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Historia del libro
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Esta sección reúne estudios sobre la historia del libro, la historia de la escritura, la cultura manuscrita, las bibliotecas, los archivos y las tradiciones documentales a través de una amplia variedad de geografías y períodos, desde la antigua Mesopotamia, Egipto y el Mediterráneo clásico hasta el Tíbet, China, el mundo islámico, Norteamérica indígena, Mesoamérica, el Pacífico y la Europa moderna temprana. Los textos exploran sistemas de escritura, formas del libro, prácticas de lectura, soportes materiales, registros pictográficos y mnemónicos, caligrafía, libros raros e inusuales, textos perdidos, manuscritos visuales, memoria oral y la vida social de los documentos, rastreando cómo el conocimiento ha sido inscrito, preservado, transmitido, transformado y, en ocasiones, destruido.
Artículos
2023
Civallero, Edgardo (2023). Imágenes enrolladas. Piedra de Agua, 11 (30), pp. 110-114. [Descargar]
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Una de las primeras expresiones materiales de la escritura y del control administrativo surgió en la antigua Mesopotamia, la región situada entre los ríos Tigris y Éufrates tradicionalmente asociada con la civilización de Sumer (Kengir). En este contexto, pequeños objetos grabados conocidos como sellos cilíndricos desempeñaron un papel crucial en el desarrollo de las primeras prácticas documentales. La evidencia arqueológica indica que los precursores más tempranos de estos dispositivos aparecieron ya en el sexto milenio a.C. en sitios neolíticos de Anatolia, el Levante y el norte de Mesopotamia. Inicialmente fabricados en arcilla y utilizados para asegurar instalaciones de almacenamiento, recipientes y graneros, estos sellos funcionaban como marcadores de propiedad y control sobre bienes. Con el tiempo evolucionaron hacia instrumentos más sofisticados, especialmente durante el período Uruk Tardío (alrededor de 3500 a.C.), cuando formas cilíndricas talladas en piedra comenzaron a incluir tanto imágenes como algunos de los ejemplos más tempranos de escritura cuneiforme.
Los sellos cilíndricos eran típicamente objetos pequeños, a menudo de apenas unos pocos centímetros de longitud, grabados con escenas que combinaban imaginería simbólica y, ocasionalmente, elementos textuales. Cuando eran rodados sobre una superficie de arcilla blanda —como una tablilla o el sello de un recipiente— producían una impresión continua y repetitiva. Esta técnica de rodamiento generaba lo que puede describirse como «imágenes desplegables», secuencias de figuras y signos que se extendían sobre la arcilla en una banda ininterrumpida. La iconografía representada en estos sellos evolucionó significativamente a lo largo del tiempo, reflejando motivos religiosos, escenas mitológicas, jerarquías sociales e identidades profesionales. Debido a que la superficie grabada permitía la repetición de escenas complejas, el dispositivo funcionaba simultáneamente como firma, emblema visual y artefacto comunicativo dentro de los sistemas administrativos de las primeras sociedades urbanas.
La producción de sellos cilíndricos requería una artesanía especializada. Los artesanos modelaban y perforaban piedras como clorita, esteatita, serpentina, mármol o piedra caliza, y posteriormente materiales más duros incluyendo hematita y cuarzo, frecuentemente importados desde regiones distantes como las tierras altas que rodeaban Mesopotamia o el Hindu Kush. Las técnicas involucraban herramientas abrasivas, taladros de arco e instrumentos de cobre provistos de puntas abrasivas, reflejando la sofisticación tecnológica de los talleres lapidarios en ciudades como Ur. Hacia el tercer milenio a.C., estos objetos estaban integrados en complejos sistemas burocráticos: los escribas que registraban transacciones en tablillas de arcilla autenticaban documentos mediante las impresiones de sellos de individuos o instituciones. Aunque los sellos circulares reaparecieron finalmente en el primer milenio a.C. junto con nuevos soportes de escritura como el pergamino y el papiro, los sellos cilíndricos permanecen como uno de los archivos visuales más ricos del arte mesopotámico antiguo y una de las primeras intersecciones materiales entre escritura, imaginería y autoridad documental en la historia humana.
Civallero, Edgardo (2023). Para no ser un fósil museístico. Gazeta del Saltillo, 10 (3), pp. 17-17. [Descargar]
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El papel social de las bibliotecas ha experimentado una transformación continua a lo largo de los siglos, adaptándose a cambios en las prácticas culturales, los formatos documentales, las lenguas y los sistemas de conocimiento. Desde los primeros repositorios de manuscritos y registros, las bibliotecas evolucionaron gradualmente hasta convertirse en espacios de encuentro intelectual, guardianas del patrimonio cultural e instituciones capaces de apoyar la educación, la investigación y la memoria colectiva. Dentro de esta trayectoria histórica, las bibliotecas también han estado entrelazadas con estructuras de poder mientras contribuían simultáneamente a procesos como la alfabetización, la libertad de expresión y la democratización del acceso a la información.
En las sociedades contemporáneas, marcadas por el cambio tecnológico y persistentes desigualdades sociales, las responsabilidades de las bibliotecas se extienden más allá de la preservación y organización de documentos. Los profesionales de la información poseen la capacidad de facilitar transformaciones sociales al permitir que las comunidades —particularmente aquellas históricamente marginadas— accedan al conocimiento y desarrollen las herramientas intelectuales necesarias para participar en la vida cívica. El concepto de brecha digital ilustra este desafío: aunque las tecnologías de la información proporcionan nuevos canales para la comunicación y el aprendizaje, las desigualdades en educación, formación y acceso a recursos continúan reproduciendo oportunidades desiguales. Las bibliotecas pueden intervenir en este escenario mediante el diseño de servicios y programas que aborden estas brechas intelectuales y educativas, ya sea a través de iniciativas digitales basadas en Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) o mediante formas más tradicionales de compromiso comunitario.
Para cumplir este papel, las bibliotecas deben ir más allá de modelos institucionales estáticos y adoptar prácticas flexibles y socialmente sensibles orientadas hacia las necesidades de sus usuarios. Esta transformación implica eliminar barreras que limitan el acceso al conocimiento y desarrollar estrategias de extensión que conecten los servicios bibliotecarios con escuelas, organizaciones comunitarias, asociaciones culturales y barrios desatendidos. También requiere que los profesionales de la información cultiven perspectivas interdisciplinarias, integrando herramientas y enfoques provenientes de campos como la historia, la lingüística, la educación y el derecho. En este sentido, la bibliotecología emerge no como una disciplina cerrada o estática, sino como un campo en evolución cuya efectividad depende de un compromiso sostenido con la responsabilidad social, la participación activa en las comunidades y la redefinición continua de su misión dentro de entornos culturales e informacionales cambiantes.
Civallero, Edgardo (2023). Un código sin Rosetta. Piedra de Agua, 12 (31), pp. pp. 78-81. [Descargar]
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Una de las tradiciones de escritura más enigmáticas conocidas por la investigación académica es el sistema denominado rongorongo, asociado con la cultura indígena de Rapa Nui, comúnmente conocida como Isla de Pascua. Situada en el océano Pacífico sudoriental, aproximadamente a 3.700 kilómetros del punto más cercano de la costa sudamericana, Rapa Nui fue poblada entre aproximadamente 400 y 1200 d.C. por navegantes polinesios, probablemente procedentes de las Islas Marquesas. A lo largo de los siglos, estas comunidades desarrollaron un complejo cultural distintivo que incluía centros ceremoniales monumentales marcados por las famosas estatuas moai, prácticas agrícolas especializadas y una estructura social estratificada. Dentro de este contexto surgió un sistema gráfico único grabado sobre tablillas y objetos de madera, una forma de inscripción que constituye la única tradición indígena de escritura conocida del área cultural del Pacífico.
La escritura, conocida como rongorongo —un término que significa "recitar" en lengua rapanui— era tallada en madera utilizando herramientas como dientes de tiburón o cuchillas de obsidiana. Las inscripciones aparecen sobre objetos tales como tablillas de madera, bastones ceremoniales y pectorales decorativos conocidos como reimiros. Los investigadores interpretan generalmente el sistema como un dispositivo mnemónico utilizado para preservar conocimientos rituales, genealogías, cantos y otros textos culturalmente significativos. Los especialistas entrenados para interpretar estas inscripciones eran conocidos como tangata rongorongo, individuos responsables de recitar y transmitir el conocimiento codificado dentro de la comunidad. Los glifos incluyen figuras antropomorfas, animales, símbolos celestes y formas geométricas, organizados en secuencias que parecen seguir un inusual patrón de lectura conocido como bustrofedón inverso, en el cual las líneas alternan dirección mientras la tablilla misma es rotada durante la lectura.
A pesar de considerables esfuerzos académicos, el sistema rongorongo permanece sin descifrar. La desaparición de los últimos lectores conocedores durante el siglo XIX —causada por epidemias, disrupción colonial y la esclavización de numerosos rapanui durante las expediciones peruanas de extracción de guano en la década de 1860— eliminó el conocimiento cultural necesario para interpretar los glifos. Tal como describen los registros históricos, los observadores europeos encontraron por primera vez esta escritura durante la ceremonia de anexión española de 1770, cuando líderes locales firmaron el documento utilizando símbolos rongorongo. Solo un pequeño corpus de inscripciones sobrevive en la actualidad: aproximadamente veinticinco objetos autenticados, incluyendo catorce tablillas completas y varios fragmentos preservados en museos alrededor del mundo. Sin una inscripción bilingüe comparable a la Piedra de Rosetta o a la inscripción de Behistún —artefactos que permitieron el desciframiento de los jeroglíficos egipcios y de la escritura cuneiforme mesopotámica— los textos rongorongo continúan resistiendo la interpretación, dejando tras de sí un archivo silencioso cuyos significados permanecen en gran medida inaccesibles, aunque profundamente significativos para el estudio de los sistemas de escritura, las tradiciones indígenas de conocimiento y la historia cultural del Pacífico.
2022
Civallero, Edgardo (2022). Los gigantes del sur del mundo. Piedra de Agua, 10 (29), pp. 103-105. [Descargar]
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Las primeras exploraciones europeas del extremo sur de Sudamérica generaron un persistente conjunto de narrativas que describían la supuesta existencia de "gigantes" habitando las costas e islas de Patagonia y Tierra del Fuego. Estos relatos circularon ampliamente en la literatura de viajes de los siglos XVI y XVII y quedaron incorporados en la imaginación geográfica europea, moldeando la cartografía, la especulación etnográfica y la representación literaria de las regiones más australes del mundo. Los orígenes de la leyenda suelen remontarse a las crónicas de Antonio Pigafetta, el navegante veneciano que acompañó la expedición de Fernando de Magallanes durante la primera circunnavegación del globo (1519-1522). En su Relazione del primo viaggio intorno al mondo, Pigafetta describió un encuentro en 1520, en Puerto San Julián, con un indígena de estatura extraordinaria, a quien el comandante de la expedición se refirió como un "Patagón". El término, posteriormente aplicado a la región misma, contribuyó a la duradera asociación entre Patagonia y la idea de habitantes gigantescos.
