Inicio > Blog Bitácora de un bibliotecario > Metadatos como revuelta (08 de 10)
Metadatos como revuelta (08 de 10)
Los metadatos como mediación
Cómo conectar mundos sin colapsarlos
Este post forma parte de una serie que explora cómo los metadatos pueden convertirse en un espacio de resistencia, rechazo y subversión poética. Desde la clasificación hasta los datos enlazados, la serie investiga cómo las prácticas de catalogación pueden codificar formas de opresión, y cómo pueden ser reinventadas para desafiar los sistemas dominantes y hablar desde los márgenes. Todas las entradas de esta serie pueden consultarse en el índice de esta sección.
El espacio entre vocabularios
Los microtesauros, creados a la medida de comunidades, laboratorios y colecciones, ya han demostrado que la autonomía semántica no solo es posible, sino necesaria. Su granularidad y responsabilidad permiten que el significado permanezca situado, contextualizado y vivo. Pero ningún vocabulario, por muy fundamentado que esté, permanece completamente dentro de sí mismo. Los repositorios ingieren datos de múltiples fuentes. Los archivos deben exponer sus registros a mecanismos de búsqueda y descubrimiento externos. Las infraestructuras científicas vinculan conjuntos de datos de todos los continentes. Por lo tanto, la pregunta es inevitable: ¿qué sucede cuando un vocabulario pequeño se encuentra con uno grande?
Durante la mayor parte del siglo pasado, la respuesta fue "asimilación". Los vocabularios locales se trataban como materia prima para la "integración", y sus diferencias se suavizaban para adaptarse al esquema mayor. El resultado fue una interoperabilidad universal obtenida a costa de un continuo borrado epistémico. La capa de mediación que se propone en este texto surge como un rechazo directo de ese modelo. En lugar de forzar los vocabularios hacia arriba, propone desarrollar el tejido conectivo entre ellos: una membrana operativa diseñada para permitir que los significados viajen sin exigirles que se vuelvan idénticos.
La arquitectura de la traducción
La mediación no es un gesto metafísico, es uno de infraestructura. En los sistemas distribuidos, la interoperabilidad no se logra fusionando bases de código, sino estableciendo pasarelas, intermediarios y protocolos que traducen entre ellos al tiempo que preservan su independencia.
Las infraestructuras de metadatos requieren un proceso similar. En lugar de pedir a los vocabularios pequeños que se alineen con una ontología dominante, la capa de mediación asume la responsabilidad del encuentro. Traduce en tiempo de ejecución y sin alterar el vocabulario de origen. Esta inversión arquitectónica es importante: el trabajo semántico se desplaza de la periferia al centro. El tejido conectivo se convierte en el lugar en donde se ubican la experiencia, la negociación y la responsabilidad.
Dentro de esta arquitectura, la traducción deja de ser una operación silenciosa llevada a cabo entre bastidores. Se vuelve explícita, documentada y reversible. Un sistema de mediación reconoce que cada mapeo es una interpretación y que las interpretaciones requieren procedencia, justificación y revisión periódica. El propósito de la mediación no es encontrar la equivalencia perfecta, sino hacer visibles las condiciones en las que la equivalencia es posible y los límites más allá de los cuales no debe intentarse.
Gobernar el acto de traducción
Si la traducción es un acto interpretativo, exige gobernanza. No en el sentido de una autoridad centralizada, sino como una práctica distribuida que registra cómo se proponen, se discuten, se estabilizan o se retiran las correspondencias.
La primera capa de esta gobernanza es el registro de traducción. Su función es aparentemente sencilla: almacenar correspondencias entre vocabularios. Sin embargo, la función política de este registro radica en su negativa a establecer una única correspondencia como la definitiva. Un concepto puede tener diferentes correspondencias en función de la perspectiva disciplinaria, el conocimiento de la comunidad o el uso contextual. Una capa de mediación responsable registra estas correspondencias paralelas en lugar de eliminarlas.
Junto con los registros, las ontologías de mapeo proporcionan el componente semántico de la traducción. Los predicados convencionales —equivalencia exacta, contención jerárquica, conexión asociativa— capturan solo una fracción de las relaciones que surgen cuando los vocabularios reflejan mundos vivos en lugar de taxonomías. El conocimiento ritual, estacional, encarnado o socialmente restringido no puede reducirse a una equivalencia estática. Sus mapeos requieren expresiones de condicionalidad, parcialidad o rechazo. Por ello, una capa de mediación debe admitir formas de correspondencia que codifiquen límites, fracturas y asimetrías, reconociendo que algunos conceptos no pueden ni deben traducirse a la lógica de otro sistema.
