollo de colecciones es un ejemplo. En los modelos institucionales, la selección suele seguir criterios profesionales como la relevancia, el equilibrio, la demanda, la calidad, el valor de conservación o la alineación con las políticas. En la práctica comunitaria, estos criterios no pueden darse por sentados. La comunidad puede definir la relevancia de manera diferente. Puede priorizar materiales relacionados con luchas locales, supervivencia práctica, recuperación lingüística, memoria territorial, defensa legal, continuidad cultural o transmisión intergeneracional.
Lo mismo se aplica a la descripción. La catalogación definida por la comunidad no consiste simplemente en añadir términos locales a un vocabulario preexistente. Implica preguntarse qué nombres, categorías, relaciones y silencios deben estructurar el acceso. Algunos materiales pueden necesitar describirse mediante conceptos locales en lugar de taxonomías profesionales. Algunos pueden requerir múltiples nombres, nombres controvertidos, históricos o que cambian según el contexto. Algunos pueden requerir una descripción que registre la incertidumbre en lugar de imponer la estandarización.
El acceso también varía. La preferencia institucional por la apertura no puede tratarse como un principio absoluto. Las comunidades pueden tener motivos para restringir ciertos materiales, retrasar su circulación, proteger nombres, limitar la reproducción o impedir la extracción. El acceso abierto no implica simplemente acceso. En algunos casos, la visibilidad sin restricciones puede exponer a personas, prácticas, territorios o memorias a daños.
La programación también debe replantearse. Una biblioteca comunitaria no comienza preguntándose qué actividades atraerán usuarios, aumentarán la asistencia o satisfarán a los financiadores. Se pregunta qué formas de trabajo colectivo son necesarias. Esto puede incluir grupos de lectura, sesiones informativas legales, círculos lingüísticos, talleres de documentación, reuniones sobre derechos laborales, proyectos de memoria, organización de inquilinos, alfabetización digital, monitoreo ambiental o formas discretas de apoyo mutuo. El valor de estas actividades no puede medirse únicamente por la asistencia o la visibilidad.
La evaluación se ve igualmente afectada. Las métricas institucionales suelen contabilizar la circulación, las visitas, los participantes, los eventos, las colaboraciones, la participación digital y la satisfacción de los usuarios. Estas medidas pueden proporcionar información útil, pero no pueden determinar el significado del trabajo comunitario. Una biblioteca puede tener éxito porque protegió un archivo vulnerable, ayudó a un grupo a comprender un proceso legal, preservó una práctica lingüística, creó un canal seguro para testimonios o rechazó una colaboración extractiva. Algunos de sus efectos más importantes pueden ser difíciles de cuantificar.
Los flujos de trabajo definidos por la comunidad exigen que las bibliotecas transiten de una lógica de servicio a una lógica de responsabilidad. La cuestión no radica solo en lo que la biblioteca proporciona, sino en a quién rinde cuentas por las consecuencias de su trabajo.
Experiencia profesional tras la autoridad comunitaria
Darle prioridad a la comunidad no significa eliminar la experiencia profesional, sino reorientarla.
Bibliotecarios, archiveros y gestores de la información poseen conocimientos técnicos que pueden ser indispensables. Comprenden los sistemas de descripción, preservación, acceso, metadatos, privacidad, documentación, gestión de colecciones, derechos de autor, procedimientos institucionales, infraestructura digital y servicio público. Estas destrezas resultan fundamentales.
El problema surge cuando la experiencia profesional se convierte en la autoridad máxima.
En una práctica que prioriza a la comunidad, el conocimiento profesional debe aclarar las posibilidades, los riesgos y las limitaciones, en lugar de determinar las prioridades comunitarias. El bibliotecario puede explicar las consecuencias de las diferentes opciones de catalogación, los riesgos del acceso público, las limitaciones de un formato de preservación, las implicaciones de una colaboración o las vulnerabilidades de una plataforma digital. Pero la orientación final del trabajo debe seguir respondiendo al mandato de la comunidad.
Este reposicionamiento también protege a la bibliotecología de una falsa neutralidad. El bibliotecario no es un técnico pasivo que aplica estándares universales, ni un sustituto heroico de la toma de decisiones colectiva. El bibliotecario es un profesional situado cuya tarea es apoyar la capacidad de la comunidad para gestionar sus propias infraestructuras de conocimiento y memoria.
Ese rol exige honestidad. Los bibliotecarios deben ser capaces de decir qué pueden y qué no pueden hacer las instituciones. Deben explicar las limitaciones sin convertirlas en leyes incuestionables. Deben distinguir entre requisitos legales, hábitos institucionales, preferencias profesionales y riesgos reales. También deben estar preparados para reconocer cuándo las normas profesionales entran en conflicto con las prioridades de la comunidad.
La experiencia, en este contexto, se convierte en una forma de servicio a la autoridad colectiva, no en una pretensión de gobernarla.
La comunidad no tiene una sola voz
Un enfoque serio que priorice a la comunidad no puede idealizarla.