Exploradores y cronistas posteriores repitieron y ampliaron estos relatos, reforzando el mito a través de sucesivas narrativas de viaje. Gonzalo Fernández de Oviedo mencionó grandes huellas atribuidas a «gigantes o patagones» en su Historia general y natural de las Indias, mientras que el capellán de Francis Drake, Francis Fletcher, y viajeros posteriores como Sir Thomas Cavendish y Anthony Knivet describieron enormes huellas y cuerpos de tamaño inusual encontrados a lo largo de la costa patagónica. El historiador español Bartolomé Leonardo de Argensola, en Conquista de las islas Malucas (1609), relató afirmaciones según las cuales Magallanes había capturado individuos descritos como gigantes, y navegantes neerlandeses posteriores, incluyendo a Sebald de Weert, Olivier van Noort, Joris van Spilbergen y Willem Schouten, informaron avistamientos de habitantes excepcionalmente altos en el Estrecho de Magallanes y territorios vecinos. Estos relatos circularon en compilaciones de viajes ampliamente leídas, como los Great Voyages publicados por Theodor de Bry entre 1590 y 1630, popularizando aún más la imagen de Patagonia como una tierra de personas enormes.
La investigación etnográfica e histórica moderna ha demostrado que estas descripciones fueron exageraciones o malentendidos más que evidencia de una estatura humana extraordinaria. Las sociedades indígenas del sur de Patagonia y Tierra del Fuego —incluyendo a los aonik'enk o tehuelches meridionales, los selk'nam (onas), los qawásqar (alacalufes) y los yámana (yaganes)— no diferían significativamente en altura de otras poblaciones humanas. La persistencia de la leyenda ilustra, sin embargo, cómo la literatura temprana de viajes transformó encuentros aislados y errores interpretativos en mitos geográficos duraderos. A través de citas repetidas en narrativas de exploración, mapas y crónicas históricas, la idea de los «gigantes del sur del mundo» se convirtió en un elemento simbólico de las representaciones europeas de la Patagonia y de las regiones más australes del continente americano.
Civallero, Edgardo (2022). Los manuscritos de la Tierra del Dragón de Jade. Piedra de Agua, 10 (27), pp. 97-100. [Descargar]
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El pueblo Naxi constituye una de las minorías étnicas oficialmente reconocidas por la República Popular China y habita las regiones montañosas situadas a lo largo de las laderas sudorientales del Himalaya, particularmente alrededor de la ciudad de Lijiang, en el noroeste de la provincia de Yunnan, y en áreas vecinas de Sichuan y de las zonas fronterizas tibetanas. Su lengua pertenece a la rama tibeto-birmana de la familia lingüística sino-tibetana y ha estado históricamente influida por el contacto con las lenguas china, tibetana y bai. Históricamente, las comunidades naxi participaron en las rutas caravaneras que conectaban China, el Tíbet y la India, especialmente a lo largo de la llamada Ruta del Té y los Caballos (Chá Mǎ Dào), al tiempo que mantenían un sistema cultural y religioso distintivo centrado en tradiciones animistas administradas por especialistas rituales conocidos como dongba.
Central en la práctica religiosa naxi es una singular tradición de escritura pictográfica comúnmente conocida como escritura dongba. Desarrollado y utilizado principalmente por los sacerdotes dongba, este sistema consiste en gran medida en pictogramas que funcionan como dispositivos mnemónicos más que como una representación plenamente fonética de la lengua. Los símbolos sirven como apoyos que permiten a los sacerdotes recitar o reconstruir textos rituales, mitos, plegarias e instrucciones ceremoniales preservados en gran medida mediante transmisión oral. Cuando los signos pictográficos resultaban insuficientemente precisos, podían complementarse con anotaciones escritas en geba, una escritura silábica de aproximadamente dos mil símbolos que probablemente derivó del sistema de escritura yi y muestra influencias de los caracteres chinos. Los manuscritos que contienen estos signos eran típicamente escritos con pinceles o plumas de bambú y tinta a base de hollín sobre papel artesanal basto y encuadernados entre cubiertas decoradas, formando libros rituales utilizados durante ceremonias tales como ritos funerarios, exorcismos y rituales de adivinación.
Miles de manuscritos dongba han sido preservados en colecciones alrededor del mundo y constituyen un invaluable registro documental de la cultura naxi. Estos textos contienen narrativas mitológicas, relatos cosmológicos, instrucciones rituales, conocimientos agrícolas, tradiciones históricas y descripciones de la vida cotidiana, convirtiéndose en una de las tradiciones manuscritas pictográficas más extensas que aún sobreviven. Colecciones significativas se encuentran en instituciones como la Library of Congress en Washington, la Yenching Library de Harvard University, la British Library en Londres, la Staatsbibliothek de Berlín y la John Rylands Library de Manchester, mientras que el Dongba Culture Research Institute en Lijiang preserva aproximadamente mil manuscritos. A pesar de su importancia histórica, la tradición enfrenta graves amenazas: la escritura dongba fue desalentada tras el establecimiento de la República Popular China en 1949, numerosos manuscritos fueron destruidos durante la Revolución Cultural y hoy solo un pequeño número de ancianos sacerdotes dongba y lingüistas especializados conserva el conocimiento necesario para leer y escribir los pictogramas, haciendo de la preservación de este sistema de escritura y de sus manuscritos una preocupación urgente para investigadores e instituciones culturales.
Civallero, Edgardo (2022). Nüshü. Palabras entre mujeres. Piedra de Agua, 10 (28), pp. 121-123. [Descargar]
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En el condado de Jiangyong, en la provincia china meridional de Hunan, se desarrolló entre las mujeres una tradición de escritura distintiva que difería fundamentalmente de la dominante escritura logográfica china. Conocido como nüshu —literalmente "escritura de mujeres"— este sistema era utilizado para representar una variedad hablada local denominada tuhua o Xiangnan tuhua, una lengua hablada en comunidades situadas a lo largo del río Xiao. A diferencia de la escritura china estándar, en la cual cada carácter representa un morfema o una palabra, el nüshu funcionaba como un sistema silábico: cada signo correspondía a una sílaba de la lengua hablada. Los investigadores estiman que el repertorio central incluía aproximadamente entre seiscientos y setecientos símbolos básicos, aunque el número total de caracteres registrados —contando variantes y formas estilísticas— alcanza aproximadamente trece mil. La escritura evolucionó a partir de adaptaciones simplificadas del estilo kaishu ("escritura regular") de los caracteres chinos, cuyas formas cuadradas fueron transformadas en figuras alargadas y romboidales compuestas por trazos finos e inclinados.
La función social distintiva del nüshu residía en su asociación exclusiva con las mujeres. Era escrito sobre papel, bordado en textiles o pintado sobre objetos tales como abanicos y pañuelos, sirviendo como medio de comunicación y solidaridad dentro de las comunidades femeninas rurales de Jiangyong. Gran parte del corpus preservado consiste en sanzhaoshu ("libros del tercer día"), pequeños cuadernos preparados por madres o compañeras cercanas y entregados a una novia tres días después de su matrimonio. Estos manuscritos contenían poemas, canciones y reflexiones personales que expresaban afecto, consejos y tristeza ante la separación impuesta por el matrimonio. Los textos en nüshu también eran utilizados para cartas, narraciones autobiográficas, felicitaciones de cumpleaños y composiciones líricas frecuentemente escritas en versos poéticos de siete sílabas. A través de estos escritos, las mujeres registraban aspectos de sus vidas cotidianas, creencias, relaciones familiares y experiencias emocionales, creando un raro registro documental de voces que de otro modo estaban ampliamente ausentes de la historia literaria de la sociedad china tradicional.
La supervivencia de esta escritura estaba estrechamente vinculada a prácticas sociales como la relación laotong, un vínculo de por vida entre dos mujeres que se consideraban hermanas juradas y se comunicaban mediante mensajes en nüshu intercambiados en cartas u objetos inscritos. A pesar de su importancia cultural, la tradición declinó gradualmente durante el siglo XX. Su uso fue desalentado durante períodos de agitación política, incluyendo la ocupación japonesa y posteriormente la Revolución Cultural china, y la expansión de la educación en chino estándar redujo aún más su transmisión. Yang Huanyi, ampliamente reconocida como la última practicante nativa capaz de leer y escribir el sistema con fluidez, murió en 2004 en Jiangyong a la edad de noventa y ocho años. Aunque investigadores contemporáneos e iniciativas culturales han intentado documentar y revitalizar la escritura, gran parte del mundo social que otorgaba significado al nüshu —sus redes de compañerismo femenino, apoyo mutuo e intercambio íntimo— ha desaparecido en gran medida, dejando al sistema de escritura tanto como una curiosidad lingüística como un poderoso testimonio de la expresión cultural femenina en la China rural.
2006
Civallero, Edgardo (2006). Los primeros pasos de la biblioteca. Diario Los Andes (Mendoza, Argentina), (1), pp. 1-2. [Descargar]
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Este texto presenta una reflexión histórica sobre los orígenes y las funciones tempranas de las bibliotecas, situando su surgimiento dentro del desarrollo de los sistemas de escritura y de las primeras civilizaciones complejas. Comenzando con los centros archivísticos y documentales de la antigua Mesopotamia alrededor del tercer milenio a.C., examina cómo la invención de la escritura permitió la codificación, el almacenamiento y la transmisión de información, transformando el conocimiento en un recurso social duradero. Al mismo tiempo, el texto enfatiza que la información escrita siempre ha estado entrelazada con estructuras de poder: la capacidad de registrar, preservar y controlar información permitió a las élites gobernantes administrar territorios, legitimar la autoridad y modelar la memoria histórica transmitida a las generaciones posteriores.
La narrativa rastrea la evolución de las prácticas documentales a través de múltiples contextos culturales en los que los sistemas de escritura surgieron de manera independiente, incluyendo regiones como China, el subcontinente indio y Mesoamérica. Las primeras bibliotecas y archivos son descritos como instituciones estrechamente conectadas con templos, palacios y autoridades gubernamentales, donde escribas y primeros gestores de información desarrollaron técnicas para organizar tablillas de arcilla y otros soportes documentales. A través de estas prácticas, las bibliotecas se convirtieron en repositorios de registros administrativos, textos literarios, escritos religiosos y conocimientos lingüísticos, consolidando su papel como instituciones responsables de salvaguardar la memoria colectiva y facilitar la continuidad de las tradiciones culturales a través de generaciones.
El texto explora además la vulnerabilidad del conocimiento registrado en contextos de guerra, conquista y transformación política, destacando la destrucción de archivos y bibliotecas como una estrategia deliberada para borrar la memoria cultural. Ejemplos que van desde centros antiguos como Nínive hasta conflictos modernos ilustran cómo la pérdida del patrimonio documental interrumpe la continuidad histórica de las sociedades. Dentro de esta larga perspectiva histórica, las bibliotecas emergen como instituciones encargadas de preservar el conocimiento, proteger la memoria cultural y transmitir el patrimonio intelectual de las civilizaciones, al tiempo que reflejan las persistentes tensiones entre acceso a la información, autoridad política y desigualdad social.
