Bibliotecología comunitaria con un giro decolonial (04)

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Bibliotecología comunitaria con un giro decolonial (04)

Descolonizando la biblioteca comunitaria

Abriendo camino a una bibliotecología radical y descolonizada

 

Este post forma parte de una serie que recupera la bibliotecología comunitaria de sus distorsiones institucionales, devolviéndola a sus raíces en la lucha, la ayuda mutua y la supervivencia colectiva. Considera las bibliotecas no como servicios neutrales, sino como infraestructuras en disputa, atravesadas por relaciones de poder, resistencia y memoria, y explora la bibliotecología como un trabajo de solidaridad anclado en comunidades reales, conflictos reales y la tensión constante entre el control institucional y la autonomía colectiva. Todas las entradas de esta serie pueden consultarse en el índice de esta sección.

 

La descolonización no es una metáfora

En el discurso profesional contemporáneo, el término "descolonización" circula ampliamente. Aparece en planes estratégicos, temas de conferencias, documentos de política y declaraciones institucionales, a menudo asociado con compromisos con la diversidad, la inclusión y la representación. En muchos casos, funciona como un horizonte aspiracional: una señal de que las bibliotecas están dispuestas a abordar las desigualdades históricas y ampliar su alcance.

Sin embargo, este uso tiende a diluir la fuerza analítica y política del término. La descolonización, en su sentido histórico y material, no se refiere a un proceso general de mejora o diversificación. Se refiere al desmantelamiento de las estructuras que han organizado el conocimiento, el territorio y la autoridad según líneas coloniales. Implica confrontar los sistemas a través de los cuales ciertas formas de conocimiento han sido legitimadas, mientras que otras han sido excluidas, subordinadas o ininteligibles.

Aplicada a la bibliotecología comunitaria, la descolonización no puede reducirse a la inclusión de voces previamente marginadas dentro de los marcos existentes. Requiere examinar los marcos mismos: los sistemas de clasificación, los estándares descriptivos y las lógicas institucionales que definen qué se considera conocimiento, cómo se organiza y quién está autorizado a producirlo e interpretarlo.

Sin este nivel de intervención, el lenguaje de la descolonización corre el riesgo de funcionar como un ajuste superficial. Amplía el alcance del contenido visible sin alterar las estructuras que rigen su significado.

 

La clasificación como orden epistémico

Los sistemas modernos de clasificación bibliotecaria suelen presentarse como herramientas neutrales diseñadas para facilitar el acceso. Sus categorías, jerarquías y terminologías se tratan como soluciones técnicas al problema de organizar grandes volúmenes de información. Sin embargo, en la práctica, estos sistemas codifican supuestos históricos y epistemológicos específicos.

Emergen de tradiciones intelectuales particulares, principalmente europeas y norteamericanas, y reflejan las formas en que esas tradiciones han dividido, priorizado y relacionado diferentes dominios del conocimiento. Las disciplinas se separan o agrupan según marcos conceptuales que no son universales, sino contextualizados. Ciertas áreas gozan de una amplia diferenciación interna, mientras que otras se comprimen, generalizan o relegan a categorías residuales.

Esto tiene consecuencias directas en la forma en que se representa y se accede al conocimiento. Los materiales que no se ajustan a las epistemologías dominantes suelen ser relegados a categorías inadecuadas, descritos mediante vocabularios externos, o dispersos en ubicaciones múltiples, de manera que su coherencia se difumina. En algunos casos, ni siquiera se incorporan.

El problema no reside únicamente en que los sistemas de clasificación contengan sesgos, sino en que funcionan como órdenes epistémicos: definen la estructura dentro de la cual el conocimiento se vuelve legible. Trabajar dentro de ellos sin cuestionar sus supuestos subyacentes equivale a reproducirlos, incluso cuando se intenta ampliar o corregir su contenido.

 

Autoridad y regulación del lenguaje

Una dinámica similar se observa en el uso del control de autoridad y los vocabularios estandarizados. Estos sistemas están diseñados para garantizar la coherencia en la nomenclatura, facilitar la recuperación y conectar materiales relacionados entre colecciones. Se basan en términos controlados, formas de nombres establecidas y relaciones jerárquicas entre conceptos.

Si bien estos mecanismos favorecen la interoperabilidad y la coherencia, también regulan la descripción de entidades y sujetos. Privilegian ciertos lenguajes, convenciones de nomenclatura y distinciones conceptuales, a menudo derivadas de contextos culturales e institucionales dominantes. Las formas de denominación alternativas, las terminologías locales y las categorías específicas de la comunidad pueden ser excluidas, normalizadas o traducidas a equivalentes estandarizados que alteran su significado.

Este proceso no es neutral. Nombrar es una forma de poder. Determina cómo se reconocen las personas, las prácticas y las historias dentro de un sistema. Cuando la autoridad está centralizada y estandarizada, puede anular la forma en que las comunidades se definen a sí mismas y a sus experiencias.

En contextos centrados en la comunidad, esto crea una tensión entre la necesidad de estructuras compartidas y la de preservar la autonomía lingüística y conceptual. Incorporar términos comunitarios a los sistemas de autoridad existentes no resuelve esa tensión, necesariamente. Puede requerir repensar el papel de la autoridad misma y considerar formas de descripción que permitan la pluralidad, la coexistencia e incluso la contradicción.

