Bibliotecología comunitaria con un giro decolonial (01)

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Bibliotecología comunitaria con un giro decolonial (01)

Las raíces radicales de la bibliotecología comunitaria

De vuelta a las raíces, en donde la gente es dueña de los estantes

 

Este post forma parte de una serie que recupera la bibliotecología comunitaria de sus distorsiones institucionales, devolviéndola a sus raíces en la lucha, la ayuda mutua y la supervivencia colectiva. Considera las bibliotecas no como servicios neutrales, sino como infraestructuras en disputa, atravesadas por relaciones de poder, resistencia y memoria, y explora la bibliotecología como un trabajo de solidaridad anclado en comunidades reales, conflictos reales y la tensión constante entre el control institucional y la autonomía colectiva. Todas las entradas de esta serie pueden consultarse en el índice de esta sección.

 

La historia oficial: Un despertar institucional tardío

En la literatura contemporánea sobre bibliotecología y ciencias de la información, la bibliotecología comunitaria se suele presentar como un desarrollo relativamente reciente. Se la describe como una evolución de la biblioteca pública: un cambio de la prestación pasiva de servicios hacia la participación activa y la capacidad de respuesta a las necesidades locales. En esta narrativa, conceptos como "extensión comunitaria", "diseño centrado en el usuario" y "participación comunitaria" surgen como mecanismos correctivos que abordan modelos institucionales anteriores, caracterizados retrospectivamente como distantes, neutrales o insuficientemente inclusivos.

Este enfoque, si bien no es del todo inexacto, tiene una perspectiva histórica limitada. Sitúa el origen de la práctica orientada a la comunidad dentro de la evolución interna de las propias instituciones, reforzando así la idea de que el cambio significativo comienza cuando tales instituciones deciden reformarse. Pero al hacer esto se pasa por alto una historia mucho más larga y compleja de infraestructuras del conocimiento que fueron creadas fuera, junto a y, en ocasiones, en oposición directa a los sistemas bibliotecarios formales.

Para comprender mejor la bibliotecología comunitaria, es necesario ir más allá de las cronologías institucionales y examinar las prácticas que se desarrollaron en contextos donde las bibliotecas, como servicios públicos, estuvieron ausentes, fueron inaccesibles o fueron estructuralmente excluyentes.

 

Antes de la "extensión": Bibliotecas nacidas de la necesidad

Mucho antes de que las bibliotecas públicas adoptaran el lenguaje de la participación, las comunidades ya organizaban el acceso al conocimiento por sus propios medios. Estas iniciativas no surgieron como extensiones de los servicios institucionales, sino como respuestas a las condiciones materiales: pobreza, migración, explotación laboral, represión política y exclusión educativa.

A lo largo de los siglos XIX y XX, surgieron diversas formas de bibliotecas organizadas colectivamente en diferentes partes del mundo. Salas de lectura para trabajadores, bibliotecas de ayuda mutua, colecciones sindicales, bibliotecas de barrio y archivos informales conformaban un amplio espectro de prácticas que, si bien rara vez se denominaban así, encarnaban lo que hoy se describiría como bibliotecología comunitaria.

En contextos industriales, particularmente en Europa y América, los movimientos obreros desempeñaron un papel fundamental en el establecimiento de las bibliotecas como herramientas para la educación política. Las asociaciones de trabajadores y los sindicatos crearon espacios de lectura que proporcionaban acceso a textos que de otro modo les serían inaccesibles, incluyendo teoría política, manuales técnicos y literatura afín a sus posiciones ideológicas. Estas colecciones no eran neutrales. Se seleccionaban para apoyar procesos de aprendizaje colectivo, organización y resistencia. De manera similar, las comunidades migrantes desarrollaron sus propios espacios documentales para mantener la continuidad lingüística, cultural e informativa durante el desplazamiento. Estas bibliotecas solían funcionar de manera informal, basándose en recursos compartidos, trabajo voluntario y redes de confianza. Su función iba más allá del acceso a materiales de lectura; servían como nodos de orientación, traducción y apoyo mutuo en entornos desconocidos.

En muchas zonas rurales y urbanas marginadas, particularmente en América Latina, África y algunas partes de Asia, surgieron bibliotecas comunitarias vinculadas a campañas de alfabetización, proyectos de educación comunitaria y esfuerzos de organización local. Estos espacios frecuentemente combinaban funciones educativas, culturales y políticas, funcionando como puntos de encuentro para el debate colectivo, el intercambio de conocimientos y la coordinación comunitaria.

Lo que caracteriza estas experiencias no es un modelo estandarizado, sino una condición común de surgimiento: se construyeron allí donde las infraestructuras institucionales no llegaban o donde operaban de maneras que no respondían a las realidades locales.

 

Gobernanza, propósito y conocimiento contextualizado

Una de las diferencias más significativas entre estas bibliotecas comunitarias y los modelos institucionales radica en sus modos de gobernanza y su relación con el conocimiento.

En lugar de administrarse mediante estructuras jerárquicas, muchas de estas iniciativas se basaban en formas colectivas de toma de decisiones. Asambleas, comités y estructuras de liderazgo informales determinaban cómo se desarrollaban las colecciones, cómo se distribuían los recursos y cómo se utilizaban los espacios. La autoridad a menudo se negociaba dentro de la propia comunidad, en lugar de imponerse mediante credenciales profesionales o estándares externos.