Otros
2018
Civallero, Edgardo (2018). Diez textos desaparecidos. Pre-print. [Descargar]
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A lo largo de la historia, muchos textos influyentes han desaparecido a través de procesos de destrucción, negligencia, transformación lingüística o agitación política. El registro histórico conserva referencias a numerosas obras que alguna vez circularon ampliamente pero que hoy son conocidas solo a través de fragmentos, citas, traducciones o testimonios indirectos. Estos escritos perdidos abarcan diversas tradiciones culturales y géneros, incluyendo oráculos religiosos, tratados filosóficos, colecciones poéticas, compilaciones enciclopédicas y crónicas históricas. Su desaparición ilustra la fragilidad de la transmisión textual y la dependencia de la historia intelectual respecto de la supervivencia de manuscritos, las prácticas de copia y la preservación institucional.
Algunos casos involucran textos conocidos principalmente mediante referencias secundarias o supervivencias parciales. Los Libros Sibilinos (Libri Sibyllini), una colección de oráculos proféticos griegos en hexámetros atribuidos a la Sibila Helespóntica y preservados en Roma bajo la supervisión de los quindecemviri sacris faciundis, fueron destruidos cuando el Templo de Júpiter en la Colina Capitolina ardió en 83 a.C., siendo posteriormente reconstruidos a partir de materiales oraculares relacionados reunidos en lugares tales como Eritras, Samos, Sicilia y el norte de África. De manera similar, la poesía lírica de Safo de Lesbos —compilada alguna vez en al menos ocho libros por eruditos alejandrinos y compuesta quizás por diez mil versos— sobrevive hoy solo en fragmentos preservados en citas de autores posteriores y en papiros recuperados en Oxirrinco, Egipto. La tragedia griega ofrece otro ejemplo: aunque Esquilo escribió aproximadamente noventa obras, solo siete sobreviven intactas, mientras que trabajos como la trilogía comúnmente denominada Achilleis —incluyendo Mirmidones, Nereidas y Frigios— permanecen conocidos mediante líneas dispersas preservadas en manuscritos posteriores y fragmentos de papiro.
Otras tradiciones sufrieron pérdidas a una escala mucho mayor debido a conquistas, censura o convulsiones históricas. Los códices mayas precolombinos, escritos sobre papel de corteza huun y conteniendo conocimientos calendáricos, rituales, históricos y genealógicos, fueron destruidos en gran medida durante la conquista española de Mesoamérica, notablemente en el auto de fe de 1562 ordenado por el obispo franciscano Diego de Landa en Maní (Yucatán); solo un puñado de manuscritos —los códices de Dresde, Madrid y París, junto con el disputado Códice Grolier— son conocidos hoy. La literatura religiosa y académica en otros lugares experimentó fragmentaciones similares. Los textos sagrados del zoroastrismo, conocidos colectivamente como el Avesta, fueron repetidamente perdidos y reconstruidos a lo largo de los siglos, con grandes porciones destruidas tras el incendio de Persépolis durante la campaña de Alejandro Magno y nuevamente durante invasiones posteriores. La historia intelectual china conserva relatos acerca de un perdido sexto clásico confuciano, el Clásico de la Música (Yuèjīng), que se cree desapareció durante la supresión de libros y eruditos de la dinastía Qin entre 213 y 210 a.C. Procesos comparables de pérdida afectaron compilaciones monumentales tales como la Enciclopedia Yongle de la dinastía Ming —que alguna vez consistió en más de 11.000 volúmenes manuscritos y 370 millones de caracteres— y las obras de eruditos como el polígrafo árabe Ibn al-Haytham, de cuyos más de doscientos tratados solo sobrevive una fracción. En conjunto, estos casos revelan cómo la desaparición de textos ha modelado profundamente los contornos de la memoria cultural y la comprensión histórica de las tradiciones intelectuales antiguas y medievales.
Civallero, Edgardo (2018). Diez textos, diez escrituras. Pre-print. [Descargar]
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Los sistemas de escritura humanos han surgido en estrecha relación con contextos culturales, lingüísticos e históricos específicos, produciendo una notable diversidad de tradiciones gráficas alrededor del mundo. Alfabetos, silabarios, abugidas y sistemas logográficos se desarrollaron en respuesta a las estructuras fonológicas de lenguas particulares y a los entornos intelectuales en los que fueron utilizados. Desde manuscritos litúrgicos y códices legales hasta narrativas épicas y registros genealógicos, estas escrituras sirvieron como instrumentos mediante los cuales las sociedades codificaron memoria, autoridad, religión y organización política. El examen de una variedad de sistemas históricos de escritura ilustra tanto la diversidad de soluciones gráficas ideadas para representar el lenguaje como las tradiciones documentales que las acompañaron.
Entre las primeras escrituras eslavas se encontraba el alfabeto glagolítico, tradicionalmente atribuido al misionero bizantino Cirilo de Tesalónica en el siglo IX y utilizado para traducir textos litúrgicos cristianos al eslavo eclesiástico antiguo en la Gran Moravia. Uno de sus testimonios supervivientes más importantes es el Codex Marianus, un manuscrito evangélico del siglo XI descubierto por el eslavista Viktor Ivanovič Grigorovič en el Monte Athos y posteriormente preservado en la Biblioteca Estatal Rusa. En la Escandinavia medieval, la escritura rúnica se desarrolló a partir de alfabetos germánicos anteriores como el futhark y evolucionó hacia una forma medieval tardía registrada en manuscritos tales como el Codex Runicus (ca. 1300), que preserva la Skånske lov o Ley de Escania junto con regulaciones eclesiásticas y notas históricas. En el Cuerno de África, la escritura etiópica o ge'ez —una abugida derivada de la escritura sudarábiga— sirvió como vehículo para una amplia tradición literaria cristiana; uno de sus textos más célebres es el Kebra Nagast ("Gloria de los Reyes"), una obra del siglo XIV que narra la genealogía legendaria de la dinastía salomónica de Etiopía y el traslado del Arca de la Alianza a Aksum.
Otros sistemas de escritura reflejan las redes interculturales a través de las cuales los textos circularon por Asia y el Pacífico. La escritura sogdiana, derivada del siriaco y utilizada entre los siglos I y XII en Asia Central, aparece en documentos como las "Cartas Antiguas" descubiertas por Aurel Stein cerca de Dunhuang, que incluyen tanto correspondencia comercial como mensajes personales del siglo IV temprano. En el sudeste asiático, escrituras derivadas de la antigua tradición brahmi generaron numerosos alfasilabarios regionales, incluyendo la escritura balinesa utilizada en manuscritos lontar sobre hojas de palma como el Arjunawiwāha del siglo XI, la escritura lao empleada en narrativas budistas como la historia de Nang Olaphim, y la escritura baybayin de Filipinas, que aparece en obras impresas tempranas como la Doctrina Christiana de 1593 producida por misioneros españoles en Manila. Tradiciones comparables incluyen la escritura lontara del pueblo bugis de Sulawesi, empleada en manuscritos de la monumental epopeya Sureq Galigo, y el sistema pictográfico-logográfico de la civilización mixteca de Mesoamérica, preservado en códices como el Codex Vindobonensis Mexicanus I (Códice Yuta Tnoho), un manuscrito plegado de piel de venado que narra genealogías e historias mitológicas de gobernantes mixtecos. Estos ejemplos demuestran la inmensa diversidad de sistemas de escritura y formas documentales desarrolladas por las sociedades humanas, cada una inserta en tradiciones lingüísticas, religiosas e históricas específicas.
2017
Civallero, Edgardo (2017). Pictografías indígenas. Pre-print. [Descargar]
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La comunicación pictográfica ha desempeñado un papel central en la transmisión del conocimiento entre numerosas sociedades indígenas de Norteamérica. Los pictogramas —dibujos simplificados creados con intención comunicativa— funcionan como signos visuales capaces de representar ideas, acontecimientos o apoyos mnemónicos más que lenguaje fonético. Estos sistemas gráficos aparecen en formas altamente esquemáticas diseñadas para enfatizar los elementos esenciales de un mensaje mientras omiten detalles innecesarios. A través de numerosas tradiciones indígenas, los pictogramas sirvieron como ayudas para la memoria, dispositivos narrativos y registros documentales que preservaban historias, acontecimientos históricos y conocimientos culturales para su transmisión a través de generaciones.
La pictografía indígena se expresó mediante una notable diversidad de materiales y técnicas. En las regiones sudoccidentales de lo que hoy son los Estados Unidos, los pictogramas eran grabados sobre superficies óseas tales como escápulas de búfalo; un ejemplo reproducido por el etnólogo Henry R. Schoolcraft representa una escena Comanche incisa sobre una paleta de búfalo que ilustra un conflicto entre cazadores indígenas y colonos españoles. Otras tradiciones emplearon materiales orgánicos o manufacturados como soportes comunicativos. En el este de Canadá y el nordeste de los Estados Unidos, diseños decorativos tejidos con púas de puercoespín teñidas eran aplicados sobre objetos hechos de corteza de abedul, mientras que cuentas de concha dispuestas en patrones formaban cinturones de wampum utilizados por los Haudenosaunee (Confederación Iroquesa) para registrar tratados, alianzas y acuerdos políticos. Otros medios incluían pinturas rituales de arena creadas por especialistas ceremoniales Diné (Navajo), registros genealógicos grabados sobre placas de cobre entre los ojibwe y símbolos tallados sobre árboles en territorio Cayuga, los cuales funcionaban como una especie de archivo histórico que narraba batallas, victorias y acontecimientos sociales.
Otros sistemas pictográficos estaban integrados en objetos cotidianos o formas documentales portátiles. Entre los pueblos Haida y Tlingit de la costa noroccidental del Pacífico, motivos simbólicos que representaban identidades de clan y seres mitológicos eran pintados o tejidos en cestas, sombreros y otros objetos utilitarios fabricados con raíces de abeto y corteza de cedro. Los Tongva del sur de California utilizaban dispositivos mnemónicos consistentes en varillas marcadas y cordeles con nudos para registrar transacciones comerciales, mientras que los Ojibwe producían rollos de corteza de abedul conocidos como wiigwaasabak, algunos de los cuales preservaban conocimientos rituales asociados con el Midewiwin o Gran Sociedad de Medicina. En las Grandes Llanuras, pueblos como los Lakota, Dakota y Nakota registraban la memoria histórica mediante calendarios pictóricos conocidos como "cuentas de invierno" (waníyetu wówapi), pintados sobre pieles de búfalo y representando acontecimientos significativos de cada año a través de una secuencia de imágenes. Estas diversas prácticas demuestran cómo la pictografía funcionó como un complejo sistema documental inserto en la cultura material, la práctica ritual y la memoria colectiva a través de la Norteamérica indígena.