Las comunidades no son sujetos morales homogéneos. Contienen conflictos, desigualdades, historias de exclusión, jerarquías internas, tensiones generacionales, violencia de género, divisiones políticas, autoridad religiosa, élites locales, recién llegados, personas desplazadas y personas cuya presencia puede ser tolerada pero no plenamente reconocida. Algunas voces resuenan con más fuerza porque ya ostentan autoridad. Ciertas formas de silencio son producto del miedo.
Por esta razón, "liderado por la comunidad" no puede significar simplemente seguir a quien hable con mayor frecuencia en nombre de la comunidad. La cuestión de la representación debe permanecer abierta y ser objeto de debate.
¿Quién es reconocido como orador legítimo? ¿Quién falta a las reuniones? ¿Quién no puede asistir por motivos laborales, de cuidado, movilidad, estatus migratorio, idioma, discapacidad, miedo o desconfianza? ¿Quién se beneficia de ser tratado como representante? ¿Quién corre peligro cuando los materiales se hacen públicos? ¿Quién tiene el poder de definir la tradición, la memoria o la identidad? ¿A quién se le exige perdonar, olvidar o guardar silencio en aras de la unidad colectiva?
Una biblioteca comunitaria debe crear mecanismos para abordar estas tensiones. Esto puede implicar múltiples formas de consulta, canales protegidos para la disidencia, espacios separados para grupos vulnerables, representación rotativa, registros de decisiones transparentes, protocolos de conflicto y revisión periódica de mandatos. También puede requerir reconocer que algunas decisiones no pueden tomarse de forma rápida ni pública.
Priorizar la comunidad no significa que la mayoría gobierne sin salvaguardias. Significa construir formas de autoridad capaces de reconocer las diferencias internas, los riesgos desiguales y la memoria colectiva.
"La institución después" no implica negación
Decir "la comunidad primero, la institución después" no implica negar la importancia de las instituciones. Las bibliotecas requieren condiciones materiales. Los edificios deben mantenerse. Los empleados deben recibir un salario. Las colecciones deben conservarse. Los sistemas digitales deben funcionar. Las obligaciones legales deben comprenderse. Los recursos públicos deben administrarse. La continuidad a largo plazo a menudo depende de estructuras que van más allá del trabajo voluntario.
La cuestión no es si las instituciones deben existir. Es dónde comienza la legitimidad.
Una institución puede apoyar una biblioteca comunitaria proporcionando infraestructura sin monopolizar la autoridad. Puede ofrecer financiación sin definir la agenda. Puede proporcionar personal profesional sin sustituir la toma de decisiones de la comunidad. Puede ayudar a preservar materiales sin apropiarse de la memoria. Puede crear sistemas de acceso sin encasillar todo el conocimiento en categorías institucionales. Puede negociar con actores externos sin dejar de rendir cuentas a aquellos cuyo conocimiento, trabajo e historia están en juego.
Esto requiere moderación. Las instituciones están acostumbradas a convertir el apoyo en control. A menudo, transforman los proyectos comunitarios en objetivos estratégicos, resultados medibles, oportunidades de marca, lenguaje para subvenciones o evidencia de inclusión. Incluso con buenas intenciones, esta transformación puede alterar el significado del trabajo.
Por lo tanto, la bibliotecología comunitaria requiere autolimitación institucional. La institución debe aprender a actuar como una estructura secundaria. Debe mantener las condiciones en lugar de ocupar el centro. Debe aceptar que algunas decisiones no se optimizarán en términos de conveniencia administrativa, visibilidad o reconocimiento externo.
Un orden de diseño diferente
La transformación que aquí se propone no es superficial. No consiste en añadir lenguaje participativo a los modelos existentes, ni en invitar a las comunidades a los procesos institucionales una vez tomadas las decisiones centrales.
Requiere un orden de diseño diferente. En primer lugar, el mandato de la comunidad. Luego, estructuras de gobernanza responsables ante ese mandato. Después, flujos de trabajo basados en prioridades definidas por la comunidad. Luego, experiencia profesional orientada a respaldar la autoridad colectiva. Finalmente, recursos institucionales organizados en torno a esas decisiones.
Este orden es importante porque el poder suele manifiestarse de forma secuencial. Quien define los términos iniciales generalmente es quien determina lo que es posible más adelante. Si la institución comienza estableciendo categorías, políticas, servicios, indicadores y roles, la participación de la comunidad se dará dentro de ese marco. Si la comunidad comienza definiendo el propósito, el riesgo, la autoridad y la rendición de cuentas, la institución entra en un ámbito de responsabilidad diferente.
En ese sentido, la bibliotecología comunitaria no es una forma más receptiva de servicio bibliotecario. Es una reorganización de la legitimidad. Exige a las bibliotecas que dejen de tratar a las comunidades como usuarias de la generosidad institucional y que las reconozcan como creadoras de sus propias infraestructuras de conocimiento.
La institución aún puede ser importante. Puede ser necesaria. Puede proporcionar herramientas, protección, continuidad y recursos.
Pero debe llegar más tarde. No como dueña del marco, sino como un elemento dentro de una estructura cuya autoridad se origina en otro lugar.