Esto tenía implicaciones directas para el desarrollo y la organización de las colecciones. Los materiales se seleccionaban en función de su relevancia para las luchas, necesidades e intereses locales, en lugar de basarse en principios abstractos de universalidad o equilibrio. Los sistemas de clasificación, cuando existían, solían ser pragmáticos y dependientes del contexto. En algunos casos, el conocimiento oral, los materiales efímeros y los formatos no tradicionales se incorporaban sin necesidad de validación formal.

En estos contextos, el conocimiento no se trataba como un recurso abstracto que debía preservarse y al que se debía acceder de forma neutral. Se entendía como contextualizado, disputado e instrumental. Las bibliotecas funcionaban como espacios donde el conocimiento podía movilizarse para fines específicos: educación política, afirmación cultural, desarrollo de habilidades o memoria colectiva.

Esta orientación cuestiona uno de los supuestos centrales de la bibliotecología moderna: la idea de que la neutralidad es posible y deseable. En las bibliotecas comunitarias, la alineación entre conocimiento y propósito social no era una desviación de las normas profesionales; era la razón misma de su existencia.

 

Intervenciones feministas y contraarchivísticas

Desde mediados del siglo XX, los movimientos feministas contribuyeron significativamente al desarrollo de prácticas alternativas en bibliotecas y archivos. Las bibliotecas y centros de documentación feministas surgieron como respuesta a la exclusión sistemática de las experiencias, los escritos y las historias de las mujeres de los sistemas de conocimiento dominantes.

Estas iniciativas fueron más allá de la simple ampliación de colecciones. Cuestionaron los criterios de selección, descripción y conservación de los materiales. Introdujeron nuevas formas de documentación, como narrativas personales, documentos efímeros, historias orales y registros comunitarios, desafiando los límites entre lo que se consideraba "archivístico" y lo que no.

Las estructuras de gobernanza en muchas bibliotecas feministas reflejaban un compromiso político más amplio con la horizontalidad, el trabajo colectivo y la responsabilidad compartida. Los procesos de toma de decisiones solían ser abiertos, y la distinción entre "bibliotecario" y "usuario" se difuminaba deliberadamente. En este sentido, las intervenciones feministas no solo abordaron cuestiones de representación, sino que también reconfiguraron las relaciones sociales inherentes a las instituciones del conocimiento.

Estas prácticas guardan una estrecha relación con los debates contemporáneos sobre la bibliotecología comunitaria, pero rara vez se reconocen como precedentes fundamentales. En cambio, suelen tratarse como iniciativas especializadas o temáticas, en lugar de contribuciones estructurales significativas al campo.

 

Infraestructura, no servicio

De estas historias surge una distinción conceptual clave: la diferencia entre las bibliotecas como servicios y las bibliotecas como infraestructuras.

En el discurso institucional, las bibliotecas suelen concebirse como proveedoras de servicios. Ofrecen acceso, información y programación a una base de usuarios bien definida. Incluso cuando adoptan enfoques participativos, la estructura subyacente a menudo permanece intacta: la institución diseña, implementa y evalúa los servicios, mientras que se invita a los usuarios a participar dentro de parámetros predefinidos.

En contraste, muchas bibliotecas comunitarias funcionan como infraestructuras producidas y mantenidas por las propias comunidades. No son servicios externos ofrecidos a una población, sino sistemas internos integrados en procesos sociales, políticos y culturales. Su legitimidad no deriva del reconocimiento institucional, sino de su capacidad para responder a las necesidades colectivas y sostener prácticas compartidas.

Esta distinción tiene implicaciones importantes. Sugiere que la bibliotecología centrada en la comunidad, si se entiende principalmente como una estrategia institucional, corre el riesgo de pasar por alto o malinterpretar prácticas que no se ajustan a sus marcos. También plantea interrogantes sobre hasta qué punto las instituciones pueden adoptar genuinamente enfoques centrados en la comunidad sin alterar sus estructuras subyacentes de autoridad y control.

 

Recuperando una genealogía silenciada

La relativa ausencia de estas historias en los discursos profesionales convencionales no es casual. Refleja dinámicas más amplias en las que los sistemas de conocimiento institucional tienden a priorizar su propio desarrollo, a menudo marginando o incorporando prácticas externas sin reconocer plenamente sus orígenes.

Cuando se reconocen las iniciativas comunitarias, con frecuencia se las presenta como precursoras de la innovación institucional, en lugar de como sistemas autónomos con su propia lógica y trayectoria. En algunos casos, sus prácticas se adoptan selectivamente, se traducen a terminología profesional y se integran en marcos existentes, de forma que se diluye su significado político y social original.

Recuperar las raíces radicales de la bibliotecología comunitaria no es, por lo tanto, solo una cuestión de rigor histórico. Es también una forma de repensar el propio campo: sus límites, sus supuestos y su relación con las comunidades a las que dice servir.

Esto requiere un cambio de perspectiva. En lugar de preguntarnos cómo las bibliotecas pueden llegar mejor a las comunidades, resulta necesario preguntarnos cómo las comunidades ya han construido sus propias infraestructuras de conocimiento y qué significaría tomar en serio esas experiencias como fuentes de teoría, y no solo de práctica.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.
Fecha de publicación: 17.03.2026.
Foto: ChatGPT.