2016
Civallero, Edgardo (2016). El Cherokee Phoenix. Pre-print. [Descargar]
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La creación del silabario cherokee a comienzos del siglo XIX representa uno de los episodios más notables en la historia de los sistemas de escritura y de la alfabetización indígena en las Américas. El sistema fue ideado por Sequoya (c. 1770-1843), también conocido como George Gist o Guess y como Siqwavi en lengua cherokee, un platero del pueblo Cherokee o Ani-Yvwiya que vivía en la región que hoy corresponde a los estados de Tennessee, Alabama, Arkansas y Oklahoma en los Estados Unidos. Fascinado por la capacidad de los mensajes escritos —que describía como "hojas parlantes"— para preservar y transmitir información a distancia, Sequoya desarrolló entre 1809 y 1821 un sistema de escritura silábico para la lengua cherokee, Tsalagi tigaloquastodi, compuesto por ochenta y seis caracteres que representaban sílabas. Adoptado oficialmente por la Nación Cherokee en 1825, el silabario permitió una rápida alfabetización entre los hablantes cherokee, llegando en ocasiones a superar las tasas de alfabetización de los colonos euroamericanos circundantes.
El éxito del silabario cherokee tuvo consecuencias más amplias en la historia de los sistemas indígenas de escritura en Norteamérica. Su difusión inspiró otras escrituras silábicas creadas o adaptadas durante el siglo XIX, incluyendo el silabario cree desarrollado por el misionero metodista James Evans en la década de 1840 en Rupert's Land y la región de la Bahía de Hudson, basándose parcialmente en conocimientos del devanagari y de sistemas de taquigrafía como los de Taylor y Pitman. Adaptaciones posteriores y sistemas relacionados fueron introducidos para lenguas tales como ojibwe (chippewa), inuktitut, blackfoot (siksika), slavey (dene k'e), chipewya (denésoliné) y carrier (dakelh), a través del trabajo de misioneros como John Horden, Edwin Arthur Watkins, Edmund Peck, John William Tims, Émile Petitot y Adrien-Gabriel Morice. Algunos de estos silabarios continúan utilizándose hoy, particularmente el silabario cherokee y los sistemas silábicos cree e inuktitut empleados en regiones de Canadá incluyendo Nunavut y Nunavik.
El silabario también permitió el desarrollo de una cultura impresa indígena. En 1828, la Nación Cherokee estableció el Cherokee Phoenix (Tsalagi tsulehisanvhi), impreso en New Echota, Georgia, el primer periódico publicado en una lengua indígena en Norteamérica y una de las primeras publicaciones de este tipo en las Américas. El periódico era producido utilizando tipos móviles creados para el silabario cherokee por el misionero Samuel Worcester, y su primer editor fue Elias Boudinot (Galagina Oowatie). El periódico posteriormente se convirtió en el Cherokee Phoenix and Indians' Advocate y continuó publicándose en Tahlequah, Oklahoma, antes de que conflictos políticos y políticas federales contra el autogobierno cherokee forzaran su cierre en 1834; más tarde reapareció como el Cherokee Advocate entre 1844 y 1906. Los ejemplares supervivientes del siglo XIX, preservados en instituciones tales como la University of Georgia y la Digital Library of Georgia, constituyen un registro documental fundamental del periodismo indígena, la preservación lingüística y la historia de la cultura impresa de los pueblos originarios de América del Norte.
Civallero, Edgardo (2016). El libro etrusco que envolvió una momia. Pre-print. [Descargar]
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La lengua etrusca permanece como uno de los sistemas lingüísticos más enigmáticos del Mediterráneo antiguo. Hablada por los Rasna o Rasenna —conocidos por los griegos como Tyrrhenoi y por los romanos como Tusci o Etrusci— se desarrolló dentro de la civilización que floreció en Etruria entre aproximadamente 800 y 100 a.C., en la región correspondiente a la actual Toscana y partes de Umbría, Lacio, Campania, Lombardía, Véneto y Emilia-Romaña en Italia. A diferencia del latín y de la mayoría de las demás lenguas de la península itálica, el etrusco no era indoeuropeo y sus orígenes permanecen inciertos. Aunque los etruscos adoptaron un alfabeto derivado de la escritura griega utilizada por colonos procedentes de Eubea en colonias como Cumas e Isquia durante el siglo VII a.C., la lengua misma no posee descendientes conocidos. La evidencia arqueológica y epigráfica —incluyendo aproximadamente 13.000 inscripciones compiladas en el Corpus Inscriptionum Etruscarum de la Universidad de Uppsala— demuestra que la escritura desempeñó un papel significativo en la sociedad etrusca, apareciendo sobre objetos cotidianos, monumentos funerarios, cerámicas pintadas, espejos grabados y artefactos rituales, aunque casi ninguna de las obras literarias mencionadas por autores romanos ha sobrevivido.
Entre los pocos textos extensos preservados en lengua etrusca, el más notable es el Liber Linteus Zagrabiensis ("Libro de Lino de Zagreb"), el manuscrito etrusco más largo conocido y el único libro antiguo superviviente escrito sobre lino. El documento medía originalmente aproximadamente 340 por 45 centímetros y contenía doce columnas y alrededor de 230 líneas de texto escritas de derecha a izquierda con tinta negra y rubricación roja. El análisis lingüístico indica que el manuscrito fue producido entre finales del siglo II a.C. y alrededor de 150 a.C., posiblemente en el norte de Etruria, cerca de Perugia, aunque rasgos dialectales sugieren que el escriba pudo haber trabajado previamente en centros meridionales como Tarquinia. Investigadores como Karl Olzscha y L. Bouke van der Meer han interpretado el texto como un calendario ritual que describe ceremonias, sacrificios y ofrendas dedicadas a diversas deidades etruscas —incluyendo Tin, Nethuns y Lusa— dentro del marco religioso de las prácticas rituales etruscas.
La supervivencia de este manuscrito único es el resultado de una extraordinaria cadena de accidentes históricos. Durante el período ptolemaico en Egipto, el manuscrito de lino fue cortado en tiras y reutilizado como envoltura para la momificación de una mujer llamada Nesi-hensu en Tebas. La momia fue posteriormente adquirida en Alejandría en 1848 por el viajero croata Mihajlo Barić y finalmente donada al Museo Arqueológico de Zagreb. Inicialmente identificado erróneamente como escritura egipcia por el egiptólogo Heinrich K. Brugsch, el texto fue posteriormente reconocido como etrusco por Jacob Krall en 1891. Restauraciones modernas y análisis fotográficos realizados por Francesco Roncalli y la Fundación Abegg en Riggisberg permitieron reconstruir la disposición original de las bandas de lino. Hoy el Liber Linteus Zagrabiensis representa una fuente crucial para el estudio de la lengua etrusca, la religión, los calendarios rituales y las tradiciones textuales del Mediterráneo antiguo, ilustrando cómo frágiles artefactos documentales pueden sobrevivir a través de trayectorias inesperadas entre culturas y siglos.
Civallero, Edgardo (2016). Il Tiberio: un zine en la Barcelona postmoderna. Pre-print. [Descargar]
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A finales del siglo XIX, las revistas manuscritas y las publicaciones artísticas de pequeña circulación constituían un importante medio de intercambio intelectual dentro de los círculos artísticos europeos. Entre estas formas efímeras de producción cultural se encontraba Il Tiberio, una revista manuscrita creada en Barcelona entre 1896 y 1898 por un grupo de jóvenes artistas asociados con la Acadèmia Borrell y con el espacio informal de reunión conocido como El Rovell de l'Ou, una taberna situada en la Carrer de l'Hospital, en el centro histórico de la ciudad. Producida antes de que las tecnologías de reproducción mecánica fueran accesibles para pequeños grupos, cada número existía como una única copia manuscrita que contenía artículos, críticas artísticas, comentarios culturales y dibujos originales. Entre los colaboradores se encontraban figuras que posteriormente alcanzarían notoriedad dentro del arte catalán, tales como los pintores Marià Pidelaserra i Brias, Juli Borrell i Pla, Josep-Víctor Solà i Andreu, el caricaturista Gaietà Cornet i Palau, el escultor Emili Fontbona i Ventosa y el litógrafo e ilustrador Ramon Riera i Moliner, quien actuó como principal organizador del proyecto.
La revista funcionaba principalmente como un medio de comunicación con el pintor Pere Ysern i Alié, miembro del grupo que se había trasladado a Roma en 1896 para continuar su formación artística. A través de las páginas manuscritas de Il Tiberio, sus colegas documentaban debates artísticos, acontecimientos culturales y reflexiones personales que tenían lugar dentro del ambiente artístico barcelonés. La publicación adoptó el formato físico del semanario catalán satírico y anticlerical L'Esquella de la Torratxa, con unas dimensiones aproximadas de 32,5 por 20,5 centímetros. Entre el 15 de noviembre de 1896 y el 1 de mayo de 1898, el grupo produjo treinta y cinco números regulares y cinco números especiales, un ritmo de producción inusualmente intenso para un fanzine manuscrito creado colectivamente por artistas que todavía eran estudiantes. El título de la revista derivaba del apodo que Ramon Riera i Moliner daba al propio Ysern, reforzando la naturaleza íntima y personal del proyecto.
Más allá de su papel como artefacto de correspondencia privada, Il Tiberio también refleja los debates estéticos y políticos del entorno cultural catalán en el cambio de siglo. El círculo asociado con El Rovell de l'Ou se posicionó en oposición a las corrientes dominantes del modernisme catalán, defendiendo una renovación artística mientras rechazaba lo que consideraban el excesivo simbolismo y la fantasía decorativa del movimiento, incluyendo motivos como hadas, enanos y figuras míticas populares en la literatura y las artes visuales modernistas. Influidos por las enseñanzas del pintor Pere Borrell del Caso y comprometidos con discusiones en torno al catalanismo —entonces dividido entre las ideas progresistas de Valentí Almirall y el nacionalismo conservador asociado con Enric Prat de la Riba— el grupo articuló sus posiciones estéticas mediante ensayos, sátira y comentario visual. Tras el regreso de Ysern desde Roma, la colección superviviente de la revista pasó por varias bibliotecas privadas antes de ingresar en la Biblioteca de Catalunya, donde fue preservada y posteriormente digitalizada, convirtiéndose en un valioso documento de las redes artísticas catalanas de finales del siglo XIX, de las publicaciones periódicas manuscritas y de formas tempranas de lo que más tarde sería reconocido como cultura zine.
