Inicio > Blog Bitácora de un bibliotecario > Bibliotecología comunitaria con un giro decolonial (02)
Bibliotecología comunitaria con un giro decolonial (02)
Qué hacen realmente los bibliotecarios (comunitarios)
La bibliotecología más allá de la prestación de servicios
Este post forma parte de una serie que recupera la bibliotecología comunitaria de sus distorsiones institucionales, devolviéndola a sus raíces en la lucha, la ayuda mutua y la supervivencia colectiva. Considera las bibliotecas no como servicios neutrales, sino como infraestructuras en disputa, atravesadas por relaciones de poder, resistencia y memoria, y explora la bibliotecología como un trabajo de solidaridad anclado en comunidades reales, conflictos reales y la tensión constante entre el control institucional y la autonomía colectiva. Todas las entradas de esta serie pueden consultarse en el índice de esta sección.
La neutralidad como un diseño de rol
En el discurso profesional, académico y oficial, la figura del bibliotecario (y del archivero, y del museólogo...) se construye cuidadosamente.
Es un rol que, en la práctica, viene definido por la moderación: neutral, equilibrado, discreto y, sobre todo, orientado al servicio. En términos generales, los bibliotecarios están capacitados para facilitar el acceso sin interferir, para organizar el conocimiento sin moldear su significado, y para apoyar a los usuarios sin dirigir sus trayectorias.
Están presentes, pero no deben llamar la atención.
Este modelo se presenta como algo "ético". Enfatiza la imparcialidad, la libertad intelectual y el respeto por la diversidad. Pero también establece límites claros... y líneas rojas. Se espera que el bibliotecario medie, pero no intervenga; que asista, pero no actúe; y que se mantenga dentro de los límites de la legitimidad institucional (y social).
Esta configuración no es casual. Se trata de un diseño de rol.
Al definir la bibliotecología como "prestación de servicios", la profesión limita el alcance de su propia acción. Transforma una posición directamente vinculada con la circulación del conocimiento en una función controlada, donde la intervención se minimiza y la responsabilidad y el compromiso se diluyen. El resultado es una figura que aparenta ser "neutral", pero que en realidad está cuidadosamente regulada (e incluso autocensurada).
Este modelo se vuelve particularmente inestable (¿e incluso inútil?) en contextos comunitarios, donde la bibliotecología se practica —o debería practicarse— en contacto directo con necesidades, conflictos y limitaciones muy reales. En tales condiciones, el rol no puede permanecer invisible. Allí, los límites impuestos por la neutralidad y la prestación de servicios no son solo problemas teóricos, sino también prácticos.
La cuestión en los contextos comunitarios —y, de hecho, en todas partes— no es si los bibliotecarios no pueden o no deben convertirse en actores activos, o incluso políticos, sino si pueden seguir fingiendo que no lo son.
Mediación es intervención
En el entorno controlado y averso al riesgo en el que suele desarrollarse la bibliotecología, las acciones se amortiguan y las consecuencias se diluyen. No sorprende, pues, que la mediación y su lenguaje ocupen un lugar central en la bibliotecología contemporánea.
Se describe a los bibliotecarios como intermediarios entre los usuarios y la información, facilitadores del acceso, y guías en entornos informativos cada vez más complejos. Estos roles suenan importantes, pero mantienen una distancia prudencial de cualquier posible compromiso con el mundo real y sus conflictos.
En este afán por quitarle colmillos a la bibliotecología (y a las disciplinas afines), a menudo se pasa por alto que la mediación no es un proceso pasivo. Cada acto de selección determina qué entra en una colección y qué queda fuera. Cada acto de descripción moldea cómo se pueden encontrar y comprender los materiales, y relacionarlos con otros conocimientos. Cada decisión sobre el acceso define quién puede interactuar con la información, bajo qué condiciones y con qué limitaciones.
Incluso el silencio es una forma de mediación. Omitir, demorar, evitar la confrontación o someterse a las limitaciones institucionales no son actos neutrales. Son decisiones que afectan la circulación del conocimiento y las posibilidades de su uso.
Los bibliotecarios no actúan como intermediarios transparentes entre el saber y las comunidades, como se supone. Nos guste o no, operan dentro del propio flujo, moldeando constantemente su dirección, intensidad y alcance.
Cuando la mediación se entiende en esos términos, la distinción entre mediación e intervención se desvanece. Y los bibliotecarios, en lugar de ser "facilitadores" externos e invisibles, se convierten en participantes activos en la configuración de los paisajes de la información y la memoria.