 

Prácticas documentales y producción de evidencia

Más allá de la clasificación y la denominación, las prácticas documentales también desempeñan un papel fundamental en la configuración de lo que se puede conocer. Las bibliotecas e instituciones afines operan mediante procedimientos que definen qué califica como documento, cómo se recopilan, cómo se describen y cómo se conservan.

Estos procedimientos tienden a privilegiar ciertos formatos y modos de expresión: textos escritos, objetos estables y materiales que pueden catalogarse, almacenarse y circular dentro de las infraestructuras institucionales. Otras formas de conocimiento —tradiciones orales, prácticas corporales, eventos efímeros, procesos relacionales— son más difíciles de integrar. Cuando se incorporan, a menudo se transforman para ajustarse a las expectativas documentales.

Esta transformación puede implicar extracción, fragmentación o recontextualización. Una historia se convierte en transcripción; una representación en grabación; una práctica en descripción. En cada caso, las condiciones bajo las cuales se produce y transmite el conocimiento se alteran, a veces significativamente.

El problema no es de inclusión solamente. Es de traducción y transformación. Los sistemas documentales no solo capturan el conocimiento: lo remodelan. Descolonizar la bibliotecología comunitaria requiere prestar atención a estos procesos y a los límites de lo que se puede documentar sin pérdida.

 

La gramática del "empoderamiento"

En paralelo a estas estructuras técnicas, se ha desarrollado un lenguaje institucional específico en torno al trabajo comunitario. Términos como "empoderamiento", "desarrollo de capacidades" y "participación" se utilizan ampliamente para describir iniciativas que buscan involucrar a las comunidades y abordar la desigualdad.

Si bien estos términos señalan la intención de redistribuir recursos y oportunidades, a menudo conllevan supuestos implícitos sobre la posición de las instituciones en relación con las comunidades. El "empoderamiento", en particular, sugiere que el poder se origina dentro de la institución y se transfiere hacia afuera. Presenta a las comunidades como receptoras de apoyo, en lugar de como agentes con capacidades, sistemas de conocimiento y formas de organización ya existentes.

Este enfoque puede ocultar hasta qué punto las comunidades han desarrollado históricamente sus propias infraestructuras para la producción y circulación del conocimiento, a menudo en ausencia de instituciones formales o en oposición a ellas. También puede reforzar ciertas relaciones jerárquicas, incluso cuando se emplean métodos participativos.

En este sentido, el lenguaje del empoderamiento funciona como una gramática que estructura la manera en la que se entiende y se practica la participación comunitaria. Moldea las expectativas, define los roles y limita el abanico de interacciones posibles. Los enfoques decoloniales de la bibliotecología comunitaria requieren ir más allá de esta gramática y reconocer a las comunidades no como beneficiarias, sino como productoras de conocimiento y organizadoras de sus propios entornos informativos.

 

Trabajar dentro y contra el sistema

Las estructuras aquí descritas no se abandonan fácilmente. Están integradas en infraestructuras, estándares y esquemas de formación profesional. Permiten ciertas formas de coordinación y acceso difíciles de replicar fuera de ellas.

Al mismo tiempo, imponen restricciones que limitan la representación del conocimiento y la interacción de las comunidades con él. Esto genera tensión en la práctica de la bibliotecología comunitaria dentro de las instituciones.

La labor descolonizadora, en estas condiciones, no sigue un único camino. Puede implicar la modificación de los sistemas existentes, la creación de estructuras paralelas o el rechazo selectivo de ciertos procedimientos. Puede requerir la negociación entre interoperabilidad y especificidad, entre estandarización y autonomía, y entre los requisitos institucionales y las prioridades definidas por la comunidad.

Estos no son dilemas abstractos, sino decisiones operativas que dan forma al quehacer cotidiano: cómo se describen los materiales, cómo se definen las categorías, cómo se estructura el acceso y cómo participan las comunidades en estos procesos.

Lo que distingue un enfoque decolonial no es la resolución completa de estas tensiones, sino el reconocimiento de su existencia y la voluntad de trabajar conscientemente dentro de ellas, en lugar de reproducir estructuras heredadas por inercia.

 

Más allá de la inclusión

Si la bibliotecología comunitaria pretende trascender su reinterpretación institucional, debe abordar no solo quién se incluye, sino también cómo se estructura dicha inclusión.

Añadir nuevos materiales a las colecciones existentes, incorporar perspectivas diversas o ampliar los programas de extensión pueden alterar la composición visible de los servicios bibliotecarios. Pero estas medidas no afectan necesariamente a los sistemas subyacentes: esos que organizan el conocimiento y definen su legitimidad.

Un giro decolonial requiere cambiar el enfoque, del contenido a la estructura. Implica examinar las condiciones bajo las cuales se clasifica, nombra, documenta y circula el conocimiento, e identificar dónde esas condiciones reproducen patrones coloniales.

Esto no produce un modelo estable ni una solución definitiva. Genera, sí, un campo de trabajo: un conjunto de intervenciones, ajustes y rechazos continuos que transforman el funcionamiento de las bibliotecas en relación con las comunidades con las que interactúan.

En ese sentido, la descolonización de la biblioteca comunitaria no es un programa que se implemente. Es un proceso que se desarrolla dentro de las limitaciones de los sistemas existentes, al tiempo que cuestiona los supuestos en los que se basan tales sistemas.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 05.05.2026.
Foto: ChatGPT.