Civallero, Edgardo (2016). Juana Capdevielle, bibliotecaria represaliada. Pre-print. [Descargar]
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Juana María Clara Capdevielle San Martín (Madrid, 12 de agosto de 1905 - Rábade, Lugo, 18 de agosto de 1936) fue una bibliotecaria e intelectual española vinculada al ambiente cultural reformista de la Segunda República Española y posteriormente víctima de la represión desencadenada tras el golpe militar de julio de 1936. Formada en la Universidad Central de Madrid (hoy Universidad Complutense), donde estudió Filosofía y Letras bajo profesores como José Ortega y Gasset y junto a compañeras como María Zambrano, Capdevielle ingresó en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en 1930 mediante oposición. Tras un período de formación en la Biblioteca Nacional de España, se incorporó a la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, inicialmente situada en el Instituto de San Isidro y posteriormente trasladada a la nueva Ciudad Universitaria. En 1933 se convirtió en jefa de la biblioteca de la facultad, siendo la primera mujer en ocupar ese cargo en la institución, y trabajó simultáneamente como responsable técnica de la biblioteca del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, donde implementó la Clasificación Decimal Universal (CDU) como parte de la modernización de la organización bibliográfica en España.
Capdevielle desempeñó un papel activo en la profesionalización y el compromiso social de la bibliotecología durante la década de 1930. Fue miembro fundadora y tesorera de la Asociación de Bibliotecarios y Bibliógrafos de España, creada el 28 de mayo de 1934 con el objetivo de ampliar los servicios bibliotecarios, modernizar las colecciones y promover el papel activo de los bibliotecarios en la vida cultural española. Entre las iniciativas que organizó se encontraba un servicio circulante de lectura para pacientes hospitalarios en el Hospital Clínico y en el Hospital de San José y Santa Adela de la Cruz Roja, seleccionando y distribuyendo materiales de lectura destinados a proporcionar alivio emocional y estimulación intelectual a las personas enfermas. También participó en las Primeras Jornadas Eugénicas Españolas de Genética, Eugenesia y Pedagogía Sexual celebradas en Madrid en 1934, donde presentó la conferencia «El problema del amor en el ambiente universitario», cuestionando las posiciones de figuras como Roberto Nóvoa Santos y Ramón J. Sender y defendiendo una concepción de las relaciones personales basada en la igualdad y la libertad. En 1935 colaboró en la organización del II Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía —posteriormente asociado con la International Federation of Library Associations (IFLA)— celebrado en Madrid y Barcelona, donde presentó una ponencia sobre los objetivos y prácticas de las bibliotecas hospitalarias.
Su trayectoria profesional e intelectual fue abruptamente interrumpida por el estallido de la Guerra Civil Española. En marzo de 1936 se había casado con el abogado y académico Francisco Pérez Carballo, miembro de Izquierda Republicana que fue nombrado gobernador civil de La Coruña en abril de ese mismo año. Tras la sublevación militar del 18 de julio de 1936, Pérez Carballo fue arrestado y ejecutado el 24 de julio por las fuerzas insurgentes. Capdevielle, que se encontraba embarazada en ese momento, también fue detenida, encarcelada y posteriormente liberada bajo restricciones que la obligaron a abandonar la ciudad. En la noche del 17 de agosto de 1936 fue arrestada nuevamente por la Guardia Civil por orden de las autoridades rebeldes y entregada a un grupo falangista; su cuerpo apareció a la mañana siguiente en una cuneta de la carretera N-VI cerca de Rábade, en la provincia de Lugo. El asesinato de Juana Capdevielle ha sido posteriormente documentado por historiadores como Paul Preston y forma parte de la represión más amplia ejercida contra intelectuales, profesionales y mujeres políticamente comprometidas durante los primeros meses del levantamiento franquista y la consolidación de la dictadura en España.
Civallero, Edgardo (2016). Las encuadernaciones de la Ruta de la Seda. Pre-print. [Descargar]
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La ciudad oasis de Dūnhuáng, situada entre los desiertos de Taklamakán y Gobi, surgió durante la dinastía Hàn Occidental después de que el emperador Wŭ estableciera guarniciones fronterizas alrededor del año 104 a.C. para asegurar las fronteras occidentales de China frente a los Xīongnú. Con el tiempo, el asentamiento se desarrolló como un importante cruce estratégico y cultural a lo largo de la Ruta de la Seda, donde mercaderes, peregrinos, soldados y misioneros que viajaban entre Asia Oriental y el Mediterráneo intercambiaban bienes, ideas y tradiciones religiosas. La región también se convirtió en un importante centro budista, particularmente a través del complejo de templos conocido como las Cuevas de Mògāo o Qiān Fó Dòng ("Cuevas de los Mil Budas"), donde comunidades monásticas crearon un extenso corpus de arte religioso y manuscritos entre los siglos IV y XIV. En 1900, el cuidador taoísta Wáng Yuánlù descubrió una cámara sellada dentro de las cuevas —posteriormente llamada la «Cueva de la Biblioteca» (cueva 17)— que contenía aproximadamente 50.000 manuscritos producidos entre 402 y 1002 en lenguas tales como chino, tibetano, sánscrito, sogdiano, jotanés y uigur. Muchos de estos textos fueron posteriormente dispersados entre instituciones y colecciones de Beijing, Londres, París y Berlín, y hoy son estudiados colaborativamente mediante iniciativas como el International Dunhuang Project.
Los manuscritos de Dūnhuáng proporcionan un registro excepcional de la evolución histórica de las formas del libro y de las técnicas de encuadernación a través de Asia Central y Oriental. Los soportes de escritura más antiguos utilizados en China incluían materiales tales como tiras de bambú y tablillas de madera unidas mediante cordeles, conocidas como jiǎn cè, así como manuscritos de seda y tempranos rollos de papel (juànzhóu zhuāng). El bambú y la madera habían sido los principales soportes durante períodos como la era de los Reinos Combatientes y la dinastía Hàn, mientras que la seda funcionaba como una alternativa costosa hasta la creciente adopción del papel. El desarrollo del papel, tradicionalmente atribuido a Cài Lún en el año 105 d.C., transformó gradualmente la producción de documentos escritos. Los rollos de papel se difundieron ampliamente en China y posteriormente se expandieron hacia Corea (gweonjabon o durumari) y Japón (makimono o kansubon). Sin embargo, el formato de rollo dificultaba la localización de pasajes específicos dentro de textos extensos, lo que impulsó experimentaciones con nuevas estructuras librarias y técnicas de encuadernación.
Entre los formatos documentados en los manuscritos de la Ruta de la Seda se encuentran varias etapas fundamentales de la historia de la encuadernación asiática. El formato indio de manuscrito sobre hojas de palma conocido como pothī (o tadpatra) fue introducido en China mediante la transmisión budista y adaptado como fànjiā zhuāng, aunque la fragilidad del papel limitó su adopción generalizada. Innovaciones posteriores incluyeron la encuadernación plegada en acordeón jīngzhě zhuāng ("encuadernación de sūtra plegado"), utilizada especialmente para textos budistas; la encuadernación transicional «torbellino» o «escama de dragón» (xuànfēng zhuāng o lónglín zhuāng), desarrollada durante la dinastía Táng para obras de consulta; y la «encuadernación mariposa» (húdié zhuāng), surgida junto con la expansión de la impresión xilográfica durante la dinastía Sòng. Mejoras posteriores produjeron la encuadernación «de lomo envuelto» (bāobèi zhuāng) y finalmente la encuadernación cosida (xiàn zhuāng), que se convirtió en el formato dominante de los libros chinos desde finales de la dinastía Míng hasta el período Qīng. En conjunto, los manuscritos descubiertos en Dūnhuáng preservan una secuencia incomparable de tecnologías librarias, ilustrando cómo los soportes de escritura, los métodos de encuadernación, las tradiciones religiosas y el intercambio intercultural a lo largo de la Ruta de la Seda moldearon el desarrollo histórico del libro en Asia Oriental y Central.
Civallero, Edgardo (2016). Libros pintados. Pre-print. [Descargar]
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A través de numerosas culturas y períodos históricos, los libros han funcionado no solo como portadores de texto escrito sino también como artefactos visuales en los que las imágenes estructuran, complementan o incluso reemplazan el lenguaje verbal. Los libros pintados constituyen una tradición amplia y diversa en la cual la ilustración se convierte en el principal medio narrativo, transformando los manuscritos en objetos híbridos que combinan pintura, caligrafía y relato. Estas obras aparecen en una gran variedad de contextos culturales, desde álbumes ilustrados y narraciones artísticas de viaje hasta libros de trajes y colecciones documentales de imágenes. En tales volúmenes, la página opera simultáneamente como superficie pictórica y como registro documental, permitiendo que la representación visual organice información sobre paisajes, personas, prácticas y acontecimientos de maneras que la descripción escrita por sí sola no podría lograr.
Dentro de esta tradición más amplia, los libros pintados suelen surgir en la intersección entre arte, documentación y experiencia personal. Los álbumes de viaje y los diarios ilustrados, por ejemplo, combinan frecuentemente comentario narrativo con secuencias de imágenes que construyen un itinerario visual de un viaje o de un lugar. Un ejemplo discutido en el texto es Fugaku shashin ("Imágenes del Monte Fuji"), completado en 1846 tras décadas de trabajo por su autor, quien compiló pinturas anotadas en color documentando un ascenso al volcán y los paisajes circundantes. Preservada en la Biblioteca Nacional de la Dieta de Japón (Kokuritsu Kokkai Toshokan), la obra adopta la forma de un largo volumen de papel plegado en acordeón que mide aproximadamente 31,9 × 23,2 cm. Cuando se despliega completamente, la secuencia de imágenes revela una composición visual continua que funciona como una narrativa de exploración y observación, demostrando cómo el relato pictórico puede estructurar la experiencia de lectura de un libro.
Tales ejemplos ilustran la significación cultural más amplia de los libros pintados como documentos históricos. Al integrar ilustración, comentario y formas materiales del libro tales como álbumes plegados o estructuras semejantes a rollos, estas obras preservan conocimientos visuales sobre paisajes, vestimenta, costumbres sociales y prácticas artísticas que de otro modo podrían permanecer sin documentar. Colecciones como el Rålambska Dräktboken ("Libro de Trajes de Rålamb") del siglo XVII, mencionado en el texto, demuestran además cómo los manuscritos ilustrados podían funcionar como registros etnográficos o descriptivos de diferentes culturas y sociedades. A través de estas narrativas visuales, los libros pintados ocupan un lugar singular en la historia del libro, revelando cómo las imágenes han servido como instrumentos de documentación, memoria y transmisión cultural junto al lenguaje escrito.
Civallero, Edgardo (2016). Libros y bibliotecas en Tíbet. Pre-print. [>Descargar]
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La meseta tibetana, frecuentemente descrita como "el techo del mundo", se extiende a lo largo de aproximadamente 2,5 millones de kilómetros cuadrados al norte del Himalaya y constituye la región habitada más elevada de la Tierra, con una altitud media superior a los 4.900 metros. Conocida como Bod en tibetano y Xizang en chino, la región ha sido durante largo tiempo hogar del pueblo tibetano y de grupos relacionados tales como los Monpa, Qiang y Lhoba. La emergencia del Tíbet como entidad cultural y política unificada suele asociarse con el reinado de Songtsän Gampo a comienzos del siglo VII, fundador del Imperio Tibetano (Bod Chen Po), cuya influencia llegó a extenderse sobre amplias regiones de Asia Central y Meridional, incluyendo territorios que hoy pertenecen a India, Nepal, Bután, Pakistán, China y Asia Central. La capital imperial fue establecida en Lhasa, ciudad que permanecería durante siglos como centro simbólico y administrativo de la civilización tibetana.