Lo cual no es una posibilidad nueva ni algo emergente. Es una condición antigua y persistente, particularmente en contextos centrados en la comunidad.
Negociación y fricción
Los bibliotecarios no trabajan en entornos neutrales, y los bibliotecarios comunitarios en particular jamás operan al margen del conflicto. Todos ellos se desempeñan en espacios que imponen políticas, limitaciones y expectativas, a la vez que interactúan con comunidades cuyas necesidades y desafíos a menudo superan o contradicen esos marcos.
Esto crea un campo de negociación constante.
Deben tomar decisiones entre lo permitido y lo necesario, entre los procedimientos institucionales y las demandas específicas, y entre los marcos legales y los compromisos éticos. Los bibliotecarios navegan entre tensiones como la apertura y la protección, la visibilidad y la discreción, el acceso y el riesgo. Estas son condiciones habituales de la práctica, no situaciones excepcionales.
En este sentido, la bibliotecología no es una profesión estable, regida por reglas fijas. Es una posición situada en zonas de fricción, donde se cruzan lógicas contrapuestas. El trabajo implica un ajuste constante, interpretación y, a veces, cierta desviación estratégica.
También implica tomar postura: decidir cuándo cumplir, cuándo ceder y cuándo negarse.
Y la negativa, en particular, nunca es neutral.
El costo de la negativa
La negativa no es un gesto abstracto. Tiene consecuencias.
Las normas profesionales suelen desalentar las formas explícitas de intervención. Los bibliotecarios que se extralimitan en su rol —que se niegan a cumplir, a delegar o a guardar silencio— pueden enfrentar resistencia institucional, incluyendo restricciones en su trabajo, cuestionamientos a su profesionalismo, o exclusión de los procesos de toma de decisiones.
En ocasiones, pueden enfrentar consecuencias aún peores.
La negativa no solo rompe con el comportamiento esperado. Expone la fragilidad del sistema que depende de él. Las rutinas institucionales se basan en la previsibilidad: en la suposición de que se seguirán los procedimientos, que las categorías se mantendrán estables, y que las decisiones se ajustarán a las normas establecidas. La negativa interrumpe esa continuidad. Introduce incertidumbre en sistemas diseñados para minimizarla, y revela hasta qué punto esos sistemas dependen del cumplimiento para funcionar correctamente.
En este contexto, la neutralidad funciona no solo como un principio ético, sino también como un mecanismo de regulación y protección institucional. Define el comportamiento aceptable y delimita los límites de la acción legítima. Operar fuera de esos límites puede implicar cierto riesgo.
En la práctica, esta regulación rara vez es explícita. Opera a través de normas, expectativas y hábitos profesionales que dan forma a las decisiones cotidianas: qué se selecciona, cómo se describe, qué se visibiliza y qué se omite. No requiere de una prohibición directa. Se basa en la anticipación: en saber, a menudo sin que se nos diga, qué se puede hacer y qué se debe evitar.
Los límites impuestos por las normas profesionales forman parte de las estructuras que dan forma a la práctica y la comprensión de la biblioteconomía. Reconocer estas limitaciones es un paso necesario para determinar qué formas de acción siguen siendo posibles y a qué costo.
Actores posicionados en sistemas en disputa
Los bibliotecarios ocupan posiciones dentro de sistemas que, a su vez, son disputados, desiguales y están sujetos a cambios.
En la bibliotecología centrada en la comunidad, estas posiciones se hacen visibles en toda su complejidad. La proximidad a las necesidades, conflictos y luchas reales elimina la ficción protectora de la neutralidad y revela hasta qué punto los bibliotecarios ya actúan dentro de sistemas en disputa.
Enmarcar la bibliotecología únicamente como prestación de servicios oculta esta realidad. Reduce un conjunto complejo de prácticas a una función limitada, y minimiza el alcance de la responsabilidad inherente a la labor.
Los bibliotecarios ya participan en la configuración del conocimiento, la negociación del acceso y la preservación de la memoria en condiciones que a menudo distan mucho de ser neutrales. La cuestión no es si deberían convertirse en otra cosa, sino cómo comprenden y ejercen las funciones que ya desempeñan.
Pasar de la custodia a la intervención implica reconocer lo que el trabajo siempre ha conllevado, y las decisiones que determinan su ejecución.