El intermediario como interfaz
La mediación se pone en marcha cuando se llevan a cabo estas traducciones. Esta es la función del intermediario o "broker": un sistema capaz de asimilar vocabularios heterogéneos y aplicar la lógica de mapeo adecuada sin modificar las fuentes. El intermediario lee un microtesauro en los términos de su propia gobernanza, conserva su estructura y produce una representación adecuada para un repositorio, un agregador o una interfaz de búsqueda.
La tarea del intermediario implica una suerte de humildad arquitectónica. No corrige vocabularios, no los absorbe ni impone una jerarquía. Por el contrario, pone en marcha un encuentro reversible. El significado pasa a través del intermediario y emerge inteligible para otro sistema sin renunciar a su definición original.
Esta lógica ya existe de forma parcial en muchas ciberinfraestructuras científicas. Las plataformas de biodiversidad procesan los conjuntos de datos entrantes a través de canales de traducción configurables. Los agregadores de patrimonio cultural realizan la ingestión de datos mediante reglas de mapeo que conservan los metadatos locales y producen una lente común para la búsqueda. Estos sistemas no se diseñaron teniendo en cuenta la pluralidad epistémica, pero su arquitectura demuestra la viabilidad de una capa de mediación que trate la traducción como un proceso configurable y visible, en lugar de como una obligación.
Preservar las diferencias entre sistemas
Una capa de mediación solo es ética si mantiene la integridad de los vocabularios que conecta. Esto requiere registrar no solo las correspondencias exitosas, sino también las lagunas, las condiciones y los límites. Algunos términos se resisten a la traducción porque codifican relaciones u obligaciones que solo existen dentro de una comunidad o de un contexto ecológico específicos. Otros no pueden transferirse sin comprometer el secreto, la estacionalidad o la naturaleza del conocimiento que representan.
La capa de mediación debe preservar estos límites. Debe permitir silencios intencionados, no equivalencias y mapeos ocultos. Al hacerlo, reconoce que la interoperabilidad no es un bien absoluto. Es una función negociada cuyo alcance depende del contexto, el propósito y el consentimiento. Mantener la diferencia, en este sentido arquitectónico, no es una resistencia a la interoperabilidad, sino su condición previa. Los sistemas operan entre sí de forma responsable solo cuando no suponen la igualdad.
Hacia una ecología semántica federada
Cuando la mediación se convierte en un principio básico del diseño, los vocabularios dejan de comportarse como nodos en una jerarquía y comienzan a funcionar como miembros de una federación. Cada uno conserva el control sobre su lógica interna. Cada uno evoluciona a su propio ritmo. Cada uno mantiene las distinciones que son importantes para sus usuarios y comunidades. La capa de mediación forma una malla conectiva: un espacio donde se documentan las traducciones, se discuten las correspondencias y se permite que los significados se encuentren sin borrarse unos a otros.
En esta ecología federada, interoperabilidad no significa imponer un lenguaje común, sino cultivar una gramática arquitectónica compartida. El sistema no pide a los vocabularios que cambien. Solo les exige que hagan legibles sus límites, responsables sus términos y negociables sus relaciones. La mediación se convierte en la infraestructura que permite que la pluralidad permanezca intacta al tiempo que facilita la comunicación a múltiples escalas.
Conclusión: La política de lo intersticial
Los metadatos suelen presentarse como un lenguaje de certeza, pero su futuro depende de las infraestructuras que operan en la incertidumbre: los lugares donde las traducciones fallan, donde las equivalencias se rompen y donde los significados se rozan sin fusionarse. La mediación es la arquitectura de esa fricción. Transforma lo intersticial en el lugar de la gobernanza, la responsabilidad y la claridad filosófica.
La neutralidad entre vocabularios no es posible ni deseable. La traducción siempre conlleva fricción, y esa fricción es precisamente donde el significado conserva su integridad. Una capa de mediación no suaviza esos bordes, sino que les da estructura. Crea canales a través de los cuales dos o más mundos pueden encontrarse sin destrozarse, y trata lo intersticial no como un pasillo vacío, sino como un espacio controlado en el que los límites, los rechazos y las correspondencias siguen siendo visibles. En ese espacio, la diferencia no es un obstáculo para la interoperabilidad, sino la condición que la hace honesta, y un recordatorio de que cualquier conexión es más fuerte cuando no requiere la eliminación del otro.