La religión ha desempeñado un papel central en la formación de la cultura y las instituciones tibetanas, modelando no solo la vida espiritual sino también la producción artística, la educación y la organización del conocimiento. El budismo, establecido formalmente como religión estatal durante el reinado de Trisong Detsen en el siglo VIII, llegó a través de redes intelectuales y monásticas que conectaban el Tíbet con India, Nepal, Cachemira y Asia Central. Monjes y eruditos introdujeron escrituras religiosas junto con una amplia gama de conocimientos técnicos y académicos, incluyendo medicina, astronomía, agricultura y oficios. El desarrollo de un sistema de escritura tibetano en el siglo VII, tradicionalmente atribuido al ministro Thonmi Sambhota, permitió la traducción de escrituras budistas desde el sánscrito y sentó las bases de una extensa tradición literaria. Con el tiempo, las comunidades monásticas tibetanas compilaron y organizaron un vasto corpus canónico dividido de manera general en el Kangyur ("palabras traducidas del Buda"), compuesto por 108 volúmenes de escrituras, y el Tengyur ("tratados traducidos"), una colección de más de doscientos volúmenes de comentarios y obras escolásticas.
Los monasterios funcionaron como los principales centros de producción, preservación y difusión de textos, operando efectivamente como bibliotecas, scriptoria e instituciones intelectuales. Los libros tibetanos adoptaron con mayor frecuencia el formato pothī, derivado de los manuscritos indios sobre hojas de palma, consistente en hojas rectangulares alargadas almacenadas entre tablas de madera y normalmente dejadas sin encuadernar, en lugar de perforadas y atadas. Estos manuscritos eran escritos sobre papel producido a partir de fibras vegetales tales como Daphne, Edgeworthia, Stellera y Euphorbia, a veces reforzado mediante la laminación de múltiples hojas para crear folios más gruesos y duraderos. Los textos podían copiarse a mano o imprimirse mediante xilografía con bloques de madera, técnica introducida desde China y ampliamente utilizada en grandes talleres monásticos de impresión como los de Derge o Narthang, donde se preservaban decenas o centenares de miles de bloques tallados. En la sociedad tibetana, los libros no eran simplemente depósitos de conocimiento sino objetos sagrados asociados con autoridad religiosa, identidad cultural y prestigio social. Sus colecciones, sin embargo, sufrieron una severa destrucción durante el siglo XX, particularmente durante la invasión china de 1950 y la Revolución Cultural (1966-1976), cuando monasterios, bibliotecas y archivos fueron sistemáticamente atacados y numerosos manuscritos quemados o dispersados.
Civallero, Edgardo (2016). Los descendientes de Sin-ibni: Relatos de una biblioteca babilónica. Pre-print. [Descargar]
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La preservación del conocimiento antiguo en Mesopotamia dependió en gran medida del trabajo de familias de escribas e instituciones templarias que copiaban, editaban y transmitían textos a través de generaciones. Durante los períodos helenístico y arsácida temprano, cuando Babilonia experimentó intensos procesos de cambio cultural e hibridación lingüística tras las conquistas de Alejandro Magno y el ascenso del dominio seléucida, la tradición erudita cuneiforme persistió como un prestigioso depósito de saber antiguo. Las escuelas de escribas continuaron formando estudiantes en el uso de la escritura cuneiforme sobre tablillas de arcilla, aun cuando lenguas como el sumerio y el acadio habían dejado hacía tiempo de funcionar como idiomas hablados cotidianos. Estas lenguas clásicas permanecieron centrales para la actividad religiosa y erudita, y con frecuencia iban acompañadas de transliteraciones o traducciones al griego o al arameo, reflejando el entorno multicultural de la Mesopotamia helenística.
Uno de los ejemplos más notables de esta tradición erudita tardía es una colección de tablillas de arcilla conocida como la Biblioteca del Templo de Babilonia, producida entre aproximadamente 230 y 85 a.C. Los textos fueron copiados y editados por un linaje de sacerdotes-escribas identificado en los colofones como descendientes de Sin-ibni, una familia asociada con el culto del dios Marduk. Estos escribas —como Bel-apla-iddin, Ea-balatsu-ikbi e Ilishu-zera-epush— compilaron extractos de composiciones religiosas mucho más antiguas, originalmente creadas entre dos y tres milenios antes. Las tablillas contienen detallados colofones que especifican las relaciones genealógicas de los escribas, las fechas de copia según los calendarios seléucida y arsácida, y el contexto político del período, incluyendo referencias a gobernantes tales como Seleuco II, Antíoco III y Arsaces. Actualmente las tablillas se encuentran dispersas entre instituciones como el Altes Museum de Berlín y el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, y fueron estudiadas sistemáticamente por primera vez por el arqueólogo George Reisner a finales del siglo XIX.
Los textos preservados en esta biblioteca babilónica pertenecen principalmente a la literatura religiosa de la antigua Mesopotamia, incluyendo himnos, lamentaciones rituales, textos mágicos, instrucciones adivinatorias y composiciones litúrgicas. Muchas de estas obras son ejemplos de los géneros balag y er-shem-ma, lamentaciones rituales tradicionalmente interpretadas por sacerdotes templarios conocidos como kalû, frecuentemente acompañadas por instrumentos musicales tales como flautas o arpas. Las tablillas también incluyen series dedicadas a deidades como Marduk, Enlil, Ninib, Bau, Inanna/Ishtar y Sin, reflejando el complejo paisaje teológico de la religión mesopotámica. Al copiar extractos de estas composiciones antiguas y registrar variantes textuales, los escribas del linaje de Sin-ibni crearon un archivo curado de literatura sagrada que funcionaba simultáneamente como recurso erudito y como medio para preservar la herencia intelectual de la civilización sumeria y babilónica durante un período de profunda transformación cultural.
Civallero, Edgardo (2016). Mágicas tablas coránicas. Pre-print. [Descargar]
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A lo largo de gran parte del mundo islámico, la educación religiosa ha sido transmitida históricamente mediante instituciones conocidas como madrasas, término derivado del árabe madrasah, que significa «escuela» o "lugar de estudio". Estas instituciones funcionan como centros de aprendizaje capaces de ofrecer instrucción que abarca desde la educación elemental hasta la erudición religiosa avanzada. Entre sus actividades centrales se encuentra la memorización del Corán (hifz), práctica que requiere la lectura, escritura y recitación repetida de pasajes del texto sagrado en árabe clásico, independientemente de la lengua materna de los estudiantes. A través de este proceso, los alumnos no solo internalizan los versos coránicos sino que también adquieren alfabetización en la escritura árabe y acceso a un corpus más amplio de erudición islámica, incluyendo disciplinas tales como tafsir (interpretación coránica), fiqh (jurisprudencia islámica), hadith e historia islámica.
En muchas escuelas coránicas tradicionales, particularmente en el norte y oeste de África, el proceso de memorización depende del uso de tablillas de escritura de madera conocidas en árabe como al-lawh. Los estudiantes copian versos del Corán sobre estas tablillas utilizando cálamos e tinta, normalmente elaborada a partir de carbón vegetal o material orgánico quemado. Una vez que el texto ha sido memorizado y recitado exitosamente, la tablilla se lava y reutiliza para nuevos pasajes. Estas tablillas continúan utilizándose en países tales como Marruecos, Argelia, Mali, Mauritania, Senegal, Sudán, Somalia, Etiopía, Guinea, Nigeria y las Islas Comoras, donde funcionan tanto como herramienta pedagógica como símbolo de la educación coránica. En las regiones hausa del norte de Nigeria, las tablillas reciben el nombre de allo, y constituyen la base de la educación islámica elemental dentro de instituciones conocidas como makarantar allo, donde los niños estudian bajo la guía de un maestro o malam que supervisa su progresión a través de la memorización del Corán.
Más allá de su función educativa, las tablillas coránicas ocupan un lugar importante en la vida cultural y ritual de numerosas comunidades musulmanas de África Occidental. En la sociedad Hausa, por ejemplo, las tablillas allo suelen estar decoradas con motivos geométricos, símbolos amuléticos e inscripciones derivadas de versos coránicos, incorporando en ocasiones elementos influenciados por tradiciones animistas locales junto con caligrafía islámica. Estos objetos pueden utilizarse en prácticas asociadas con curación, protección o purificación ritual, reflejando un entorno religioso sincrético en el que la creencia islámica interactúa con tradiciones espirituales más antiguas. El agua utilizada para lavar las tablillas —que contiene tinta disuelta procedente de inscripciones coránicas— ha sido históricamente consumida como sustancia medicinal o protectora, y las propias tablillas pueden estar inscritas con plegarias específicas, nombres divinos (asma al-husna) o diagramas mágicos tales como cuadrados khatm o awfaq. Aunque tales prácticas han disminuido en algunas regiones debido a la expansión de la escolarización formal y a la influencia de interpretaciones más ortodoxas del islam, las tablillas coránicas continúan siendo una expresión material significativa de la educación islámica, la cultura manuscrita y la práctica religiosa popular en partes de África y del mundo musulmán en general.
Civallero, Edgardo (2016). Seis materiales, seis escrituras. Pre-prints. [Descargar]
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La escritura ha sido históricamente inseparable de los materiales que la sustentaban. A través de diferentes culturas y períodos históricos, una amplia variedad de superficies naturales y manufacturadas han servido como medios para registrar información, modelando no solo la apariencia de las escrituras sino también las prácticas de lectura, almacenamiento y transmisión del conocimiento. Fragmentos cerámicos, tablillas de madera, manuscritos de corteza, hojas de palma, huesos y conchas ilustran cómo las propiedades físicas, la disponibilidad y el valor cultural de los materiales influyeron en el desarrollo de sistemas de escritura y prácticas documentales en sociedades que abarcan desde el mundo mediterráneo hasta el sudeste asiático y Asia Oriental.
En el Mediterráneo antiguo, fragmentos cerámicos conocidos como ostraca eran comúnmente utilizados como superficies económicas de escritura en Grecia, Egipto y el Mediterráneo oriental, donde escribas grababan o escribían con tinta textos breves tales como recibos de impuestos, cartas o recetas médicas; en Atenas, estos fragmentos también servían en el proceso político del ostracismo, dando origen al término moderno. Otras tradiciones desarrollaron soportes muy diferentes. En Rapa Nui (Isla de Pascua), la indescifrada escritura rongorongo era grabada sobre tablillas de madera utilizando lascas de obsidiana o dientes de tiburón, mientras que entre los batak del norte de Sumatra especialistas rituales conocidos como datu producían manuscritos pustaha a partir de tiras de corteza de Aquilaria malaccensis, plegadas en acordeón entre cubiertas de madera y escritas en alfabeto batak utilizando plumas de bambú y tintas a base de carbón. En Asia Meridional y Sudoriental, los manuscritos sobre hojas de palma —conocidos en Java como lontar y tradicionalmente producidos a partir de hojas de Borassus flabellifer o Corypha umbraculifera— constituyeron la base de una extensa tradición textual que incluía escrituras religiosas, códigos legales, astronomía, medicina, epopeyas, genealogías y narrativas ilustradas escritas en sánscrito, javanés y balinés.
Otras tradiciones escriturarias emplearon materiales asociados con rituales o prácticas adivinatorias. En China durante la Edad del Bronce, bajo la dinastía Shang (ca. 1558-1046 a.C.), inscripciones conocidas como «escritura sobre huesos oraculares» (jiǎgǔwén) eran grabadas sobre plastrones de tortuga o escápulas bovinas utilizadas en prácticas de adivinación piromántica, proporcionando algunas de las evidencias más tempranas de escritura china. En la península arábiga y partes del África oriental, huesos tales como escápulas de camello fueron utilizados como superficies de escritura para ejercicios educativos y textos islámicos tempranos, incluyendo relatos según los cuales compañeros del profeta Mahoma registraron revelaciones coránicas sobre huesos junto con otros materiales. Considerados en conjunto, estos ejemplos ilustran la diversidad de soportes de escritura utilizados a lo largo de la historia humana y demuestran cómo las condiciones materiales de la escritura —cerámica, madera, corteza, hoja de palma, concha o hueso— modelaron la preservación, circulación e interpretación del conocimiento escrito.
Civallero, Edgardo (2016). Sobre libros y otras hierbas. Pre-print. [Descargar]
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A través de distintas culturas y períodos históricos, el concepto de "libro" se ha extendido mucho más allá del códice familiar. Diversas sociedades han desarrollado formas documentales alternativas capaces de almacenar conocimiento, transmitir memoria y codificar significado social mediante objetos, performances y artefactos materiales. Estas formas abarcan desde epopeyas orales y cosmografías ilustradas hasta dispositivos mnemónicos y libros de artista experimentales, revelando que los límites entre texto, objeto y práctica cultural son históricamente fluidos y culturalmente contingentes.
Ejemplos procedentes de distintas regiones y tradiciones ilustran la multiplicidad de estas prácticas documentales. El ciclo épico conocido como la Saga de los Nart, preservado entre pueblos del Cáucaso Norte tales como Osetios, Circasianos, Abjasios, Abazinos, Karacháis, Balkarios, Chechenos e Ingusetios, representa un corpus de narrativas mitológicas transmitidas mediante tradición oral y posteriormente documentadas por estudiosos como Julius H. Klaproth, Vsevolod F. Miller y Georges Dumézil. En la erudición islámica medieval, el manuscrito cosmográfico Kitāb gharā'ib al-funūn wa-mulaḥ al-'uyūn ("Libro de las curiosidades de las ciencias y maravillas para los ojos"), conservado actualmente en la Biblioteca Bodleiana (MS Arab. c.90), compila conocimientos astronómicos, geográficos e históricos producidos por eruditos musulmanes entre los siglos IX y XI, e incluye mapas ilustrados de regiones tales como el Mediterráneo, el Nilo, el Éufrates, el Tigris, el Amu Daria y el Indo. Otras tradiciones codificaron información mediante objetos materiales más que mediante texto escrito. Entre los Haudenosaunee (Confederación Iroquesa) —incluyendo a los Mohawk, Oneida, Onondaga, Cayuga, Seneca y Tuscarora— los cinturones ceremoniales wampum, elaborados con cuentas de concha de Busycotypus y Mercenaria, funcionaban como registros mnemónicos que preservaban tratados, genealogías y memoria colectiva.
La experimentación artística moderna ha continuado expandiendo el concepto de libro. Proyectos tales como The Office Orchestra (1999), diseñado por Andrea Chappell y Cherry Goddard, transforman útiles de oficina ordinarios en instrumentos musicales dentro de un libro de artista plegable de cartón que integra diseño gráfico, sonido y performance. Las obras históricas de historia natural ofrecen otra perspectiva sobre la diversidad de formas documentales: el naturalista italiano Ulisse Aldrovandi (1522-1605), considerado pionero de la historia natural moderna, reunió vastas colecciones de especímenes e ilustraciones que culminaron en obras tales como Monstrorum historia cum Paralipomenis historiae omnium animalium (1642), un compendio ilustrado de criaturas reales y míticas influyente en el imaginario científico de la temprana modernidad. Incluso prácticas culturales cotidianas pueden revelar historias documentales ocultas: relatos de viaje de figuras como Jorge Juan, Antonio de Ulloa y Victorino Brandin muestran que el consumo de yerba mate (Ilex paraguariensis) se extendía más allá de la región del Río de la Plata hacia el Quito colonial durante los siglos XVIII y comienzos del XIX. Considerados en conjunto, estos casos demuestran cómo narrativas, artefactos y prácticas culturales pueden funcionar como repositorios de conocimiento, ampliando la comprensión histórica de lo que constituye un libro, un documento y una biblioteca.
2015
Civallero, Edgardo (2015). Libros raros: Páginas extrañas y curiosas. Pre-print. [Descargar]
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El texto examina un conjunto de libros inusuales y no convencionales que desafían las definiciones tradicionales de lectura, escritura, autoría y significado textual. A través de una serie de breves ensayos sobre obras raras o enigmáticas, explora cómo los libros pueden funcionar no solo como vehículos de información sino también como experimentos artísticos, curiosidades lingüísticas y acertijos culturales. Entre los ejemplos figura el Codex Seraphinianus de Luigi Serafini, una enciclopedia visual surrealista creada entre 1976 y 1978 y publicada en Milán por Franco Maria Ricci, cuyo alfabeto inventado y cuya historia natural imaginaria reproducen deliberadamente la experiencia de enfrentarse a un libro indescifrable. La discusión sitúa tales obras dentro de reflexiones más amplias sobre la naturaleza de los libros como artefactos culturales, subrayando cómo el lenguaje visual, las escrituras inventadas y las estructuras narrativas no convencionales desestabilizan las expectativas habituales acerca de alfabetización, interpretación y conocimiento.
Los ensayos también consideran transformaciones del libro como objeto físico, centrándose en prácticas artísticas contemporáneas que reinterpretan materiales impresos. Las intervenciones escultóricas del artista estadounidense Brian Dettmer, conocido por sus "autopsias de libros", son presentadas como ejemplo de cómo enciclopedias y diccionarios obsoletos pueden ser reelaborados mediante precisas técnicas de corte quirúrgico que exponen capas internas de texto e ilustración. Estas obras, exhibidas en ciudades tales como San Francisco, Chicago, Atlanta, Nueva York, Toronto y Barcelona, replantean libros de referencia descartados como complejas composiciones visuales, al tiempo que provocan debates entre bibliotecarios, bibliófilos y artistas acerca de preservación, destrucción y las vidas posteriores del conocimiento impreso. La discusión sitúa estas prácticas dentro de tensiones más amplias entre el valor cultural de los libros como objetos intelectuales y su vulnerabilidad material frente a la obsolescencia y el cambio tecnológico.
Otras secciones exploran anomalías históricas y lingüísticas asociadas con la cultura escrita, incluyendo la propuesta decimonónica de Orba, una lengua auxiliar universal ideada por José Guardiola y publicada en París en 1893, junto a proyectos de lenguas internacionales más conocidos tales como Esperanto, Volapük, Ido, Interlingua y Latino sine flexione. El texto examina asimismo artefactos documentales enigmáticos como el manuscrito Voynich, un códice ilustrado del siglo XV escrito sobre vitela en una escritura indescifrada y conservado actualmente en la Beinecke Rare Book and Manuscript Library de la Universidad de Yale, así como los manuscritos pictográficos dongba del pueblo Naxi de Yunnan y Sichuan, en el sudoeste de China. Considerados en conjunto, estos estudios de caso iluminan la extraordinaria diversidad de la expresión escrita a través de culturas y períodos históricos, destacando cómo libros raros, manuscritos misteriosos, lenguas experimentales y sistemas de escritura amenazados contribuyen a debates permanentes en la historia del libro, la bibliografía, la lingüística y el estudio de los sistemas de escritura.
Civallero, Edgardo (2015). Los curvilíneos trazos del calígrafo. Pre-print. [Descargar]
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La caligrafía islámica se desarrolló históricamente como una de las prácticas artísticas e intelectuales más prestigiosas asociadas con la escritura árabe y con las culturas que la adoptaron a través de Oriente Medio, el norte de África, Persia y el mundo otomano. Escrita de derecha a izquierda y profundamente vinculada a la transmisión del Corán y de otros textos, la caligrafía árabe se convirtió en un lenguaje visual central de la civilización islámica, extendiéndose mucho más allá de los manuscritos hacia la cerámica, los textiles, la decoración arquitectónica y las inscripciones monumentales en mezquitas y edificios públicos. Debido a que la representación figurativa de seres vivos era generalmente desalentada en espacios religiosos, el ornamento geométrico, los motivos vegetales y las inscripciones caligráficas pasaron a constituir las formas dominantes de expresión artística. Dentro de este contexto, el calígrafo —conocido como khattat o khattatiya— ocupaba una posición altamente respetada como artesano y mediador intelectual, transformando la escritura en una refinada disciplina estética descrita en ocasiones en la literatura árabe clásica como «música para los ojos».
La producción de manuscritos caligráficos requería una compleja cultura técnica centrada en herramientas y materiales especializados. El principal instrumento de escritura era el qalam, una pluma de caña elaborada generalmente a partir de especies como Arundo donax o Phragmites australis, cuidadosamente seleccionada, secada y cortada por el propio calígrafo utilizando un cuchillo especializado conocido como barrayah o mibrah. La preparación de la pluma —incluyendo el modelado de su punta y la hendidura destinada a regular el flujo de tinta— era considerada fundamental para la calidad de la escritura, y autores históricos tales como Ahmad al-Qalqashandi y Yāqūt al-Mustaʿsimi subrayaban que una pluma correctamente cortada constituía «la mitad de la caligrafía». La preparación de las tintas implicaba asimismo procedimientos elaborados. Las tintas negras se producían habitualmente a partir de hollín obtenido de la combustión de aceites o materiales orgánicos mezclado con goma arábiga, o bien mediante tintas ferrogálicas elaboradas con agallas de roble, sulfato de hierro y agentes aglutinantes. Los calígrafos preparaban con frecuencia sus propias tintas, añadiendo ingredientes tales como azafrán, miel, agua de rosas o clavo y filtrando cuidadosamente la mezcla para obtener densidades, tonalidades y propiedades de secado específicas.
Igualmente importantes eran las superficies y soportes de escritura utilizados en la producción manuscrita. Los primeros papeles islámicos eran fabricados a partir de fibras de algodón, seda o cáñamo y posteriormente sometidos a procesos de teñido, apresto y pulido destinados a crear superficies lisas y ligeramente brillantes adecuadas para las plumas de caña, que escribían contra la fibra del papel. Las técnicas desarrolladas a lo largo de siglos dentro de las tradiciones manuscritas árabes, persas y otomanas incluían la aplicación de almidón, alumbre, clara de huevo y cola de pescado, seguida de bruñido mediante ágata, jade, dientes de camello o madera pulida, con el objetivo de producir superficies resistentes y elásticas. Estos materiales cuidadosamente preparados permitían al calígrafo alcanzar aquello que la tradición otomana describía como kalem cereyanı, el "fluir de la pluma", un estado en el cual mano, pluma y tinta operan conjuntamente para producir líneas continuas y armónicas. A través de esta integración de conocimiento técnico, práctica artística y tradición intelectual, la caligrafía se convirtió en un medio central para transmitir conocimiento, decorar arquitectura sagrada y modelar la cultura visual de la tradición manuscrita islámica a lo largo de los siglos.
Civallero, Edgardo (2015). Márgenes y renglones: Historias de libros con historias. Pre-print. [Descargar]
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Los libros suelen preservar no solo los textos impresos en sus páginas sino también las huellas dejadas por generaciones de lectores que interactuaron con ellos. Notas marginales, correcciones, subrayados, marcas de propiedad, dibujos y documentos insertos transforman volúmenes ordinarios en artefactos históricos estratificados en los cuales las prácticas de lectura, los debates intelectuales y la vida cotidiana se vuelven visibles. El estudio de estas anotaciones y rastros documentales revela cómo los libros funcionaban como espacios activos de diálogo antes que como recipientes pasivos de texto. Manuscritos y obras impresas de distintos períodos conservan evidencias de lectores negociando significados, corrigiendo errores, comentando pasajes o registrando reflexiones personales, produciendo aquello que los historiadores del libro describen como un registro material de las prácticas de lectura y del intercambio intelectual.
Ejemplos procedentes de la historia de los manuscritos y de los primeros libros impresos ilustran la diversidad de estas intervenciones. Eruditos medievales y de la temprana modernidad llenaban con frecuencia los márgenes de sus libros con glosas, comentarios y referencias cruzadas, creando complejas capas de interpretación capaces de circular a través de generaciones de lectores. Algunos volúmenes contienen correcciones introducidas por escribas o impresores, mientras que otros preservan marcas de censura, borrado o reescritura que reflejan las tensiones políticas y religiosas vinculadas con la circulación del conocimiento. Inscripciones de propiedad, marcas de ex libris, sellos y notas manuscritas documentan asimismo los itinerarios de los libros a través de bibliotecas, monasterios, colecciones privadas e instituciones académicas, ofreciendo valiosas evidencias para la reconstrucción de redes intelectuales y de la historia social de la lectura.
La presencia de tales huellas transforma los libros en documentos históricos que registran la interacción entre texto, lector y contexto cultural. Las marginalia, anotaciones y otras marcas de lectura proporcionan información sobre cómo el conocimiento fue transmitido, interpretado y disputado a través del tiempo, revelando la vida dinámica de las obras escritas más allá de su publicación original. Al examinar estos signos materiales de uso —que abarcan desde cuidadosas glosas eruditas hasta dibujos espontáneos— historiadores del libro, bibliógrafos, bibliotecarios y archivistas pueden reconstruir la historia vivida de los textos y de los entornos intelectuales en los que circularon, destacando el papel de la lectura como práctica cultural activa inscrita dentro de procesos más amplios de memoria, erudición y transmisión del conocimiento.
Civallero, Edgardo (2015). Páginas enraizadas: Tradiciones, memorias y libros. Pre-print. [Descargar]
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La memoria cultural no se preserva exclusivamente en textos escritos o archivos institucionales, sino también en tradiciones orales, recuerdos personales, prácticas musicales, expresiones rituales y otras formas de patrimonio inmaterial transmitidas a través de generaciones. En muchas sociedades, los ancianos funcionan como repositorios vivientes de conocimiento histórico, memoria lingüística e identidad cultural. Ejemplos procedentes de América Latina ilustran cómo estos archivos vivos operan dentro de las comunidades. En el nordeste argentino, músicos como Eustaquio Miño, heredero de la tradición del chamamé correntino, representan continuidades del patrimonio musical regional. Entre las comunidades qom (toba) de la región chaqueña, jóvenes investigadores como Félix Medina documentan las memorias de ancianos cuyas narraciones preservan conocimientos históricos y prácticas culturales que raramente aparecen en archivos escritos. De manera similar, la lengua amenazada aonek'o'a'yen del pueblo aonik'enk o tehuelche meridional sobrevive hoy en la memoria de apenas unos pocos hablantes, como Dora Manchado y José Manco, ilustrando la frágil relación entre diversidad lingüística, tradición oral y supervivencia cultural.
Ejemplos históricos demuestran además cómo la memoria oral puede transformarse en documentación escrita mediante la colaboración entre narradores, lingüistas y estudiosos. Un caso notable es el testimonio del anciano mapuche Pascual Coña, registrado en la década de 1920 por el misionero capuchino Ernesto Wilhelm de Moesbach en la misión de Puerto Domínguez, cerca del lago Budi en Chile. La obra bilingüe resultante, Vida y costumbres de los indígenas araucanos en la segunda mitad del siglo XIX, posteriormente republicada como Lonco Pascual Coña ñi tuculpazungun / Testimonio de un cacique Mapuche, conserva relatos detallados sobre genealogía mapuche, organización social, juegos como el awarkude, prácticas agrícolas y encuentros con la colonización chilena. Procesos similares de documentación aparecen en el trabajo de antropólogas como Anne Chapman, quien registró los cantos de Lola Kiepja, la última xo'on (chamán) selk'nam de Tierra del Fuego, preservando fragmentos de una cultura devastada por la colonización y la asimilación forzada. Estos testimonios demuestran cómo los registros escritos pueden capturar elementos de culturas orales que de otro modo podrían desaparecer.
La circulación del conocimiento a través de culturas y medios también aparece en una amplia variedad de ejemplos históricos que vinculan libros, música y sistemas de comunicación. Tradiciones populares europeas de narración oral, como los pliegos de cordel españoles vendidos por cantores ciegos acompañados de instrumentos como la zanfona, funcionaban como formas tempranas de transmisión cultural masiva entre poblaciones rurales. Sistemas indígenas de comunicación, como los message sticks de los aborígenes australianos documentados por Alfred William Howitt y Robert H. Mathews, ilustran métodos no escritos de codificación de información mediante objetos de madera tallados utilizados para transmitir invitaciones, mensajes diplomáticos o anuncios ceremoniales entre comunidades. Fuentes históricas sobre la región del Gran Chaco —incluyendo las obras de Pedro Lozano, José Jolís, la Historia de Abiponibus de Martin Dobrizhoffer y los relatos ilustrados de Florián Paucke sobre el pueblo mocoví— demuestran cómo las narrativas misioneras combinaban descripción etnográfica, cartografía y documentación visual para registrar culturas indígenas. La persistencia de la memoria cultural a través de continentes se ilustra además mediante la transmisión de una canción funeraria mende desde Sierra Leona hacia las comunidades gullah de Georgia, en Estados Unidos, documentada por el lingüista Lorenzo Dow Turner en Africanisms in the Gullah Dialect y posteriormente redescubierta gracias a las investigaciones de Joseph Opala y Cynthia Schmidt. Considerados en conjunto, estos casos destacan las complejas relaciones entre tradición oral, documentación escrita, música, preservación lingüística y memoria cultural en la historia global.
2013
Civallero, Edgardo (2013). De tablillas y papiros: Ensayos sobre la lectura y la escritura en la Antigüedad. Pre-print. [Descargar]
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Este texto examina el surgimiento de la escritura y la lectura en las civilizaciones antiguas, rastreando la transformación de la memoria humana, la comunicación y la transmisión cultural desde las tradiciones orales hacia sistemas escritos. Comenzando con las primeras prácticas mnemónicas y el desarrollo de la escritura en Mesopotamia y Egipto alrededor del cuarto milenio a.C., el texto analiza cómo las sociedades asentadas en los valles del Tigris y el Éufrates y del Nilo desarrollaron sistemas gráficos capaces de registrar transacciones económicas, acuerdos legales, fórmulas religiosas e información administrativa. Tablillas de arcilla inscritas en escritura cuneiforme, manuscritos sobre papiro y otros soportes documentales permitieron que la información adquiriera permanencia física, posibilitando su almacenamiento, transporte y reinterpretación a través de generaciones. Basándose en fuentes tales como el Papiro Chester Beatty IV, textos egipcios como La inmortalidad de los escribas, y estudios modernos incluyendo A History of Writing de Steven Roger Fischer y The History and Power of Writing de Henri-Jean Martin, los ensayos sitúan la escritura dentro de procesos más amplios de organización social, autoridad política y memoria cultural.
La obra examina asimismo el papel de los escribas como mediadores centrales del conocimiento en las sociedades antiguas. En Mesopotamia, ciudades como Ur y Sippar mantuvieron pequeñas pero altamente especializadas élites alfabetizadas responsables de producir registros administrativos, contratos legales, correspondencia diplomática y composiciones literarias. Los escribas egipcios formados en escuelas templarias o palaciegas ejercían de manera similar control sobre la comunicación escrita, gozando de elevado estatus social y participando en la administración burocrática de los Estados. Ejemplos históricos tales como Enheduanna de Ur, la autora conocida más antigua identificada por nombre, las bibliotecas reales de Nippur y Nínive, y la extensa correspondencia preservada en las cartas de Amarna ilustran los marcos institucionales dentro de los cuales operaban la lectura y la escritura. En estos contextos, la alfabetización funcionaba no solo como habilidad técnica sino también como instrumento de poder político, coordinación administrativa y autoridad cultural.
Más allá de la documentación administrativa, los ensayos exploran el surgimiento de tradiciones literarias preservadas en tablillas de arcilla y otras formas tempranas de libro. El corpus de la literatura mesopotámica incluye narrativas cosmogónicas tales como Enuma Elish, ciclos mitológicos relacionados con Gilgamesh, debates como Emesh y Enten, tradiciones épicas asociadas con gobernantes de Uruk, y composiciones humorísticas o satíricas incluyendo El diálogo del pesimismo y El pobre de Nippur. Estos textos demuestran cómo las narrativas orales fueron gradualmente codificadas en forma escrita y circularon dentro de entornos intelectuales elitistas tales como bibliotecas templarias y archivos reales. Al reconstruir estas tempranas prácticas de lectura, escritura y preservación textual, la obra sitúa las culturas documentales antiguas dentro de una historia más amplia de gestión de la información, alfabetización, autoría y preservación de la memoria colectiva a través de las civilizaciones.